Lunes, 03 de octubre de 2022

Religión en Libertad

El antídoto contra el Mal

'La Santísima Trinidad' (detalle, 1540) de Jan Cornelisz Vermeyen. Museo del Prado.
La infinita Inocencia de Dios fundamenta la infinita fecundidad de la Redención en beneficio de los hombres. 'La Santísima Trinidad' (detalle, 1540) de Jan Cornelisz Vermeyen. Museo del Prado.

por José Carlos Súbtil

Opinión

Evidentemente, Dios es todopoderoso y no tiene defectos. Posee en Él todo el saber y todo el conocer. Pero hay “algo” de lo que no tiene ni idea, porque ese “algo” es absolutamente contrario a su naturaleza. Me estoy refiriendo al mal. Sé que suena raro, incluso un tanto irreverente. Pero, al igual que la luz no puede coexistir con la oscuridad, o el calor con el frío, porque son su ausencia, el Perfecto Bien no puede ni tan siquiera atisbar un resquicio de mal.

Esto no quiere decir que no sea consciente de sus efectos. Los conoce muy bien, aunque los percibe como agujeros en el “ser”, como ausencias de Sí Mismo. Como siniestras sombras chinescas que su infinita inocencia y bondad, luminosamente reveladoras, aún las hacen más contrastadas y oscuras. Nosotros, sin embargo, vemos el mal con una entidad propia, como en una escala de grises, porque somos imperfectos y cómplices con él. Por eso, semejante afirmación nos chirría bastante. Pero, aun con todo, aunque estemos manchados por el mal, debido a que participamos de la bondad de Dios, tampoco somos capaces de entender males horribles que nos estremecen y nos dejan atónitos: ¿Qué sensación tendrían los primeros soldados aliados que entraron en Auschwitz, nada más terminar la Segunda Guerra Mundial, al descubrir lo que allí había? 

De tal forma que "que Dios no pueda concebir el mal" no es una afirmación gratuita o un requiebro amable y gracioso de la mente de un filósofo. A mayor bondad o mayor mal, mayor dificultad para entenderlo, lo vemos en nosotros mismos. A bondad infinita, imposibilidad metafísica de concebirlo. 

Esta verdad es una verdad absolutamente necesaria, sin ella la Redención habría sido imposible y la misma idea de Dios colapsaría. La Redención habría fracasado porque no admite medias tintas. O el Bien es absolutamente impermeable e impenetrable al mal, o el mismo Cristo habría claudicado en su empeño. El Inocente, el Santo de los Santos, como bebé atónito -"¿Por qué me golpeas?"-, como cordero maniatado y arrastrado, fue llevado al matadero, entregado inopinadamente al suplicio y la muerte. No profirió ni una palabra más alta que otra y, cuando lo hizo, fue sólo para perdonar. Cruzó por las llamas abrasadoras y diabólicas de la traición y el abandono, del Getsemaní y del Gólgota, de la Pasión y de la muerte, no sin sentir hasta lo más profundo de su Ser su espeluznante zarpazo, sino sin combustionar en ellas. Impertérrito, absorto, empecinado y obstinado en el Bien, las cruzó y, por ello, victorioso, resucitó. Ésta es una de las múltiples lecturas del misterio de nuestra Redención que me parece muy afinada. El Bien vence al mal no por buenismo, "buen" talante, negociación o consenso, sino porque con su poder llena su vacío, lo desaloja, lo estrangula, lo asfixia y lo aniquila, al igual que la luz del Sol destruye la oscuridad.

Que el Bien ya haya triunfado no quiere decir que no siga habiendo una terrible batalla contra el mal, y que éste no actúe como el alacrán, con el cuerpo ya pisoteado y aplastado, mientras intenta clavar cínicamente su aguijón y consumar su venganza. Todos estamos, voluntaria o involuntariamente, pero con insistencia, lanzando nuestro aguijón y perpetuando esa batalla. Con San Pablo, podemos decir: "No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero" (Romanos 7, 19). El diablo, autoengañado, se cree victorioso y convence, pero nunca podrá resistir el poder de Dios. 

Posiblemente Cristo tuvo dos sufrimientos morales infinitamente agudos en la Pasión. Uno, el sentirse abandonado por su Padre, precio necesario a pagar para llegar al abismo más profundo de la encarnación. El otro, las libertades humanas que vino a rescatar y se le escapan entre los dedos como lo hace la arena fina de la playa en las manos de un niño. El cáliz que tuvo que beber, hasta apurar las heces de su fondo, es el cáliz de nuestra libertad, del que no quiere perder ni una sola gota. Es el cáliz que recoge la Sangre del Cordero que sigue degollado hasta la consumación del Mundo. Gota que se pierde, sacrificio infinito que cae en vano.

