Martes, 29 de septiembre de 2020

Religión en Libertad

Cuando la gracia actúa sobre el barro


por Antonio R. Rubio Plo

Opinión

El 13 de julio de 1965 el Papa Pablo VI recibía en audiencia privada a Graham Greene, un autor que detestaba el calificativo de «novelista católico», pues sencillamente se consideraba como un católico que escribía.

Graham Greene (1904-1991) es autor, entre otras obras, de "El poder y la gloria" (1940), "El tercer hombre" (1950), "El americano impasible" (1955) y "Nuestro hombre en La Habana" (1958), todas ellas llevadas al cine.

Greene reveló que, durante esa conversación, el Pontífice le expresó su reconocimiento por El poder y la gloria, una novela que cumple ahora el 80 aniversario de su publicación. No debieron de hablar, sin embargo, de que en 1953 monseñor Montini había intercedido para que la obra no fuese incluida por el Santo Oficio en el Índice de libros prohibidos. Con todo, un amigo mexicano, generalmente bien informado, me contó que Greene conocía el hecho y que, en un rasgo de humor, se lamentó de que la gestión de Montini hubiera tenido éxito, pues impidió aumentar las ventas de su libro.

Henry Fonda protagonizó "El fugitivo" (1947), de John Ford, basada en "El poder y la gloria".

El poder y la gloria es una novela con variedad de adaptaciones teatrales, televisivas y cinematográficas, entre ellas una de John Ford en 1947. Es la historia de un sacerdote, víctima de la persecución desencadenada contra los católicos en México durante las décadas de 1920 y 1930. Su protagonista, que termina ante un pelotón de fusilamiento, no es un heroico mártir enfrentado serenamente a sus verdugos. Antes bien, es un sacerdote que abandona poco a poco las obligaciones de su ministerio, empezando por la celebración de la Misa y la lectura del breviario. En su huida constante a través de un Estado, que resulta ser el de Tabasco, el miedo y la desesperación le llevan a caer en el alcoholismo, e incluso tendrá una hija como resultado de una esporádica relación.

Pese a todo, sigue ejerciendo su ministerio, consciente de sus obligaciones sacerdotales, con Misas clandestinas, Bautismos, Confesiones y atención a los moribundos. Su gran drama es que no encontrará a ningún sacerdote que quiera confesarle a él. Es el último en todo el territorio. Si hubiera pasado a otro Estado, en el que no se persiguiera a la Iglesia, estaría a salvo y habría encontrado un confesor. Sin embargo, siente en su interior la obligación del pastor que no quiere abandonar a sus ovejas, y será arrestado al ir atender a un agonizante.

Luigi Ciotti, un conocido sacerdote italiano antimafia, ha prologado una reciente edición del libro y lo considera muy actual en esta época de persecuciones contra los cristianos en todo el mundo. Se ha dicho también de esta novela que debería ser de lectura obligatoria para muchos seminaristas. No es difícil percibir en ella una nueva versión de la pasión de Cristo, pues el innominado sacerdote no ha perdido, pese a sus pecados, su dignidad. Termina en la cárcel, donde es contado entre los malhechores, y paradójicamente no siente miedo, pues se siente cercano a esas vidas truncadas, en las que descubre la manifestación de otros Cristos. Tendrá también su propio Judas en el mestizo que lo delata para cobrar una recompensa, y, como Jesús, perdona la traición. Tampoco siente odio por el teniente del Ejército que le ha detenido y ha hecho de su captura una cuestión personal. En una memorable conversación, le dice que le considera un buen hombre.

La fragilidad de las ideologías

El teniente representa el habitual discurso de tantos perseguidores que no tienen nada en contra del hombre concreto, aunque se sienten obligados a destruirlo porque le consideran, por ser cristiano, un peligro. Ese perseguidor lucha contra una mentira, una ficción que ha engañado a mucha gente, pues la Iglesia no habría hecho nada por los pobres y estaría aliada con las clases dominantes. En el mundo que aspira a crear el teniente no es necesaria la oración, ni lugares para practicarla, pues los nuevos gobernantes se ocuparán de alimentar y enseñar a leer a las masas. El sacerdote reconoce la sinceridad de los ideales de su adversario, aunque le recuerda la fragilidad de las ideologías. En el momento en el que los miembros de su partido no obren en conformidad con sus creencias, la injusta situación anterior volverá.

El poder y la gloria es la demostración de que el escándalo del cristianismo no es la moral sino la fe. De hecho, el teniente posee una elevada moral. Es un puritanismo por el que se considera superior al sacerdote, y cree que su corazón tiene el suficiente amor para construir un mundo mejor. Lo malo es que ese amor se fundamenta en la punta de un fusil. En contraste, el sacerdote, en una demostración de sabiduría bíblica, le recuerda que «el corazón es una bestia, poco digna de confianza».

Esta gran novela bien puede hacer suya la expresión paulina de «donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (Rom 5, 20). La gracia es capaz de actuar en el barro, del que está hecho la condición humana. En la lucha entre el pecado y la gracia, esta última está destinada a vencer. La gracia, como dice el Catecismo (n. 2022), «previene, prepara y suscita la respuesta libre del hombre».

Publicado en Alfa y Omega.

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