Ayuno, alimento del alma
Ha menguado mucho esta práctica tan saludable para la Cuaresma, pero existen buenas razones para conservarla.

Los maestros espirituales coinciden en que hay demonios que solo pueden ser vencidos con el ayuno.
Si bien las tres disciplinas propias de la Cuaresma: oración, limosna y ayuno, cada vez se observan menos, es el ayuno (abstinencia de comida) el que, desde hace ya varias décadas, menos se promueve y practica entre los católicos. Esto, a pesar de que los únicos dos días que actualmente lo prescribe la Iglesia son el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo.
Para comprender cuánto se ha suavizado dicha práctica y animarnos a vivirla con fidelidad, conviene recordar que, durante siglos, el ayuno fue obligatorio, además de todos los días de Cuaresma (con excepción del domingo, día del Señor), cuatro veces al año, coincidiendo con los cambios de estación, en las llamadas témporas: la de invierno (durante el Adviento), la de primavera (en Cuaresma), la de verano (después de Pentecostés) y la de otoño (en septiembre, al inicio de la cosecha y la vendimia). A cada témpora le corresponden tres días de ayuno: miércoles, día en que Judas traicionó a Cristo; viernes, día de su crucifixión; y sábado, día que Cristo pasó en el sepulcro.
En cambio, hoy se promueve la idea de que, durante la Cuaresma, el ayuno no tiene por qué centrarse en los alimentos, pues se puede “ayunar” del uso (muchas veces abuso) de redes sociales, así como de murmuraciones, críticas y cotilleos. Desafortunadamente, no en pocas ocasiones, se acaba sin abstenerse ni de lo uno ni de lo otro. Pues si, como afirma San Basilio, "el verdadero ayuno consiste en rechazar el mal, callar, reprimir el odio y desterrar la lujuria, las malas palabras, la mentira y la traición a los votos", también nos advierte de que "por no ayunar fuimos expulsados del Edén; ayunemos, pues, para que se vuelvan a abrir sus puertas. Elegid entre Eva y Lázaro (Lc 16, 21); la una se perdió por gula y el otro se salvó por sus privaciones”. San Basilio, además, menciona que todos los profetas (entre los que destaca Juan el Bautista) eran grandes ayunadores. Y, por si esto fuese poco, tenemos a Nuestro Señor Jesucristo que, para darnos ejemplo, ayunó cuarenta días.
A pesar de ello, muchos son los que creen que, para perfeccionar la vida espiritual, no se requiere ningún tipo de mortificación ni penitencia. Paradójicamente, mientras que el ayuno, prescrito por la Iglesia de solo dos días, está prácticamente en desuso, la práctica del ayuno intermitente que promete mejorar salud y figura se ha generalizado. Pues el hombre que pierde su natural anhelo por los bienes espirituales vive centrado en su imagen y bienestar. De ahí que muchos sigan dócilmente los preceptos del médico, del nutriólogo, del terapeuta y hasta del entrenador, mientras ignoran los de la Santa Madre Iglesia; olvidando cuidar, al menos con el mismo esmero que su cuerpo mortal, su alma inmortal.
Si bien la buena alimentación y el ejercicio físico son indispensables para tener buena salud, el ayuno y las pequeñas mortificaciones no son menos importantes para preparar y fortalecer el espíritu y disponer el alma a la gracia divina. Como nos recuerda Clemente de Alejandría: “El ayuno tiene un significado profundo: así como la comida es el símbolo de la vida y la abstinencia de comida es de la muerte, lo mismo los humanos debemos ayunar, para morir al mundo, y después de eso, habiendo recibido la comida divina, vivir en Dios”.
Por ello, lejos de ser una práctica obsoleta, el ayuno es un poderoso antídoto contra la venenosa tendencia, cada vez más extendida, de ceder a todas nuestras inclinaciones, apetitos y pasiones sin importar cuán desordenadas puedan ser. Ya que el ayuno, al enseñarnos a reconocer, dominar y ordenar nuestros deseos y apetitos, fortalece nuestra voluntad y nos enseña a resistir las grandes tentaciones.
El Papa Benedicto XIV (Non ambigimus) advirtió: “La observancia de la Cuaresma es la insignia misma de la lucha cristiana. Con ella, demostramos que no somos enemigos de la Cruz de Cristo. Con ella, evitamos los azotes de la justicia divina. Con ella, ganamos fuerza contra los príncipes de la valentía, pues nos protege con la ayuda celestial. Si la humanidad descuidara la observancia de la Cuaresma, sería un detrimento para la gloria de Dios, una desgracia para la religión católica y un peligro para las almas cristianas. No cabe duda de que tal negligencia se convertiría en fuente de miseria para el mundo, de calamidad pública y de aflicción privada”.
Cristo a su vez nos advirtió de que hay demonios que sólo pueden se vencidos por medio del ayuno y de la oración (Mt 17, 16-21). Y la incómoda realidad es que, a medida que la mayoría de los católicos hemos relegado las practicas cuaresmales y rechazado aun leves penitencias y mortificaciones, el pecado y la maldad en nuestro mundo han aumentado exponencialmente. Esto ha llegado a un grado tal que actualmente se promueven, en abierta rebelión contra la ley divina, varios pecados que claman al cielo.
En contraste, como observa San Basilio (Homilía XIX), "el ayuno es quien da alas a la oración para que pueda subir al cielo; es la firmeza de la familia, la salud de la madre y el maestro de los hijos... El ayuno es el pan de los ángeles y nuestra armadura contra los espíritus inmundos, que no son arrojados sino por él y por la oración”.
Ciertamente, el ayuno no es un fin en sí mismo. Pero, al someter al cuerpo en beneficio del espíritu, el ayuno es un excelente medio para lograr, parafraseando a Santo Tomás de Aquino, purificar la mente, elevar los sentidos, someter la carne al espíritu, hacer al corazón contrito y humillado, disipar las tinieblas de la concupiscencia, apagar los ardores de los placeres y encender la luz de la caridad (Summa Teológica, cuestión 147 sobre el ayuno). Pues el ayuno (y la abstinencia de carne) nos recuerda que debemos dejar de lado no solo los placeres pecaminosos del mundo, sino que aun las cosas buenas y necesarias para la vida, como son el alimento y la bebida, debemos supeditarlas a fin de acrecentar nuestro amor por Cristo y, Cristo Crucificado.
Aprovechemos este tiempo de Cuaresma para unir, a nuestras oraciones y limosnas, el ayuno, practicado con humildad y en la medida de nuestras posibilidades. De tal manera que fortalezcamos nuestra voluntad, iluminemos nuestro entendimiento y, sobre todo, acrecentemos nuestra caridad. Roguemos a Nuestro Señor Jesucristo nos dé un corazón puro para que sea el amor a Él y el amor al prójimo por amor a Dios lo que guíe todas y cada una de nuestras pequeñas penitencias y mortificaciones, así como prácticas cuaresmales. Para que, desde el fondo de nuestro corazón, podamos exclamar como San Pablo: “¡El amor de Cristo nos apremia! [Caritas Christi urget nos] (2 Cor 5, 14).