Domingo, 22 de septiembre de 2019

Religión en Libertad

Hacia un mundo de clases medias


por Vicente Alejandro Guillamón

Opinión

Cuando digo mundo me refiero al mundo mundial, esto es, a esta bolita azul de tamaño insignificante en la inmensidad del firmamento, pero que para nosotros, los terrícolas, lo es todo, nuestro hogar, nuestra vida, nuestros gozos y nuestras penas, todo. Pues bien, esta bolita azul, hasta donde sabemos única en el Universo, troceada en 194 naciones, la gran mayoría de ellas de pequeñas dimensiones, camina, de uno u otro modo, hacia un modelo social de clases medias, que dará una cierta uniformidad a las distintas naciones que la conforman, en apariencia tan distintas entre sí, por causas lingüísticas, culturales, históricas, geográficas, raciales, políticas, religiosas, etc.

¿Por qué hacia una cierta uniformidad en torno a un paradigma de clases medias? Porque el crecimiento humano tiende a ello.

¿Quiénes son los principales impulsores del crecimiento humano? En nuestros días, en nuestra civilización occidental, de raíz humanista y cristiana, compartida ya aunque secularizada por la generalidad de las distintas razas y naciones del planeta, estos impulsores son las clases medias y una economía de base capitalista.

¿Quiénes forman las clases medias? Principalmente ejecutivos de empresas, dueños o directores de pymes, autónomos exitosos (Amancio Ortega empezó así, el masón Bill Gates también), funcionarios –sobre todo de los cuerpos técnicos–, doctores y licenciados de las múltiples especialidades académicas y profesionales –investigadores, médicos, farmacéuticos, ingenieros, arquitectos, juristas, economistas, docentes, militares y policías de academia, periodistas, artistas, deportistas de nivel alto...– y un larguísimo etcétera en continuo crecimiento a medida que las sociedades se hacen más complejas y matizadas.

Económicamente son partidarios, mayoritariamente, de la libre empresa y la iniciativa privada, lo que conduce necesariamente a un modelo capitalista, ese sistema de producción denostado por muchos eclesiásticos, más de uno contaminado por la teología marxista de la liberación (“la opción preferencial por los pobres”) sin caer en la cuenta de que todos los modelos de producción son capitalistas, empezando por los de monopolio estatal, en los cuales quien aporta el capital, en este caso el Estado, ejerce el poder empresarial, que de ese modo acumula poder político y económico, o sea, un poder total –totalitario–, convirtiéndose en un modelo productivo ineficiente y ruinoso, que terminó liquidando el sistema soviético.

En cuanto a política suelen inclinarse, allí donde hay libertad, por modelos democráticos mayormente moderados. Las dictaduras comunistas que todavía subsisten –China, Vietnam, Cuba, etc.– viven ahora bajo el sistema franquista –quién lo iba decir– del desarrollismo tecnocrático de los años cincuenta y sesenta: libertad económica y rigidez autocrática. Pero como sabemos los españoles, esa distensión inicial en lo económico tarde o temprano termina en la distensión política, a cargo de las clases ilustradas o burguesas, es decir, las clases medias.

Pero la clase media no forma una unidad homogénea y mucho menos compacta, sino que está fraccionada en numerosísimas ramas profesionales, con distintos niveles de ingresos, consumo y ahorro, y ello produce una gran variedad de formas de ser y estar. Ya los sociólogos, de cuya especialidad depende el estudio de las sociedades, distinguen entre clase media alta, media media, y media baja.

Las clases medias, en continuo crecimiento en todas partes, terminan imponiéndose en las más diversas facetas de la vida social, por su dominio de las ciencias y técnicas más influyentes en las sociedades actuales. Veámoslo en el mundo productivo. La pesca se transforma en grandes barcos congeladores y piscifactorías, el campo se mecaniza, la industria se robotiza, los servicios se informatizan, la cultura y el ocio se generalizan, etc. Los trabajos y oficios de mayor esfuerzo físico están desapareciendo en todas partes, o lo que es lo mismo, el proletariado según Marx, o el miserabilismo, según ciertos cristianos, pasan a ser fantasmas del pasado.

En fin, el mundo crece, se desarrolla y produce cada vez más y mejor, o sea, mayor riqueza. Y como la riqueza es de suyo expansiva, vence a la pobreza allí donde se la enfrentan, pese a los malos gobernantes, y digan lo que quieran los demagogos de toda clase y condición, entre otros los de sacristía, que por desgracia abundan y dejan en muy mal lugar a la Iglesia, que de ese modo da la impresión de ser ignorante y vivir ajena a los grandes cambios sociales que se están registrando en el mundo. Así se explica que vayamos perdiendo influencia en la sociedad moderna.

El mundo cambia, el mundo crece, el mundo prospera y se enriquece. La pobreza está en franco retroceso. Las grandes guerras internacionales de los siglos XIX y XX han pasado a la Historia, aunque sigan y seguirán subsistiendo conflictos limitados en zonas concretas del ancho mundo. Los problemas sociales no dejarán de acosarnos, el empleo cada vez más tecnificado escaseará aunque esa escasez podrá mitigarse reduciendo la jornada laboral de las personas en activo, como se hizo, duramente, al pasar de la producción artesanal al industrialismo. Crecerá la demanda de ocio cultural y lúdico, y sin embargo la gente se sentirá espiritualmente cada vez más vacía. ¿Cómo tratará de llenar ese vacío? Es la gran pregunta que los creyentes hemos de hacernos, empezando por nuestros pastores. No es la opción preferencial por los pobres lo que debe preocuparnos mayormente, aunque sin dejar de atenderlos, sino por los necesitados, y en concreto los necesitados de bienes morales y espirituales. De lo contrario, acabarán perdidos en medio de la tormenta como un barco sin timón o un rebaño de ovejas sin pastor.

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