De la Cruz al cielo
Con Nuestro Señor a punto de morir vemos dos actitudes muy distintas, las de los dos ladrones, Dimas y Gestas.

Nuestro Señor Jesucristo, San Dimas (el Buen Ladrón) y Gestas, en una imagen de la Hermandad de la Carretería de Sevilla.
La santa cruz, glorioso madero donde murió Nuestro Señor Jesucristo para redimirnos de nuestros pecados, es signo de contradicción, por lo que conquista o desagrada, fascina o aterra, serena o perturba.
Ya que aun Pedro, ante el anuncio de la muerte del Señor, objetó su pasión y muerte: “Lejos de ti, Señor; tal cosa no sucederá”. A lo que el Señor responde: "Apártate de mí Satanás, tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres" (Mt 16, 21-23). Pues ante la cruz, “escándalo para los judíos y locura para los paganos”, la mayoría deserta.
El abandono, la negación y hasta la traición nos caracteriza a quienes prometimos ser leales y valientes soldados de Cristo. Al parecer, olvidamos que la cruz es la puerta que abre el cielo a quien es capaz de abrazarla con amor, como lo demuestra la historia de Dimas, el malhechor.
- El Evangelio de Lucas (23, 33-43) narra que Cristo fue crucificado junto a dos malhechores, uno a su derecha, y el otro a su izquierda. Desde la cruz, Cristo pronunció su primera palabra para pedir misericordia para sus verdugos: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Mientras tanto, los soldados se echaban a suertes sus ropas y se burlaban de Él, diciendo: “Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo”. También el malhechor a la izquierda blasfemaba diciendo: “¿No eres acaso tú el Cristo? Sálvate a ti mismo y a nosotros”. Mas el ladrón a la derecha, movido por una gracia especial, lo reprendió diciendo: “¿Ni aun temes tú a Dios, estando en pleno suplicio? Nosotros sufrimos justamente, a causa de nuestras acciones; pero Él no ha hecho nada malo”. Y entonces el miserable ladrón, que había vivido una vida marcada por el pecado, dirige a Jesús una humilde súplica: “Acuérdate de mí, Señor, cuando llegues a tu reino”. A lo que Él respondió: “En verdad te digo, hoy estarás conmigo en el Paraíso”.
Cristo, siempre atento para rescatar al pecador, iluminó con la luz de su gracia la oscura alma del malhechor, otorgándole:
- claridad de pensamiento: no pide que Dios lo libre del sufrimiento de la cruz, sino que tenga compasión de su alma pecadora;
- rectitud de intención: Dimas no insulta a su compañero, sino que, movido por la caridad, lo llama a la conversión; y
- pureza de corazón: con la que dirige a Dios su ruego humilde y confiado, que le ganó el Paraíso.
Al respecto, San Juan Crisóstomo afirma:
- “Lo ve entre tormentos y lo adora como si Él estuviera en la gloria. Lo ve en la cruz y le reza como si estuviera sentado en el cielo. Lo ve y lo invoca, aclamándolo como Rey de reyes. ¡Oh, maravillosa conversión de un ladrón!”.
Y al malhechor, Cristo le asegura el paraíso ese mismo día. Pues, como afirma San Roberto Belarmino, es maravillosa la liberalidad de Cristo y la buena fortuna del pecador. Cristo, cuando es injuriado, no abre su boca, porque Él es paciente, mas cuando un pecador confiesa su culpa, habla, porque Él es benigno.
Por su parte, San Agustín señala que, mientras dudaron quienes vieron a Cristo resucitando muertos, el ladrón creyó en quien veía, a su lado, colgado del madero:
- “Precisamente cuando aquéllos dudaron, creyó él. ¡Qué fruto recogió Cristo de un árbol seco! ¡Cuándo iba a esperar el ladrón pasar del atraco al juez, del juez a la cruz y de la cruz al paraíso! El ladrón asalta el reino de los cielos con su gran fe y humildad. Pues a un hombre colgado, crucificado, ensangrentado y pegado al madero le dice: 'Cuando llegues a tu reino'. Demostrando con ello que no sólo creía que iba a resucitar, sino hasta que iba a reinar”.
