Lo único necesario
Cristo nos exhorta a no sobrecargarnos con cosas superfluas con las que ganar el reconocimiento del mundo anteponiéndolas Él.

Marta y María no son modelos contrapuestos: representan dos vidas, explica San Agustín, la terrenal como medio a la celestial.
El agitado ritmo de la vida actual, saturado de plazos, responsabilidades y compromisos, nos mantiene ansiosos y agobiados. A esto se suma el bullicio y las distracciones que, desde la generalización de los móviles, se han multiplicado y expandido a tal grado que nuestro ajetreo continúa aun durante nuestro tiempo libre. Pues nuestro mundo, al privilegiar la apariencia sobre la realidad, el tener sobre el ser y lo superficial sobre lo trascendente, nos mantiene en un estado de actividad frenética que hace sumamente difícil desarrollar la tan importante vida interior. De esta manera, vamos por la vida agobiados con el peso de afanes superficiales olvidando que solo con la oración nacen las buenas obras: “Ora et labora”.
Una excelente reflexión sobre la vida activa y la contemplativa la encontramos en el pasaje del evangelio narrado por Lucas en el cual Cristo es recibido en casa de Marta y María. Esta última, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Pero Marta, que andaba muy afanada en los múltiples quehaceres del servicio, le dijo: “Señor, ¿no se te da nada que mi hermana me haya dejado servir sola? Dile, pues, que me ayude”. A lo que Cristo respondió: “¡Marta, Marta! tú te afanas y te agitas por muchas cosas. Una sola es necesaria. María eligió la mejor parte, que no le será quitada” (Lc 10, 38-42).
Aun cuando esta respuesta podría llevarnos a pensar que Cristo reprochó el servicio de Marta, ocupada en atender a tan notable huésped, San Agustín plantea que no es así, pues si así fuera, podríamos dejar, sin culpa alguna, de realizar toda obra de misericordia corporal. Por el contrario, en estas dos mujeres (ambas gratas al Señor y dignas de Su amor) están figuradas dos vidas, “la presente y la futura; una laboriosa y otra descansada; una calamitosa y otra dichosa; una temporal y otra eterna. Marta es imagen de las realidades presentes; María de las futuras”. De ahí que debemos, como Marta, servir y realizar las obras necesarias, pero sin perder de vista que estamos llamados a nuestra futura (y muy esperada) eterna unión con Dios. Como afirma San Agustín: “Lo que hacía Marta: ahí estamos nosotros; lo que hacía María: eso esperamos. Hagamos bien ahora lo primero, para conseguir en plenitud lo segundo” (Sermón 104).
Por ello, los trabajos, afanes y preocupaciones propios de nuestra vida terrenal no deben estorbar nuestra vida espiritual. Por el contrario, la deben acrecentar. Como afirma Santa Teresa: “Marta y María han de andar juntas para hospedar al Señor y tenerle siempre consigo, y no hacerle mal hospedaje, no dándole de comer. ¿Cómo se lo diera María, sentada siempre a sus pies, si su hermana no le ayudara? Y su alimento es la reunión de almas, para que se salven y lo alaben en la eternidad” (Moradas séptimas, capítulo 4).
Cristo no nos pide abandonar nuestras actividades, nos exhorta a no sobrecargarlas con cosas superfluas (lo cual hacemos con frecuencia a fin de ganar el reconocimiento del mundo) y a no anteponerlas a Él: “Buscad, pues, primero el reino de Dios y su justicia, y todo eso se os dará por añadidura” (Mt 6, 33).
Desafortunadamente, muchos de nosotros, presos de las exigencias mundanas, ponemos nuestros afanes en cosas terrenales buscando, con vehemencia, la felicidad y el reconocimiento en la multitud de cosas superficiales que el mundo valora: éxito profesional, belleza, placer, poder, dinero, fama, etc. Por ello, alegamos que falta tiempo para muchas cosas que deseamos hacer cuando, en realidad, no es que nos falte el tiempo, es que lo ocupamos en muchos afanes triviales que nos alejan de lo que realmente importa.
Pues estamos tan ocupados, no en servir a los demás como Marta, sino en nuestros propios afanes, objetivos y proyectos, que acabamos relegando a Dios. De ahí que nos encontremos demasiado cansados, ocupados o entretenidos como para dejarlo todo y, a ejemplo de María, correr a los pies de Cristo en el Santo Sacrificio de la Misa, adorarlo en el Santísimo Sacramento, pedirle perdón en el sacramento de la confesión, conversar con Él después de la comunión, escuchar su palabra o, simplemente, arrodillarnos en silencio ante su imagen.
Olvidamos que cuanto más tiempo dediquemos a Dios (ofreciéndole constantemente nuestras labores), mejor aprovecharemos nuestro tiempo.
Como afirmó San Francisco de Sales:
- “Todos necesitamos media hora de oración al día, excepto cuando estamos ocupados; entonces necesitamos una hora”.
Más aun, debemos tener presente que, como afirmó Réginald Garrigou-Lagrange, O.P.:
- “Si tantas cosas sacrificamos para salvar la vida del cuerpo, que al fin ha de morir, ¿qué no deberíamos sacrificar por salvar la vida del alma que ha de vivir eternamente? ¿No debe el hombre amar más su alma que su cuerpo? ¿Qué no será justo que dé el hombre a cambio de su alma?, añade el Salvador. Unum est necessarium, dice también Jesús (Lc 10, 42): una sola cosa es necesaria, escuchar la palabra de Dios y vivir según ella para salvar el alma. Ésta es la mejor parte, que nadie arrebatará al alma fiel aun cuando perdiera todo lo demás” (Las tres edades de la vida interior).
Nuestras actividades son importantes, pero solo Dios es esencial:
- “Una sola cosa le pido al Señor, esa buscaré; no la multitud de ellas en las que estoy ocupado, sino una sola cosa que le pido al Señor, esta buscaré: habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida, para contemplar el deleite del Señor. (…) Lo presente pasará; hay que tolerarlo, pero no amarlo. Si quieres realizar con relación a ello el oficio de Marta, sea con moderación, sea con misericordia. Moderación al abstenerse, misericordia al dar. Pasará la fatiga y llegará el descanso; pero al descanso no se llega sino a través de la fatiga. Pasa la nave y llega a la patria, pero a la patria no se llega si no es con la nave. Si consideramos las olas y las tempestades de este mundo, nuestra vida es un viaje por mar. Y tengo la certeza de que no nos hundimos porque nos transporta el leño de la cruz” (San Agustín, en el sermón citado).