Sábado, 07 de diciembre de 2019

Religión en Libertad

De cómo los modernistas convirtieron «ecuménico» en una palabra fea


por Joseph Pearce

Opinión

Es importante comprender claramente el significado de una palabra antes de usarla. La palabra “ecuménico” es un caso. A lo largo de la historia, y hasta muy recientemente, su significado estaba relacionado con sus raíces etimológicas griegas (oikumene), según las cuales significa literalmente “el (mundo) habitado”, o más en general “el mundo entero”, o todo el mundo civilizado: esto es, esa parte del mundo con un credo y una cultura comunes y universalmente aceptados. En este sentido fue usada durante el Imperio Romano para denotar la misma civilización romana y su gobierno.

Este sentido de la palabra lo heredó la Iglesia católica en cuanto heredera de la civilización romana una vez bautizada, y se empleaba para denotar a la Cristiandad y su gobierno. Así, un concilio ecuménico era un concilio convocado por la autoridad de la Iglesia para debatir y definir materias disputadas de doctrina, la cual sería luego vinculante para toda la Cristiandad. Puede decirse pues que las doctrinas dogmáticamente definidas por la Iglesia son ecuménicas en el sentido original de la palabra. O lo que es lo mismo, son vinculantes para “todo el mundo habitado”.

Esta definición auténtica, y con raíces lingüísticas, de "ecuménico" no tiene nada que ver con el concepto moderno de “ecumenismo”, que parece ser la voluntad de diluir o eliminar la doctrina buscando una apariencia de unidad entre grupos diversos de creyentes, con independencia de lo que crean en realidad.

Pocos sabrán, por ejemplo, que la palabra “ecuménico” solo derivó en un -ismo a mediados del siglo pasado. Antes de 1950 no hay registro de la palabra “ecumenismo”, y no consta como entrada en la edición de 1964 del Concise Oxford Dictionary. [*]

Ecumenismo, en el sentido en el que parece que debe entenderse, no es solamente una palabra moderna sino modernista, que es como decir que es herética. Somete la verdad objetiva, tal como la Iglesia la enseña y la define a la luz de la fe y de la razón, al modo en que el mundo entiende subjetivamente esas verdades, esto es, a la luz (u oscuridad) de las pasajeras creencias de ese mismo mundo, que en última instancia hunden sus raíces en criterios secularistas (esto es, mundanos). Cuando condenó formalmente el modernismo como herejía, San Pío X advirtió de que su fundamento filosófico se encontraba en el agnosticismo.

La Enciclopedia Católica afirma que “el modernismo pretende una transformación radical del pensamiento humano sobre Dios, el hombre, el mundo y la vida, tanto la de aquí como la del más allá: fue preparado por el humanismo y la filosofía del siglo XVIII y solemnemente promulgado por la Revolución Francesa”.

Chesterton, a quien se atribuye eso de que “no queremos una Iglesia que se mueva con  el mundo, sino una Iglesia que mueva al mundo”, defendió el dogma y la unidad entre la fe y la razón consagrada en la doctrina en un ensayo titulado Lo rancio del modernismo: “Cuando Euclides insiste en sus definiciones absolutas y sus axiomas inalterables, no le ahorra a los geómetras el problema de pensar. Por el contrario, les crea el gran problema de pensar lógicamente. El dogma de la Iglesia es un límite para el pensamiento tanto como el dogma del sistema solar es un límite para la ciencia física. No es un secuestro del pensamiento, sino un fértil fundamento y una constante provocación para pensar”.

Chesterton no llegó a conocer el término “ecumenismo”. Esta expresión no existía como palabra en los tiempos en los que escribió. Pero él habría visto a qué está ahora vinculada esa palabra en la medida en que hunde sus raíces en el relativismo que desprecia la definición doctrinal. Esto es evidente en su respuesta al relativismo -ahora llamado ecumenismo- de uno de sus contemporáneos, Holbrook Jackson. “La teología y la religión no son lo mismo”, alegaba Jackson: “Cuando las iglesias están controladas por los teólogos, las personas religiosas se mantienen alejadas”. Chesterton reaccionó a este “ecumenismo” sin sentido, insistiendo en que “la teología es, sencillamente, esa parte de la religión que precisa cerebro”.

Cuando C.S. Lewis, gran admirador de Chesterton, lamentaba que la disolución modernista de la doctrina fuese un “cristianismo aguado”, no estaba yendo demasiado lejos. El modernismo, o ecumenismo, no es solo disolución sino también contaminación: envenena la pureza del Evangelio con los desvaríos del mundo. Lewis fue más preciso cuando condenó el progresismo y el modernismo como productos de esa especie de “esnobismo cronológico” que presume de que quienes vivieron en el pasado son intrínsecamente inferiores a quienes viven en el presente.

Esos “snobs” abandonan las verdades “primitivas” consagradas en la doctrina yendo en pos de cualquier cosa nueva o a la moda. Abandonan el Heilige Geist por el Zeitgeist, el Espíritu Santo por el Espíritu de la Época. Abandonan al novio para irse con quienes presumen ser más “ilustrados”, dejando al Único que realmente les ama por los canallas con labia (¡el juego de palabras es intencionado! [**]) y sus donjuanismos filosóficos.

En cuanto comprendamos el neologismo “ecumenismo” como el relativismo y modernismo que realmente es, lo veremos como nada menos que el abandono de la Fe en aras de los falsos dioses de la moda. Y una vez que veamos las cosas como son, responderemos a las falsedades del ecumenismo con la verdad ecuménica. En este sentido, vemos que ser ecuménico es ser evangélico, mientras que el ecumenismo es el fracaso de la evangelización. En este sentido, ser verdaderamente “ecuménico” significa sustituir el ecumenismo por el e-comunismo.

Publicado en Crisis Magazine.

[*] N. del T.: Algo parecido sucede en español. Según el Tesoro Lexicográfico de la Lengua Española, la palabra "ecuménico" figura en diccionarios de la Real Academia Española desde 1732, en los sentidos señalados por Pearce. Sin embargo, la palabra "ecumenismo" no se incorpora hasta 1984 para definir la "tendencia o movimiento que intenta la restauración de la unidad entre todos los cristianos para conseguir una Iglesia verdaderamente universal". 

[**] N. del T.: El juego de palabras es intraducible. Pearce usa la expresión "cads of cant", que hemos traducido libremente como "canallas con labia", pero donde "cant" es también una alusión a Kant, el filósofo del subjetivismo matriz del modernismo.

Traducción de Carmelo López-Arias.

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