Miércoles, 10 de agosto de 2022

Religión en Libertad

Las ideologías y la pureza de corazón

Agua en un torrente de montaña.
Como el agua limpia de la montaña se enturbia al llegar al cauce llano, también lo hace nuestra mirada sobre el mundo por el pecado original y nuestros propios pecados personales. Foto (contextual): Leo Rivas / Unsplash.

por José Carlos Súbtil

Opinión

Con este título muchos lectores estarán sospechando de que va este artículo. Probablemente acierten, pero sólo en parte. Voy a hablar de la pureza de corazón, pero en un sentido mucho más amplio al que estamos acostumbrados. Voy a basarme en una idea que oí hace tiempo y que me pareció brillante. Lo siguiente son añadidos y reflexiones que me hago a mí mismo, que me gustaría saber aplicar y poner en práctica, y que quiero compartir porque me parecen útiles para manejarse en el mundo en que vivimos.

Los seres humanos en esta vida sólo podemos gestionar tres ámbitos de la existencia y además de forma parcial y muy imperfecta, pues no somos omnipotentes. A saber, el ámbito de las cosas materiales, el ámbito de los cuerpos personales y el ámbito de lo espiritual, entendiendo éste último como "el mundo de las ideas y las voluntades". Si queremos gestionar estos tres ámbitos con pureza de corazón, una forma lógica de hacerlo es con las tres clásicas virtudes evangélicas: pobreza, castidad y obediencia, respectivamente.

Con gran acierto, en su búsqueda de la pureza, ya se percataron de esto las primeras órdenes religiosas y de ello hicieron el núcleo de su relación con lo existente. Puede parecer extraño que un laico, que en teoría practica una espiritualidad en el polo opuesto al de la vida consagrada, se ponga a hablar de esto. Pero a los laicos de hoy en día, para intentar llevar hacia el bien el ambiente en que vivimos, nos toca ser contemplativos en medio del mundo.

¡Ah, bueno! Hay un cuarto ámbito que tiñe los anteriores y que no sé si lo gestionamos, nos gestiona o ambas cosas a la vez: el ámbito de la afectividad, del que hoy no hablaré, por lo menos directamente.

Pobreza

Si queremos ser puros de corazón tenemos que gestionar las cosas materiales con pobreza. No me estoy refiriendo a la cantidad de nuestros bienes -tema de conciencia, según el estado de cada uno- sino a la calidad de nuestra interacción con ellos. ¿Con qué primera ilusión, asombro, gratitud, idoneidad… gestionamos las cosas? ¿Las cosas nos hablan de Dios y lo descubrimos al contemplarlas y al usarlas? Deberíamos acercarnos al misterio de la existencia material temblando (como en el primer beso), de rodillas, con pureza de corazón y pobreza de espíritu.

La realidad creada es desmesuradamente bella, tremendamente variopinta, desproporcionadamente exuberante… La inmensidad inimaginable del Universo, las redes de galaxias, los cúmulos de estrellas, los planetas, los colores en su paleta cuasi infinita, los paisajes, los sonidos, los olores, las formas de las flores, los increíbles diseños de las alas de las mariposas, la variedad de todos los animales y su sublime belleza, el colorido de algunos peces escondidos en lo invisible, otras bellezas ocultas que nunca veremos y que parecerían estar hechas sólo para el deleite de los ángeles... Todo lo que conforma la realidad, alcanzable o inalcanzable, nos habla de un Dios infinitamente generoso, con una creatividad “apasionada”, desbordante, caleidoscópica, juguetona, rebosante, loca de amor… El puro devenir de la materia y la pura evolución de los seres vivos, que tiende necesariamente al ahorro, no pueden ser la razón última de semejante voluptuosidad y desparrame.

Purifica tu corazón, empobrece tu espíritu, quítate las gafas de los prejuicios, las ideas preconcebidas y las ideologías. Todo lo bueno que existe, y que por existir en sí mismo es bueno, nos habla de un Dios que es, sobre todo, padre, papá...

Las cosas nos son amantísimamente regaladas, pero, en última instancia, no nos pertenecen. Ésta es la clave. Con pureza aprendamos a descubrirlo y con pobreza a gestionarlas correctamente. Con austeridad y generosidad, con cariño y desprendimiento, con cuidado santo y amplitud de miras, sacándoles el partido que se merecen, pero todo en su justa medida…

Un corazón puro con un espíritu pobre usa las cosas con rectitud, benignamente, con magnanimidad, pero no se adueña infructuosamente de ellas. La pobreza en nuestra relación con las cosas es señorío. El señorío sobre ellas, cada uno según su condición, es lo propio de los santos.

