Sacerdotes: ¿vida en común o en comunidad?
Un dilema que exige una aproximación que tenga muy encuenta la diferencia entre pertenecer o no a una comunidad religiosa.

La identidad sacerdotal es una en algunos aspectos pero con la diversidad de su condición secular o regular.
La comunidad cristiana ha instaurado en el mundo una nueva comunión por la presencia del Resucitado. Cristo envió a sus discípulos “de dos en dos” y la Iglesia se ha inspirado en este modelo para proponer una concreta experiencia de relación (cf. Mc 6,7; Lc 10,1). La vida comunitaria entre cristianos pretende reproducir la comunidad apostólica y, desde el don del Espíritu en Pentecostés, se organiza como el rostro de la Iglesia formada por una verdadera comunidad de hermanos.
De este modo, puede identificarse una vida fraterna en comunidad y un vivir juntos para vivir como cristianos. Son aquellas relaciones fraternas que responden al proyecto de Dios que no es otro que el de aunar los corazones entre sí. La misma Iglesia invoca continuamente el don del Espíritu Santo, que es el artífice original de esta comunidad.
Los presbíteros no viven aisladamente su vocación y misión. Pertenecen a un presbiterio, que es parte de la comunión eclesial en la que mantienen una mutua dependencia, coordinan esfuerzos, comparten dones y asumen sus limitaciones. Se insertan en una fraternidad sacramental en la que los fines y dones particulares se integran en la unidad querida por el Señor. Cada presbítero, en medio de su comunidad, será transparencia de lo que la Iglesia es en su realidad más profunda y misteriosa. Y, a su vez, cada comunidad recibirá de su presbítero la forma de decir y de obrar propias del Resucitado de acuerdo con la potestad conferida por el sacramento del Orden.
¿A qué se refiere la “vida en común”?
Para afrontar serenamente las dificultades de la vida sacerdotal surge la pregunta: “¿qué es mejor?” ¿“vivir juntos”, “en común”, “en fraternidad” o “en comunidad”?
Pues todo dependerá de la forma de vida propia del presbítero secular. La vida “en común”, en sentido amplio, procede de la apostolica vivendi forma de Jesús con sus Apóstoles. Es la realidad de ser enviado “viviendo con otros”. Los documentos magisteriales hablan de una “cierta vida en común” o de “favorecer la convivencia en común”. Es un estar “en común” que procura estimular la santidad sacerdotal a través de encuentros y reuniones, equipos pastorales o asociaciones.
No hay duda de que las relaciones fraternas entre sacerdotes “especialmente en la vida en común, constituye un testimonio, según lo que nuestro Señor Jesucristo precisó en su oración al Padre: que los discípulos sean uno, para que el mundo «crea que tú me has enviado» (Jn 17, 21)” (Directorio para el ministerio y vida de los presbíteros, 2013, n. 38-40).
Cuando hablamos de “fraternidad sacerdotal” nos referimos a encuentros periódicos establecidos para que los sacerdotes recen y celebren, se organicen y convivan, compartan, se formen o descansen juntos. Es una forma de evitar el riesgo de un ministerio aislado ya sea respecto a los demás presbíteros como de los mismos obispos.
Por su parte, la vida “en común”, implica la formación de un equipo en un mismo lugar desde una vida apostólica compartida. El objetivo no es tanto cubrir una necesidad afectiva sino asegurar una comunión fraterna para luego ser enviados.
Es algo subrayado por el Concilio Vaticano II: para que los presbíteros “puedan cooperar mejor en el ministerio y se libren de los peligros que pueden sobrevenir por la soledad, foméntese alguna especie de vida común o alguna conexión de vida entre ellos, que puede tomar formas variadas, según las diversas necesidades personales o pastorales; por ejemplo, vida en común, donde sea posible; de mesa común, o a lo menos de frecuentes y periódicas reuniones. También han de estimarse grandemente y ser diligentemente promovidas aquellas asociaciones” (Presbyterorum ordinis n. 8).
Una vida acorde con la espiritualidad
En cada Iglesia particular el sacerdote secular forma parte de un presbiterio vinculado al ministerio del obispo. Su tarea consiste en consolidar la comunión deseada por Cristo, armonizando carismas, enseñando, santificando y ejerciendo el gobierno de las comunidades a través de la presidencia litúrgica y del pastoreo.
En este sentido, existe una simbología que ha expresado, a lo largo del tiempo, la imagen de su presencia: el campanario, el templo y la casa. Es una estética eclesial que está siendo hoy reemplazada por un estilo más impersonal, no sujeto a una circunscripción territorial y con una movilidad más propia de la vocación misionera.
Veamos, pues, lo que supone para el presbítero secular la significación del campanario, del templo y de la casa.
- El campanario es el testigo de que las horas humanas llegan a ser tiempo de Dios;
- el templo es el espacio consagrado para una asamblea orante continuamente santificada por Cristo;
- y, finalmente, la casa parroquial es el signo de una paternidad espiritual que, abrazando a muchos, puede llevar a vivir en soledad.
Con más o menos familiares, colaboradores o compañeros sacerdotes para vivir “en común”, será en este contexto dónde el presbítero secular asumirá su unidad de vida.
La misma casa, tanto la del presbítero como la del obispo, contiene un desafío pastoral: “Eviten todo cuanto pueda alejar de alguna forma a los pobres, desterrando de sus cosas toda clase de vanidad. Dispongan su morada de forma que a nadie esté cerrada, y que nadie, incluso el más pobre, recele frecuentarla” (Presbyterorum ordinis n. 17).