Asimismo, la actitud de los dos ladrones ante Cristo en la cruz no podría ser más contrastante:
- Gestas lo vitupera y Dimas lo defiende; éste pide que lo baje de la cruz, el otro reconoce que merece su condena; uno se burla de Cristo al verlo “derrotado” por sus enemigos y el otro reconoce, en el hombre agonizante, insultado, despreciado y pendiendo de la Cruz, a su Salvador. Gestas exige: “¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros” (Lc 23, 39); Dimas implora: “Señor, acuérdate de mí” (Lc 23, 42). El primero es movido por la soberbia de quien se cree con derecho a todo y el segundo por la humildad de quien reconoce que solo por la gracia divina puede alcanzar misericordia. De ahí que acepte la muerte, y una muerte de cruz, por sus muchos pecados. Y es precisamente esa cruz, que abraza como medio de expiación, lo que lo abre a la gracia divina y le permite conquistar el cielo.
Nosotros también, ante nuestras cruces, tenemos dos opciones:
- rebelarnos, como Gestas, exigiendo a Dios que nos baje de la cruz;
- o, como Dimas, reconocernos pecadores y ofrecer nuestros padecimientos en expiación de nuestros muchos pecados.
Desafortunadamente, muchos tememos seguir a Cristo en el camino cuesta arriba del Calvario y preferimos el ancho camino de la vida cómoda. Pues, a diferencia de San Dimas, rechazamos al Cristo del Gólgota: el Cristo llagado, doliente, lacerado y ensangrentado. Por ello, aunque vemos la noble cabeza de Cristo coronada de espinas, sus manos y sus pies traspasados, su cuerpo llagado, su corazón traspasado por la lanza... dudamos de su amor, depreciamos su gracia y rechazamos el sacrificio.
Queremos al Cristo que repartió el pan, no al que fustigó a los profanadores del templo; al Cristo que cura, pero no al que dice 'no peques más'; al Jesús triunfante del Domingo de Ramos, no al sufriente del Viernes Santo. Olvidamos que la cruz es instrumento de redención y que si, a ejemplo de Dimas, en lugar de ensimismarnos en nuestros propios sufrimientos y dolores, contemplamos a Jesús en la cruz sufriendo en silencio, a nuestro lado, a fin de redimirnos, llevaremos nuestra cruz con esa paz del que sabe que todo padecimiento es una escalera al cielo, siempre que se una a la cruz salvadora de Cristo.
Cristo reina desde el árbol de la Cruz: abrámosle de par en par las puertas de nuestro corazón y, a ejemplo de San Dimas, depositemos toda nuestra confianza en Él, reconociéndole como Dios, Señor y Redentor nuestro.
Y no olvidemos que, como afirma San Juan Crisóstomo:
- “Anteriormente la cruz era cosa de condenación; pero ahora, en cambio, ha venido a ser cosa de honra. Anteriormente era señal de condenación; actualmente lo es de salvación. Ella nos ha sido causadora de innumerables bienes. Ella nos libró del error; ella nos iluminó cuando estábamos sentados en las tinieblas; ella nos reconcilió con Dios cuando ya estábamos vencidos, y de enemigos nos hizo sus domésticos, y de alejados nos hizo vecinos de Dios. Ella es destrucción de la enemistad, guardiana de la paz, tesoro de bienes infinitos. Por ella no vagamos ya en los desiertos, porque hemos conocido el camino verdadero; ya no vivimos fuera del palacio, pues hemos encontrado la puerta; no tememos los dardos encendidos del diablo, porque hemos encontrado la fuente. Por la cruz ya no estamos en viudedad, pues hemos recibido al Esposo; no tememos al lobo, pues hemos encontrado al Pastor. Por ella no tememos ya al tirano, pues estamos al lado del Rey”.