Lunes, 16 de diciembre de 2019

Religión en Libertad

Sentido de la autoridad en la Iglesia


por Pedro Trevijano

Opinión

Ante el problema de la autoridad en la Iglesia, creo que es conveniente recordar algunas cosas. La autoridad se recomienda a sí misma no imponiéndose, sino persuadiendo, convenciendo sin coaccionar, dirigiendo en vez de dominando, siendo personal y no impersonal, tratando a los gobernados como socios y colaboradores y no como súbditos. Es obligación de quienes detentan la autoridad tener conciencia de que su deber es ante todo intentar hacer atractivo lo encomen­dado y merecer el amor de sus súbditos. La autoridad se autentifica por un sincero amor a la Iglesia y a sus miembros, nosotros los cristianos, pues no se trata de realidades diferentes. Quien quiere que los demás le respeten porque posee autoridad o poder, pero no hace nada para merecer el amor de los demás, no merece ninguna confianza, aparte de que un uso así de la autoridad es totalmente extraño al espíritu del Nuevo Testamento.

La autoridad ha de ser también profundamente humilde: "La Iglesia, que guarda el depósito de la Palabra de Dios, del que manan los principios en el orden religioso y moral, sin que tenga siempre a mano la respuesta adecuada a cada cuestión, desea unir la luz de la Revelación al saber humano para iluminar el camino recientemente emprendido por la Humanidad" (Gaudium et Spes, 33).

Sin una buena teología de la autoridad, tanto ésta como los súbditos están expuestos a graves errores. La autoridad ha de evitar asumir un ámbito de gobierno más amplio que el que le corresponde, invadiendo terrenos que no le pertenecen, como por ejemplo dar soluciones técnicas a los problemas de orden temporal, o pretendiendo falsamente identificar su voluntad con la voluntad de Dios, puesto que ningún hombre es Dios y no solemos lucirnos cuando nos metemos a desempeñar el papel de Dios. Por el contrario, también puede la autoridad equivocarse por inhibirse de sus obligaciones y responsabilidades: por ejemplo, el silencio de la Iglesia ante el problema social en el siglo pasado.

 El creyente, por su parte, no puede abdicar de sus propias responsabilidades. La práctica de la obediencia ciega, aun sin alcanzar los extremos de la realizada por el criminal de guerra Eichmann, quien intentó justificar sus asesinatos alegando que él se había limitado a obedecer, es degradante y despersonalizante, puesto que supone una concepción monstruosa­mente antisocial de la responsa­bilidad humana, y esto es aún más cierto si lo que se pretende es una obediencia cristiana. La obediencia verdadera o renuncia de sí mismo (Mt 16, 24; Mc 8,34; Lc 9,23) no tiene nada que ver con la despersonali­zación, puesto que el Yo que ha de negarse o mortificarse es el "hombre viejo" paulino (Rom 6,11; Ef 4,22; Col 3,9) que ha de hacer sitio al "hombre nuevo" que vive para Dios en Cristo (Rom 6,11). El Nuevo Testamento no conoce otro conformismo que la conformidad con Cristo, quien desde luego no es ningún prototipo de conformismo.

Pero el súbdito tampoco debe adoptar actitudes rebeldes o contestatarias ante la autoridad eclesiástica. Hay ciertamente una primacía de la conciencia personal sobre las normas establecidas, pero también el deber de formar la conciencia, deber del que nadie está dispensado. Está claro que el magisterio no puede ni debe sustituir a la conciencia de cada hombre, pero la concien­cia, que tiene la obligación de ser recta, encuentra en el magisterio las mejores luces e indicaciones para abrirse a las llamadas de Dios y encontrar así "la luz verdadera que, viniendo a este mundo, ilumina a todo hombre" (Jn 1,9). El respeto a las enseñanzas de la autoridad eclesiástica y a la competencia de la propia conciencia son absolutamente complementarios y la autoridad ha de tener en cuenta que sus leyes han de estar al servicio del hombre: "El sábado ha sido hecho para el hombre y no el hombre para el sábado" (Mc 2,27), pero el creyente a su vez debe conside­rar que se trata no de acomodar la voluntad de Dios a la suya, sino la suya a la voluntad de Dios.

La obediencia tiene que ser expresión activa de nuestro amor y sirve para realizar éste; por ello mismo tiene que ser inteligente, para realizar mejor la tarea que se espera de nosotros; en consecuencia la autoridad debe dirigirse tanto a nuestra razón como a nuestra voluntad, siendo conveniente e incluso necesario un diálogo entre superiores y miembros de una comunidad, pues la tarea ha de realizarse entre todos.

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