También el Papa Francisco subrayó la importancia de permanecer en la casa sacerdotal: “No es una exigencia sólo para la buena organización, no es un elemento funcional; ¡tiene una raíz teológica! Sois esposos de vuestra comunidad. ¡Evitad el escándalo de ser obispos de aeropuerto!” (Roma, 19 de septiembre de 2013).
La necesidad de un vínculo espiritual permanente
La necesaria estabilidad del sacerdote secular tiene sus inconvenientes y ventajas.
- Una primera dificultad proviene de servir, a la vez, varias comunidades dispersas y con escasa feligresía. El ir y venir del “obispo de aeropuerto” puede aplicarse aquí al “presbítero de carretera”. Pero también está la mentalidad autosuficiente, una vida independiente, el aislamiento en el mundo digital, así como la escasez de compañeros sacerdotes o la imposibilidad de tener encuentros amistosos más frecuentes con ellos.
- Y entre las ventajas, tenemos las sanas distracciones que enriquecen el tiempo libre o las buenas comunicaciones que acortan distancias entre amigos.
Pero, por encima de todo, lo más decisivo será comprender antes y asumir después que vivir “para” una comunidad parroquial implica un modo de “estar” distinto del que se organiza para vivir “en” comunidad.
- La vida “en comunidad” sostiene a un presbítero religioso, mientras que la fraternidad sacerdotal acompaña al presbítero secular.
- El secular establece su vínculo espiritual en relación con la comunidad parroquial mediante una paternidad espiritual célibe y la esponsalidad sacramental del obispo. Por su parte, el regular mantiene su vínculo espiritual a través de un carisma fundacional compartido con sus hermanos según una vida “en comunidad” como parte constitutiva de su vocación y misión.
- La comunidad, el carisma y los votos profesados serán los rasgos distintivos de las diversas formas de vida consagrada. Ni el secular puede aspirar a una vida “en comunidad” entre sacerdotes para la que vocacionalmente no está capacitado ni el regular ha de substituir su vida fraterna “en” comunidad por una vida “para” la comunidad parroquial en la que no encontrará correspondencia con la inspiración, el modelo fraterno y la regla de vida transmitida por su fundador/ora.
Un falso dilema
Hay una soledad esencial al ministerio y otra que le es extraña (cf. Pastores Dabo Vobis, n. 74). La vida “en comunidad” no pretende ser la solución a problemáticas individuales, espirituales o sociales. Si prestamos atención al matrimonio y a la vida consagrada -y religiosa en particular- veremos que la vida “en comunidad” es normativa para la consecución de los fines que conllevan estos estados de vida en la Iglesia. Es decir, es necesario que un sacramento -en un caso- y una consagración y carisma específico -en el otro- vengan en auxilio de los que se disponen a constituir una comunidad familiar y una comunidad religiosa respectivamente.
De ahí se deduce una seria advertencia: vivir “en comunidad” puede ser contraproducente cuando no se ha recibido un don del cielo para poderlo hacer.
- Para un novicio, la llamada del Señor conlleva vivir “en comunidad” y para ella se le formará; incluso una misión puede ser cancelada si no se dispone de un mínimo de miembros o si hay dificultades de convivencia entre ellos.
- En cambio, la experiencia comunitaria transitoria del seminario está en función de vivir un día “para” y “en” una comunidad parroquial. Una vez ordenado presbítero, vivirá sin regla, pero con orden de vida, se le asignará una comunidad-iglesia (“para” ella) y dispondrá de una casa (“en” ella) como signo de la familia que preside en la fe. Así podrá cohesionar a la parroquia como verdadero cuerpo del que Cristo es la cabeza.
Ciertamente, si los presbíteros seculares vivieran “en comunidad” ello supondría el abandono de las casas parroquiales cercanas, crearía una agrupación despersonalizada, una débil paternidad con respecto a una comunidad concreta y la intimidad personal-pastoral -a la que no han renunciado- quedaría limitada a unos espacios comunes y compartidos.
Vivir “para” la comunidad parroquial
Un presbítero secular no se forma para vivir “en comunidad” y sería impropio dividir a unos como aptos y a otros como incapaces de vivir “en comunidad”. Todo esto cambiaría el enfoque de su espiritualidad: de vivir “en, con y para” la comunidad parroquial se pasaría a una comunidad de hermanos presbíteros desde la cual las parroquias serían simplemente lugares por atender.
A la espiritualidad del presbítero secular no le falta nada. Añadirle un vivir “en comunidad” equivale a desfigurar su estilo de vida. Evitemos buscar por fuera lo que ya tenemos dentro.
- La oración de un presbítero secular, por ejemplo, está centrada en la comunidad parroquial en la que vive, la ejerce con ella y por ella. Por tanto, no tendría que causarle ninguna inquietud no poder rezar algo junto a un compañero presbítero.
- En cambio, cuando un presbítero regular regresa del ámbito en el que desarrolla su carisma, volverá a sus hermanos con los que vive y ora “en comunidad”. Nada que ver, pues, con la función y el modo de vida “en común” de un párroco junto a su coadjutor o vicarios.
Ciertamente, vivir “en común” o “en comunidad” es una oportunidad para consolidar lo que Dios quiere para el bienestar y mayor eficacia de sus instrumentos. Ante nuestro deseo manifiesto: “¿dónde vives?”, Él mismo nos lo mostrará: “Venid y lo veréis”. Si lo ponemos en práctica, sea de un modo u otro, tendremos el gozo de quedarnos con Él (cf. Jn 1, 35).