Lunes, 21 de septiembre de 2020

Religión en Libertad

El dominio de la precariedad


por Monseñor Luigi Negri

Opinión

Como observó el arzobispo de Milán, monseñor Mario Delpini, en su discurso con ocasión de la festividad de San Ambrosio (significativamente titulado Bienvenido futuro), en la vida social parece que domine, hoy en día, la "precariedad", "un horizonte encerrado en el presente y en la inmediatez". No hay nada que dure. Como si la sabiduría estuviera en profesar esa total precariedad de lo que existe en la conciencia y en el pensamiento humano, en la realidad de la historia y de las costumbres, en la evolución misma de la civilización.

Este dominio de la precariedad debilita a la persona humana que, para expresar al máximo su libertad y su creatividad, necesita un punto firme sobre el que apoyar su existencia. En los últimos dos siglos, el hombre ha tenido la pretensión de encontrar dicho "punto firme" en sí mismo, en su capacidad intelectual y de profundización científica, en la fuerza que el hombre tiene de manipular la realidad y organizarla en formas de conocimiento y utilización que son siempre nuevas. Pero, en muchos aspectos, al obrar y pensar así, la precariedad no ha sido vencida. Al contrario, y por absurdo que parezca, se podría incluso afirmar que la precariedad es la única cosa que permanece. Aquí se llega al fondo de la contradicción: si la precariedad es la única permanencia, entonces la contradicción es total y parece imposible razonar, conocer, organizar y recoger la realidad en esquemas estables y positivos.

Si este es el impasse, entonces hay que tomar la decisión de buscar un Ser que no cambie y que se perfile en el horizonte del conocimiento como una Presencia capaz de acoger y confortar la tensión del hombre hacia el sentido último de la realidad y de la historia. De nuevo, son de gran actualidad las grandes afirmaciones de la tradición católica: el hombre supera infinitamente al hombre y espera un encuentro con quien pueda acogerlo verdaderamente. 

Ciertamente, la grandeza del hombre es su inagotable búsqueda de sentido. Pero el fondo de su conciencia no puede no formular también esta última y elemental pregunta de verdad: Dios, si existes, revélate a nosotros.

La mayor grandeza del hombre es acoger con humildad al Dios que ha venido y que viene. Aquí está el corazón profundo del milagro cristiano: un milagro que permanece en la historia y se transmite de una generación a otra de manera alegre y sacrificada para el hombre.
Como nos recuerda San Agustín con frecuencia, acoger el Misterio de Cristo en la humildad de nuestra carne mortal significa acoger en nuestra vida el milagro de la vida nueva de Dios, que transforma nuestra vida y hace que camine por los grandes senderos de la verdad, la libertad y la laboriosidad.

San Juan Pablo II nos recordaba a menudo que las dimensiones universales de la Iglesia son las perspectivas normales de la vida del cristiano. Esto significa, según la gran expresión totalizadora que le supo dar San Pablo: todo lo que  hagáis, hacedlo por Cristo.

Publicado en el blog del autor.

Traducción de Elena Faccia Serrano.

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