Los empachos de tiempo y qué hacer ante ellos
Gobernar nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro forma parte de la propia integridad de los criteros morales.

El tiempo pasado, el presente y el futuro pueden ser objeto de empacho si los gestionamos sin criterios éticos y espirituales razonables.
Una de las pobrezas más notorias en nuestro siglo, principalmente en Europa y gran parte de América, es la escasez de tiempo, la “falta de tiempo”. Oímos con frecuencia, y quizás también lo decimos mucho: “No tengo tiempo para…”, “Me falta tiempo para…” Parece que cada vez tenemos menos tiempo, y eso que los días siguen durando 24 horas y cada hora 60 minutos.
Muchos pensadores distinguen el tiempo-cronos del tiempo-kairós.
El primero es una magnitud física, objetiva y objetivable. Si cogemos un cronómetro y medimos varias veces la duración de un minuto siempre obtendremos el mismo resultado: 60 segundos.
El kairós, en cambio, es como percibo yo subjetivamente la duración de ese minuto. Si estoy durmiendo pasará como un suspiro, y si estoy en el dentista, con la boca abierta, me parecerá larguísimo. Esa percepción puede estar descontrolada, desbocada, y es ahí cuando surgen las enfermedades del tiempo, los empachos de tiempo. Es una percepción desmadrada, o sea, que se sale del caudal madre, ahora que estamos sufriendo tantas tormentas e inundaciones.
No pretendo simplificar o trivializar estos empachos. La propia percepción del mundo y la misma salud mental tienen muchos recovecos y cada persona es un mundo.
Pero creo que nos puede ayudar a acercarnos a esa multiforme realidad existencial.
1. El empacho del tiempo presente.
Tenemos muchas cosas que hacer aquí, ahora, en este día. Y nos sucede lo mismo que cuando comemos o bebemos demasiado rápido: nos atragantamos. A este empacho lo llamamos estrés, prisa desmedida. Queremos hacer las cuatro cosas urgentes a la vez, y terminamos haciendo las cuatro a medias, y estresándonos más todavía porque no las terminamos de hacer. Cada cosa tiene su tiempo, y cada tiempo tiene su cosa.
Dicho con lenguaje sapiencial, con las palabras del Eclesiastés (3, 1-9):
- “Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo: Tiempo de nacer, tiempo de morir; tiempo de plantar, tiempo de arrancar… tiempo de buscar, tiempo de perder; tiempo de guardar, tiempo de arrojar; tiempo de rasgar, tiempo de coser; tiempo de callar, tiempo de hablar; tiempo de amar, tiempo de odiar; tiempo de guerra, tiempo de paz”.
Bástale a cada día, a cada momento, su afán. O como decían los maestros clásicos de espiritualidad: “Age quod agis”, haz lo que tienes que hacer, en este momento concreto, y después afrontarás la siguiente “urgencia”, que muchas veces no es tan urgente como pensamos.
2. El empacho de futuro.
Aquí no nos atragantamos con el presente, sino con el futuro. Y un futuro que, en muchas ocasiones, ni siquiera llegará a realizarse. Es lo que llamamos ansiedad, angustia, temor, aprensión sin una causa precisa.
Ya en el siglo XIII debía ser frecuente este empacho, porque Santo Tomás de Aquino, gran conocedor del hombre y de Dios que vivió esa época, lo cita expresamente en su principal obra, la Suma teológica. Habla de este empacho como la angustia o la estrechez que se apodera del alma, que le atrapa como una losa difícil de mover. Y su solución, válida para entonces y para cualquier época, es la virtud de la magnanimidad. Inesperada respuesta para nuestro modo de pensar, y quizás también para muchos psicólogos.
Santo Tomás ve la magnanimidad como la grandeza del alma, la grandeza de miras, consciente de que el futuro está en manos de Dios. La providencia está en manos de Dios, y es un atributo divino, no humano. El futuro, estrictamente hablando, no depende de mí. Yo solo podré cambiar el presente, el aquí y ahora, y ya afrontaré el futuro cuando llegue, sabiendo que está en manos de Alguien más sabio que yo. Hay que preparar el futuro, planificarlo, pero no hacernos prisioneros de esa planificación, no dejar que esa tela de araña nos enrede y atrape.
3. El empacho de pasado.
En ocasiones la mente nos anticipa poco nuestro futuro, lo que sucederá el día de mañana. En cambio nos agranda excesivamente, casi de modo enfermizo, lo que hemos hecho en el pasado. Es lo que llamamos depresión. Todos, queramos o no, cometemos errores. Unos más grandes y otros más pequeños. Y es verdad que esos errores influyen en nuestro presente y en nuestras decisiones futuras. Pero esa “influencia” no es “predeterminación”, no es “obligación” de actuar de un modo concreto.
La recomendación de Santo Tomás nos sirve también para este empacho, poniendo el énfasis en la misericordia de Dios. Si miramos el futuro “de tejas arriba”, como decía el matrimonio de Luis y María Beltrame Quattrocchi, primera pareja en ser beatificada junta, podremos descubrir la mirada de Dios también en nuestros errores. Y no somos ángeles, podemos cambiar, mejorar, corregir esas heridas del pasado. Si Dios es providente cuidando nuestro futuro, también es misericordioso curando nuestro pasado.
No siempre es tan sencillo curarnos de un empacho. En ocasiones basta con un par de días de reposo, dieta blanda, descanso. Pero otras veces tenemos que acudir al médico, al médico espiritual o al médico corporal. Y hay casos en los que la solución pasa por unos días en el hospital. La prudencia humana y divina nos irá curando, cuidando y acompañando.