Sábado, 07 de diciembre de 2019

Religión en Libertad

Una fractura ortodoxa con serias consecuencias


por George Weigel

Opinión

Con el catolicismo enredado en una crisis de abusos sexuales y complicidad episcopal que llega a los más altos niveles de la Iglesia, la Ortodoxia oriental puede estar al borde de una crisis excepcional de enormes consecuencias ecuménicas y geopolíticas.

En Ucrania compiten actualmente tres jurisdicciones ortodoxas. La Iglesia Ortodoxa Ucraniana-Patriarcado de Moscú está en plena comunión con el Patriarcado Ortodoxo Ruso de Moscú, y subordinada a él. Luego hay dos escisiones de Moscú: la Iglesia Ortodoxa Ucraniana-Patriarcado de Kiev y la Iglesia Ortodoxa Ucraniana Autocéfala. Esta fractura triple es un escándalo, un obstáculo para re-evangelizar una cultura rota y un impedimento al ecumenismo.

El Patriarcado Ecuménico de Constantinopla ha anunciado que está considerando una propuesta para reconocer la autocefalia, o independencia de Moscú, de la ortodoxia ucraniana si las jurisdicciones ortodoxas contendientes restauran la unidad. El Patriarcado de Moscú de la Iglesia Ortodoxa Rusa ha montado en cólera, quitando de su liturgia las referencias a Bartolomé, patriarca ecuménico de Constantinopla. Y su portavoz internacional, el metropolita Hilarión, hizo unas indignadas declaraciones sosteniendo que “la guerra del Patriarcado de Constantinopla contra Moscú [es continua] desde hace casi cien años”. Hilarión también acusó al Patriarcado Ecuménico, un primus inter pares en la Cristiandad ortodoxa, de no haber apoyado al Patriarcado de Moscú durante las décadas de persecución soviética… Irónica acusación, dado que el hombre de quien habla Hilarión, el Patriarca Kiril [Cirilo] de Moscú, era entonces miembro de la KGB.

¿Qué está pasando aquí? Varias cosas.

En primer lugar, el Patriarcado de Moscú está asustado. Si Constantinopla reconoce a la Ortodoxia ucraniana como “autocéfala” y por tanto no subordinada a la Ortodoxia rusa, la pretensión de Moscú de ser la “tercera Roma” estaría en grave peligro. La Ortodoxia rusa se encogería drásticamente con la pérdida de la numerosa población ortodoxa de Ucrania, y la pretensión del Patriarcado de Moscú de una especie de hegemonía de facto en el mundo ortodoxo quedaría seriamente dañada.

En segundo lugar, la Ortodoxia rusa, continuando una larga y desdichada tradición de jugar a ser el capellán del zar (en cualquiera de sus formas), ha aportado el respaldo supuestamente religioso a la pretensión de Vladimir Putin de que existe un único Russkiy mir (“mundo ruso” o “espacio ruso”) que incluye Ucrania y Bielorrusia. Y en ese “espacio”, ucranianos y bielorrusos son los hermanos pequeños de los rusos, auténticos herederos del bautismo de los eslavos orientales en el año 988. Es una falsificación de la historia, y sin embargo ha sostenido las pretensiones imperiales rusas durante siglos y continúa sosteniéndolas hoy.

Una Ortodoxia ucraniana reunificada e independiente centrada en Kiev (donde en el año 988 fueron bautizados el príncipe Vladimir y las tribus que acabarían convirtiéndose en los ucranianos, los rusos y los bielorrusos) negaría empíricamente lo que historiadores serios han considerado desde hace tiempo como un relato deshonesto. Moscú y Rusia no son los únicos herederos del bautismo de los eslavos orientales, y las pretensiones imperiales rusas (que han justificado la invasión y anexión de Crimea y la guerra impulsada por Rusia en Ucrania oriental) descansan sobre un relato falso.

La ortodoxia rusa y el presidente Putin serían los principales perdedores si la Ortodoxia ucraniana se reunifica y Constantinopla reconoce su independencia. Por eso está adoptando el metropolita Hilarión una línea dura con el patriarca ecuménico Bartolomé. También por eso Putin parece estar animando a su nuevo amigo, el presidente Erdogan de Turquía, a apretar las tuercas a Bartolomé, cuya presencia en Estambul (antigua Constantinopla) depende de la benevolencia del gobierno turco. Putin sabe que su intento de recrear algo parecido a la antigua Unión Soviética, que ha desembocado en la ideología del “mundo ruso”, podría implosionar.

El clero ortodoxo ruso ha acusado a los esfuerzos por reunificar la ortodoxia ucraniana y reconocerla autocéfala de ser un complot romano. Esto debería hacer pensar a algunos en el Vaticano. La Declaración de La Habana de 2016 del Papa Francisco y el Patriarca Kiril debía inaugurar una nueva era de cooperación ecuménica entre Roma y Moscú. Sin embargo, tan pronto como Moscú se siente presionada, el espantajo vaticano sale a relucir para ser vilipendiado. Quienes hace dos años consideramos desacertada la Declaración de La Habana no debemos alegrarnos de haber tenido razón, pero quienes no escucharon deberían pensárselo antes de llegar a acuerdos con agentes del poder del Estado ruso.

Nada es seguro en este drama ucraniano, dada la inestabilidad de la Ortodoxia ucraniana, la posición relativamente débil del patriarca ecuménico Bartolomé, y la inútil implicación del presidente ucraniano Petro Poroshenko. Pero hay mucho en juego.

Publicado en The Catholic World Report.

Traducción de Carmelo López-Arias.

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