Religión en Libertad

«Ad Orientem»: la respuesta de la Iglesia a la «cuestión social»

El hombre ha vuelto su espalda a Dios y se ha orientado a sí mismo: se ha convertido en su propio Oriente.

Francisco celebró varias veces misa 'ad Orientem', como en la imagen, el 18 de mayo de 2020, en el centenario del nacimiento de San Juan Pablo II, en el altar dedicado en la basílica de San Pedro.Vatican News (captura).

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El inicio de un nuevo año civil es la oportunidad, no solamente para hacer un examen de conciencia sobre lo pasado, sino, sobre todo, para conducir lo presente en orden a la vida eterna. Vida eterna que es real e influye, como principio ordenador, a lo largo de toda nuestra existencia en el tiempo.

La Iglesia, por mandato de Jesucristo, es Maestra. “Id, y haced que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28, 19). Como también afirma el Apóstol San Pablo: “Si anuncio el Evangelio, no lo hago para gloriarme; al contrario, es para mí una necesidad imperiosa. ¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!” (1 Co 9, 16).

A propósito de la institución de la Solemnidad de Cristo Rey en la carta encíclica Quas primas (11 de diciembre de 1925), el Papa Pío XI enseña que 

  • “para instruir al pueblo en las cosas de la fe y atraerle por medio de ellas a los íntimos goces del espíritu, mucha más eficacia tienen las fiestas anuales de los sagrados misterios [de la Liturgia] que cualesquiera enseñanzas, por autorizadas que sean, del magisterio eclesiástico”. 

Agrega que, 

  • “como el hombre consta de alma y cuerpo, de tal manera le habrán de conmover necesariamente las solemnidades externas de los días festivos, que por la variedad y hermosura de los actos litúrgicos aprenderá mejor las divinas doctrinas, y convirtiéndolas en su propio jugo y sangre, aprovechará mucho más en la vida espiritual”.

Puede apreciarse, entonces, que la liturgia católica, además de contar con una principal finalidad laudatoria de Dios, también es maestra y santificadora de los hombres.

La Iglesia celebra la liturgia ad Orientem desde tiempo inmemorial. Este hecho es explicable si se tiene en cuenta que Dios es Aquel en torno al cual gira la entera vida del hombre. Y en torno a Jesucristo, el Verbo encarnado y redentor del hombre. Cabe aquí recordar una enseñanza del Concilio Vaticano II que contiene valiosas implicancias: “En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado” (Gaudium et spes).

La vida social, algo natural para el hombre, se justifica por la bienaventuranza que debe lograrse a través de las buenas obras. Como se trata de una bienaventuranza humana, debe incluir todos los bienes que integran su personalidad. Lo importante es advertir que, en nuestra existencia, todo se ordena a la vida eterna. Por este motivo, lo social no es un fin en sí mismo sino un medio para participar de la misma vida divina.

Los problemas o “cuestiones sociales” surgen, entonces, cuando se subvierte el orden debido. Es decir, los hombres nos volvemos a este mundo y le damos la espalda a Dios. San Agustín lo dice de este modo: 

  • “Dos amores fundaron, pues, dos ciudades, a saber: el amor propio hasta el desprecio de Dios, la terrena, y el amor de Dios hasta el desprecio de sí propio, la celestial” (La Ciudad de Dios, XIV, cap. 28). 

Si establecemos la comparación litúrgica, la ciudad terrena celebra el culto ad hominem; la ciudad de Dios celebra el culto ad Orientem (hacia Oriente) o coram Deo (en presencia de Dios).

El problema contemporáneo, con obligadas implicaciones sociales, es que el hombre ha vuelto su espalda a Dios y se ha orientado a sí mismo: se ha convertido en su propio Oriente. Paulatinamente, desde los comienzos de la Modernidad, se fue amplificando ese grito de rebeldía que resuena a apostasía: “No queremos que éste reine sobre nosotros” (Lc 19, 14). No queremos que Cristo, Dios hecho hombre, reine sobre nosotros.

La solución al problema del hombre y, por lo tanto, a los problemas sociales, es volver a Dios. En sentido espiritual y físico, otro no puede ser el camino. En sentido espiritual porque la conversión más profunda es la del corazón. En sentido físico dado que el hombre es un ser no sólo espiritual sino también corpóreo: los gestos exteriores deben reflejar las disposiciones interiores.

La liturgia antigua de la Iglesia, subsistente a todas las reformas a lo largo del tiempo, ofrece la clave para comprender y edificar un orden social según el derecho natural y cristiano: la celebración ad Orientem. No se trata de “retornar” en el tiempo sino de volver vigente, aquí y ahora, la orientación perenne a lo largo de los siglos

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