Castidad

Entendemos la castidad como una virtud maldita. Aquella que se opone al apetito más intenso, omnipresente, insaciable y gozoso que poseemos. El apetito encargado de relacionarnos íntimamente y perpetuar la especie. Pero esta forma de concebir la castidad, como el “coco negro”, es reduccionista y, por falsa, una trampa del enemigo.

Los cuerpos humanos son bellos. Extremadamente bellos porque son el más directo reflejo material que tenemos del mismo Dios. Según su propia palabra estamos creados a su imagen y semejanza. Afirmación riquísima en contenido que, necesariamente, justifica el diseño, aspecto y belleza de nuestros cuerpos. No me estoy refiriendo solamente a la belleza que genera atracción sexual sino, sobre todo, a la belleza de los hijos de Dios en el sentido de criaturas personales que, como se suele decir, son un puro calco de su Padre. Esto otorga al cuerpo humano una dignidad superior, sublime. De alguna manera, y por gracia, una dignidad casi divina.

La mirada adecuada, pura, sobre el cuerpo propio y de los demás es una mirada casta. La castidad es la virtud que purifica, según nuestro estado, nuestra relación con los cuerpos personales y no solo en lo sexual. Si fuéramos capaces de ver los cuerpos humanos como participación de la belleza de Dios, los miraríamos con pureza de corazón. En esta imaginaria situación, cubrir la propia desnudez sería innecesario, salvo para protegerse del sol abrasador o del frío.

El problema es que el Pecado Original ha arrancado la pureza de nuestra mirada, y somos incapaces de mirar un cuerpo como lo miraría un bebé o el mismo Dios. Enseguida se nos tiñe la mirada con una curiosidad morbosa, con un utilitarismo interesado o con una concupiscencia carnal. Esta concupiscencia tiene como primer escalón el deleite. No el deleite ante la belleza reflejo de la de Dios o de la limpia donación personal -lo que sería muy deseable-, sino el deleite como paladeo egoísta del propio regusto. A partir de este tipo de deleite, la cuesta es hacia abajo y, a veces, sin freno.

La pureza de corazón exige, sin embargo, acercarse al cuerpo también temblando y de rodillas, con limpieza interior, sabiendo de su condición sagrada. Que no se equivoquen algunas ideologías, la falta de modestia en el vestir no "empodera", sino que pone los cuerpos en el escaparate y, por lo tanto, en "bajada de precios". No soy contrario a jugar de forma elegante con la belleza de los cuerpos, por eso no me estoy refiriendo a los centímetros concretos de piel expuesta ni a los centímetros de tela según unos cánones culturales o de adecuación a cada situación concreta. Me estoy refiriendo a cuando la exposición corporal son una cuestión de rol y de pose agresivos, con un afán de dominio turbador entre los sexos, que acaba haciendo del cuerpo un arma intimidante y arrojadiza.

Avanzando más profundamente en la gestión de los cuerpos, Dios no se ha equivocado al permitir que alguien sea concebido, o al asignarle su propio cuerpo -que es un don gratuito-, o al permitir un final de la vida corporal concreto. Las ideologías, por definición, son absolutamente ciegas a todo esto. Por eso, hay que llevar la pureza de corazón y la castidad, en este sentido más amplio, a todas partes, en especial a la Moda, al Marketing, a las Ciencias de la Salud y a la Bioética, y erradicar todas las ideologías que conceptualmente son justo lo contrario a la pureza de corazón.

En la medida en que seamos puros de corazón, seremos castos en sentido amplio, y podremos gestionar los cuerpos personales con señorío y “adorando” lo que en ellos hay de divino.

Obediencia

La obediencia tiene muy mala prensa. Desde finales de la Edad Media, con la entrada en escena del nominalismo y el subjetivismo (con todas las ideologías posteriores por ellos gestadas), la obediencia parece una especie de locura propia de corazones pusilánimes. Mucho más en la actualidad, con el avance del saber, las ciencias y la tecnología -y desde que quitaron el servicio militar obligatorio-. El hombre actual no se plantea ningún tipo de obediencia ni principio de autoridad, por consiguiente, mucho menos qué o a quién obedecer. Para él obedecer carece de sentido y el principio de autoridad está muerto.