Esto no es sólo una imagen, sino que es un hecho sobrenatural (más que natural, hiperreal) que recorre la Historia del hombre sobre la Tierra de punta a punta en el tiempo y en el espacio, como el Alfa y el Omega. De tal forma que los sacramentos son los indestructibles asideros que tenemos para unirnos a Él y no caer definitivamente fuera de sus manos divinas o del cáliz. Son el nexo material y visible con Cristo obstinado en el Bien, como "agujeros de gusano" que unen lo sobrenatural con lo natural. Son como el abrazo que el socorrista, Cristo, ofrece al bañista, nosotros, hundido y a punto de ahogarse mientras Él mismo sale a flote. En la medida en que estemos abrazados a Cristo en la oración, en los sacramentos y en su acción salvífica en el Mundo, podremos vencer y, al final, resucitar. Por supuesto, esto no excluye otras vías extraordinarias, porque Dios no conoce el mal y cuenta con nuestras limitaciones. 

De todas formas, si la Iglesia perdiera su anclaje en lo que llevamos dicho y en su profundo significado, pasaría a ser una ONG más o menos longeva y, sin ánimo de ser un profeta funesto, en unas pocas décadas sería devorada por el fuego del Mundo.

Por eso creo que el "camino sinodal alemán" y las voces que se están oyendo en la primera fase del Sínodo 2021-23 son un intento de jaque mate emprendido por el Enemigo. Intenta derribarnos por muchos frentes, pero bastaría una fisura, quizás pequeña, en un punto crítico, para que la Barca de Pedro se hunda si Dios no lo remedia. Como ya dije en otra ocasión, la realidad es orgánica, tanto en lo general como en lo particular. Y si una pequeña parte se interpreta de forma perversa, se termina por pervertir toda la interpretación de lo existente. La creación es orgánica, también los sistemas de galaxias y los sistemas planetarios, y los seres vivos con su fisiología y sus ecosistemas, y los países y sus instituciones públicas o privadas y, por supuesto, la Iglesia, que es Una, Santa, Católica y Apostólica. Si algo estructural de Ella o de la doctrina se pervierte, más tarde o más temprano, capitulará en el Mundo.

Evidentemente esto no pasará, es una promesa del mismo Cristo y una de las acciones más específicas del Espíritu Santo. Como dice Monseñor Munilla, refiriéndose a la situación actual de la Iglesia, con palabras de San Pablo, "estamos atribulados, pero no aplastados, apurados, pero no desesperados, perseguidos, pero no abandonados, derribados, pero no aniquilados". 

De cualquier modo, no es momento para vivir de rentas. No podemos dar la espalda a la situación actual. Tenemos al Enemigo en casa. El caldo de cultivo huele demasiado a podrido. Sólo en la medida en que nosotros y la Iglesia imitemos a Cristo y nos obstinemos en el Bien, siendo fieles a la Palabra, a la Ley Natural y a la tradición magisterial de 2000 años, atravesaremos las llamas y saldremos purificados del Sínodo y de lo que nos echen. 

No hay que perder la perspectiva. Que "Dios es el Perfecto Bien" o que "Cristo está obstinado en el Bien" no son sólo un concepto metafísico interesante o una consigna del propio Cristo para soportar la Pasión. ¡No! Son realidades tangibles, reales, sensibles, que actúan ahora en nosotros y en el Mundo. Significan que Dios es amoroso, bondadoso, entrañable, infinitamente misericordioso y comprensivo. Que quiere a todos infinitamente felices con Él en el Cielo, incluido al hombre más malvado que haya habido jamás sobre la Tierra y al propio Satanás, si fuera posible. ¡Y no parará hasta lograrlo!

Además, esto impregna nuestras vidas y toda la realidad, regalo apasionado y bondadoso del mismo Dios hacia sus criaturas muy amadas. Hay muchas mociones del Espíritu Santo a nuestro alrededor. Las bienaventuranzas, selfi que nos regala el Señor de sí mismo, pueden ser una magnífica hoja de ruta, nos muestran claramente desde dónde tenemos que partir, nos ayudan a hacer una correcta interpretación de nuestro estado actual y nos indican hacia dónde debemos dirigirnos.

Necesitamos hacer mucha oración, desagravio y ser nosotros también santos para que la Iglesia sea Santa. Confiar sobre todo en la infinita bondad y misericordia de Dios y saber que Él es el primero que está empeñado en que todo termine bien. La Virgen, conocedora de primera mano de esta Historia, también está empeñada como Madre en que así sea.

A nosotros nos toca tener una esperanza ciega en que Dios está obstinado en el Bien y superar el error y la confusión por elevación y no por un buenismo vacuo, “buen” talante, negociación o consenso. Este es el antídoto.

¡Qué así sea! 

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