La Iglesia reconoce el martirio de 80 cristianos en el barco-prisión Alfonso Pérez en 1936 y 1937
La masacre del 27 de diciembre de 1936 marcó Santander para siempre; mil presos pasaron por el barco, 157 fueron asesinados ese día.

Una escena de la película de 2013 Un Dios Prohibido, sobre los mártires de Barbastro... no hay películas sobre los de Santander, pero sí libros
Ochenta cristianos asesinados en 1936 y 1937 en el barco-prisión Alfonso Pérez, atracado en la bahía de Santander durante la Guerra Civil, serán beatificados, al haber aprobado el Papa León XIV con su firma que murieron por odio a la fe como mártires.
La causa que Roma ha aprobado ahora es la llamada "de Francisco González de Córdova y compañeros". El grupo lo componen 67 sacerdotes diocesanos, 3 religiosos carmelitas descalzos, 3 seminaristas y 7 laicos.
Los hechos están muy bien documentados porque hubo muchos testigos. Uno de ellos es Ramón Díaz de Bustamante y Quijano (1906─1985), laico santanderino que estuvo cautivo en el barco con 30 años y describió los acontecimientos de forma minuciosa en su libro A bordo del Alfonso Pérez, que publicó su viuda en 1986, meses después de morir él. A bordo del Alfonso Pérez es también el nombre de una web que recoge esas historias y más relacionadas con las matanzas (y vivencias) en el barco-prisión.

Francisco González de Córdova es el párroco que da nombre a una causa de 80 mártires asesinados en Santander, sobre todo en el barco Alfonso Pérez
González de Córdova: el último para confesar
Francisco González de Córdova (1888-1936) fue el párroco de Santa María del Puerto, en Santoña, detenido en los primeros meses de la guerra y encerrado en el barco-prisión Alfonso Pérez.
Durante la persecución religiosa tuvo la oportunidad de escapar, pero decidió permanecer en su parroquia. Primero le prohibieron decir misa, tocar las campanas, celebrar bautismos o visitar enfermos sin permiso del alcalde. Después, le incautaron las llaves con los libros parroquiales y la iglesia fue convertida en almacén de explosivos.
Más adelante lo encerraron en el barco-prisión. Confesaba a los presos y rezaba el rosario cada día. El 27 de diciembre, día de la matanza, cuando pasaban lista pidió ser el último para confesar y bendecir a sus compañeros.

A Bordo del Alfonso Pérez es el libro de Ramón Bustamante Quijano, testigo de los hechos, que describe esos meses en el barco-prisión
Mil detenidos, condiciones inhumanas
Durante dos años, pasaron por este barco prisión unos mil detenidos. Se les llamaba “detenidos de prevención”: no había acusación formal ni abogado defensor ni juicio a la vista. Eran universitarios, obreros, religiosos, sacerdotes, seminaristas, seglares de Acción Católica, militares y políticos.
El barco era una prisión improvisada y durísima: calor y frío, siempre con humedad, sin ventilación, sin aseos ni servicios básicos. En sus cuatro bodegas oscuras pasaron muchos días sin comer y muchas noches sin dormir. Comían solo pan viejo, sopa aguada y un arroz apelmazado que pronto llevaba a la enfermedad.
Bombardeo nazi y represalia contra los presos
El 27 de diciembre de 1936, dieciocho cazas alemanes que servían al bando nacional bombardearon barrios civiles de Santander que no eran objetivos militares y causaron unos 70 muertos y 50 heridos.
Al poco de acabar el bombardeo, una turbamulta enfurecida fue al barco-prisión. Ordenaron a los presos formar en el centro de las bodegas, pero ellos, sabiendo que querían lincharles, se escaparon a los laterales y trataron de protegerse con colchones. Entonces, los atacantes dispararon por las aberturas, o levantando tablones del suelo, y luego tiraron granadas, que causaron decenas de muertes entre los presos. Muchas balas rebotaban al azar y herían y mataban a los detenidos.
Los responsables del barco-prisión dejaron hacer a los asaltantes durante unos minutos. Luego frenaron la matanza e hicieron marchar a los asaltantes.
Pero unas horas después, por la tarde, llegó la segunda parte de la matanza en el barco. Una compañía de milicianos socialistas llegó con listas de nombres, a los que fueron llamando y asesinando a sangre fría: eran civiles, religiosos y estudiantes. A medida que iban poniendo pie sobre cubierta les disparaban un tiro en la nuca. En total ese día mataron a 157 presos.
Llevaron 20 presos a tierra para cavar una fosa común en el cementerio de Ciriego, y les hicieron transportar los cadáveres allí. Los milicianos socialistas querían matar a los enterradores también al acabar su tarea, pero lo impidieron unos milicianos anarquistas.

Benjamín Cianca, Antonio Gómez Acebo y Eloy Martínez, tres de los sacerdotes del buque-prisión, dibujados por Ramón Bustamante Quijano, que estaba allí
Una honda huella
Hay que tener en cuenta que algunos de los asesinados en este barco ya fueron beatificados en el pasado, por lo general en procesos de congregaciones religiosas. Es el caso de Alfredo Parte Sáinz, profesor escolapio, cojo desde niño. Según testigos, la tarde de la matanza, cuando enumeraban nombres, no le mencionaron pero se presentó diciendo: “Soy sacerdote escolapio de Villacarriedo”. Dejó su bastón diciendo: “Para subir al cielo no necesito bastón”. Fue beatificado como mártir de la fe con otros doce escolapios en 1995. Un caso similar pasó con Andrés Gómez y Antonio Cid, salesianos, mártires en el barco-prisión pero beatificados en otra ocasión junto con otros salesianos.
Otro caso ya beatificado hace años (en 2001) es José María Corbín Ferrer, joven de 22 años de la Federación de Estudiantes Católicos, que dirigía el rezo del rosario en el barco-prisión y trató de vendar a los heridos en la matanza de la mañana del 27 de diciembre.
Estos eventos marcaron a la ciudad. Autores como Concha Espina en Retaguardia y Luis Araquistain en Por los caminos de la guerra escribieron sobre ello.
El escritor cántabro Álvaro Pombo (Premio Cervantes en 2024) los narró en su novela Santander, 1936 (de 2023, Premio de la Crítica de Madrid y Premio Umbral), contando la historia de su tío carnal Álvaro, muchacho falangista de 19 años, asesinado ese día, y de cómo la gente se radicalizaba para odiar y deshumanizar a su vecino.