Martes, 28 de septiembre de 2021

Religión en Libertad

El fundamento de los derechos humanos

Eleanor Roosevelt muestra la Declaración de Derechos Humanos.
Eleanor Roosevelt, esposa del presidente Franklin Delano Roosevelt, fallecido poco antes, presidió la comisión que preparó en la naciente ONU la Declaración Universal de los Derechos del Hombre.

por Pedro Trevijano

Opinión

La actitud de amor y respeto al prójimo es una actitud básica en el Cristianismo. Ya en el Antiguo Testamento, el Decálogo (Ex 20,2-17 y Dt 5,16-21), en la mayor parte de sus preceptos, expone una moral natural de respeto al prójimo. El pecado es además frecuentemente en la Biblia una actitud de opresión y no-respeto contra el prójimo ((Sal. 10, 103, 146 etc.). En el Nuevo Testamento se insiste sobre todo en la actitud de amor (Mt 22,34-40 y Mc 12,28-34). Por su parte, el Magisterio de la Iglesia intenta especialmente por medio de sus encíclicas sociales actualizar los derechos humanos a las circunstancias cambiantes.

Esto nos indica que la fe cristiana no es algo desconectado de la vida, sino todo lo contrario. Nuestras responsabilidades afectan también a lo político y social y no valen cómodas excusas como: “No entiendo de eso”. Hay que formarse en la medida de las posibilidades en los problemas de tipo temporal y darse cuenta de que la salvación no se obtiene individualmente, sino en unión con los demás. El amor al prójimo puede y debe suponer un compromiso de acción, que a veces tendrá que ser político en su sentido más estricto.

La Iglesia católica no puede desinteresarse o permanecer indiferente en el campo de la política. No intenta imponer estructuras o establecer normas jurídicas para la sociedad civil, pero debe velar para que las normas de ésta se inspiren en el respeto y promoción de los derechos humanos y de la paz, pues una paz verdadera sólo es posible cuando se respetan los derechos humanos.

En el ámbito civil puede decirse igualmente que uno de los fines principales de las diversas constituciones nacionales, como sucede con la Constitución Española de 1978, es la protección de los derechos humanos. Los derechos humanos son algo que atañe a todo ser humano. Interesan, por tanto, a la Iglesia y al Estado, así como a cada ser humano en particular, es decir, a todos. Pero destaca por su importancia entre todos los documentos la Declaración Universal de Derechos Humanos de la ONU del 10 de diciembre de 1948, texto que surgió como reacción y consecuencia de los espantosos crímenes cometidos en la Segunda Guerra Mundial. Ello hizo posible el acuerdo sobre cuáles eran los derechos humanos fundamentales, pues este documento es una muy buena exposición de los derechos humanos a la luz del Derecho Natural, y por ello ha merecido grandes elogios de los diversos Papas.

Pero lo que no se logró fue un acuerdo sobre cuál era el fundamento de estos derechos, que para nosotros, los que creemos en la Verdad Objetiva, sólo puede ser Dios, mientras que para los no creyentes, al no existir Dios, es la conciencia personal o la voluntad popular. Pero al carecer de un centro de referencia, esos derechos pueden cambiar, como ya está sucediendo con los llamados nuevos derechos humanos, muchas veces en abierta contraposición con los derechos de 1948. En la concepción relativista el orden social no se ve como reposando en las leyes de Dios o de la naturaleza, sino como resultado de las elecciones libres del individuo y del pueblo soberano. Nos encontramos, por tanto, con la no-existencia de reglas generales universalmente válidas.

Actualmente, el gran problema en torno a la Verdad es: ¿existe una verdad objetiva, sí o no? Ante esta pregunta hay una doble respuesta. Mientras unos pensamos que por supuesto hay una verdad objetiva, que el Bien y el Mal son claramente diferentes, que existen una serie de valores eternos e inmutables, los otros, por el contrario, defienden que no hay verdades objetivas, que todo es opinable y depende del punto de vista desde el que se mire, y que ni siquiera los valores esenciales, como la libertad, la vida, la justicia, el amor, la paz, son objetivos e inamovibles.

Las consecuencias de esta segunda postura son muy claras. El triunfo del positivismo, del relativismo, del marxismo, aunque ahora ponga el acento en la lucha de sexos, y de la ideología de género, aíslan a la persona de sus puntos de referencia, llevándole a un individualismo feroz y a aberraciones que no tienen que envidiar a las del siglo pasado, destrozando sus referentes afectivos y éticos, no deteniéndose ni siquiera ante el crimen, como el aborto, el terrorismo y la eutanasia. Y es que, como nos anunció Jesucristo: “Sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,6).

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