En la exaltación de la autonomía del individuo el "yocreísmo" o el "porquemedalaganismo" se han vuelto los únicos referentes válidos para el pensar o el actuar individuales. Es más, el "yocreísmo", cuando consigue mayoría en una cuestión, se torna en el fundamento de nuestras actuales y divinizadas democracias. Así, los partidos políticos no son más que rebaños de "yocreístas" que se unen por creer cosas comunes entre ellos, aunque no sean necesariamente verdaderas. Sin necesidad de ser muy espabilado, se puede ver que el creer en algo subjetivo o el seguir "la gana" como principio del actuar, conducen al desastre personal y colectivo: delirios personales, adicciones, vidas frustradas y sufrientes a veces truncadas prematuramente, políticas nefastas, leyes inicuas, guerras, genocidios...

Entonces, la pureza de corazón ¿a qué o a quién nos orienta a obedecer? Para empezar, propongo tres fuentes concretas -seguro que hay más, aunque todas entrelazadas-: una, la Ley Natural, otra, los Diez Mandamientos. La tercera, que es la fuente de las fuentes y que sólo nombraré porque da para una enciclopedia, al que se definió como el Camino, la Verdad y la Vida.

Sin necesidad de meterse en grandes elucubraciones filosóficas, como decía un profesor que tuve de Moral, para atinar con la Ley Natural es muy bueno consultar el diccionario. A poder ser un diccionario como el de la RAE y no una edición actual, sino una de hace unas cuantas décadas. Una de esas anterior a que sus definiciones fueran revisadas por los inspectores de lo políticamente correcto y sometidas a las ideologías del momento. Donde hombre, mujer, matrimonio, aborto, eutanasia y mil cosas más se definían con claridad meridiana y sentido común. Se trata de leer, entender y sacar conclusiones según la naturaleza de las cosas que nos ayuden a actuar.

Cuando me refiero a los mandamientos del Decálogo no lo hago como un cúmulo de prohibiciones, sino todo lo contrario, como una norma positiva. "No matarás" indica también cuidarás de los demás, especialmente de los más vulnerables. "No robarás" indica cuidarás de la propiedad privada de los demás como si fuera la tuya y, así, sucesivamente. Cuando se implantó la asignatura de Educación para la Ciudadanía siempre me invadía la idea de que la mejor, más novedosa e insuperable Educación para la Ciudadanía era el estudio y la profundización en el Decálogo. Si alguien tiene un proyecto mejor, más certero y aún por estrenar -cosa que no creo-, se lo compro.

Cuando gestionamos lo espiritual, ideas o voluntades, propias o ajenas, con pureza de corazón -sin perversión ideológica de ningún tipo- nos toca, con señorío, obedecer a la Verdad. En el fondo, como dice una canción, "la obediencia es la mejor adoración".

La pureza de corazón

Occidente desconoce absolutamente la pureza de corazón y, desde hace ya mucho tiempo, todo lo interpreta con las gafas de las ideologías. Su corazón se ha vuelto opaco a la luz que ilumina las cosas, absolutamente incapaz de darse cuenta de que la realidad se impone y de que la Verdad existe. Verdad que ni tan siquiera busca. Sólo nombrarla le produce náusea. Las ideologías suelen comenzar por una interpretación errónea y muchas veces pseudocientífica de una parcela de la realidad, pero, debido a que la realidad es orgánica, rápidamente lo abarcan todo y se vuelven totalitarias. Como su propuesta no es verdadera, necesitan necesariamente imponerse y no descubrirse como se descubre el misterio. Se imponen con propaganda, con leyes inicuas, pervirtiendo la educación infantil, reinterpretando la Historia, con inyecciones de dinero, alimentando chiringuitos, con lobbies de presión, mediante organizaciones supranacionales -algunas de referencia, como la OMS-, mandando a los disidentes al ostracismo, con chantaje, con extorsión o por la fuerza…

La pureza de corazón, propia de los niños, también lo abarca todo, pero no de forma totalitaria, sino liberadora. Por desgracia, con el paso del tiempo, el roce con un entorno viciado y la propia naturaleza caída, esa pureza de corazón se va manchando y va siendo sustituida por prejuicios, ideas erróneas y, a la postre, por ideologías.

Hoy en día es cuando, gracias a los avances científicos y a la tecnología, más capaces seríamos de hacer cosas buenísimas y maravillosas, pero debido a las ideologías, andamos como pollos sin cabeza.

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