Religión en Libertad

Alfonso Aguiló nos ayuda a educar en cristiano hoy

Para tener criterio sobre cómo educar hoy es muy bueno escuchar a quienes lo están haciendo bien.

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Educar hoy es posible, como siempre; y tan fácil o difícil -según se vea- como siempre. Pero, como siempre, exige que padres y educadores se esfuercen por entender nuestro mundo sin atarse a las formas de educación válidas en el pasado, por reciente que éste sea.

En un momento histórico de cambios continuos, familias y escuelas deben plantearse cómo educar a las nuevas generaciones en la mejor sabiduría humanista que hemos aprendido de nuestros mayores y sigue siendo válida porque la naturaleza humana no cambia por mucho que varíen las circunstancias en que se realiza. Este reto se vive hoy con una singular intensidad en el seno de las familias cristianas y de la escuela católica, en las que padres y profesores quieren transmitir a sus hijos y alumnos las claves antropológicas de autocomprensión como persona hijo de Dios y llamado a la vida eterna, en medio de la vorágine actual de nuevas tecnologías, crisis relativista de la verdad y el bien, desesperanza colectiva, populismos demagógicos y expansión del consumismo y la mercantilización de todo lo humano -especialmente el cuerpo y la sexualidad-.

Para tener criterio sobre cómo educar hoy es muy bueno escuchar a quienes lo están haciendo bien, tienen mucha experiencia y han reflexionado con profundidad sobre esta tarea en el mundo actual. Alfonso Aguiló es una de estas personas a las que merece la pena escuchar -leer- pues sabe de lo que habla y lo está haciendo bastante bien como promotor de una iniciativa educativa -la Fundación Arenales- que está acogiendo a miles de alumnos en España y fuera de ella. Como abuelo de nietos que se educan en un colegio de Arenales soy testigo de que sabe de lo que habla y de que lo que dice es muy razonable y eficaz.

En su reciente libro Cuestión de identidad. Una propuesta cristiana para educar en la familia y en la escuela (Ed. Rialp, 2025, 267 páginas) Aguiló vuelca su experiencia en la materia y lo que ha aprendido en décadas de servicio a las familias colaborando con razonable éxito a la educación de sus hijos desde los colegios que ha liderado como director o promotor. Aunque formalmente el libro de Aguiló es una reflexión propositiva sobre la escuela cristiana, la sabiduría que destila es de gran utilidad para todo educador, sean los padres de cualquier familia -cristiana o no- o de cualquier colegio -cristiano o no-. Como al final se trata de educar buenas personas, lo que vale para las familias y colegios cristianos, vale también para las familias y colegios que no tienen este sello de identidad. La sabiduría sobre el ser humano no tiene apellidos, aunque éstos puedan ayudar a precisar y acertar con tino.

Resulta imposible resumir, ni siquiera indiciaramente, el contenido de la obra de Aguiló, pues es de una inmensa riqueza práctica que se desgrana página a página con reflexiones e indicaciones concretas sobre las mil y un cuestiones que todos los educadores -padres o profesores- nos planteamos a diario. El libro se estructura en cinco capítulos cuyos títulos pueden darnos una idea de los temas tratados, aunque éstos son de tal riqueza y variedad que solo la lectura tranquila permitirá una asimilación reflexiva: “protagonistas de la propia identidad” (págs. 15 y ss.), “educar no es adoctrinar” (págs. 41 y ss.), “humanismo cristiano y educación” (págs. 85 y ss.), “valores cristianos y educación del carácter” (págs. 161 y ss.) y “dimensión espiritual” (págs. 211 in finem).

Si tuviese que resaltar algunas de las ideas que Aguiló sustenta, me atrevería a señalar las siguientes: educar es intentar que el joven ejercite su libertad para hacer suyos los valores que se quiere transmitir (solo se puede educar en libertad, adoctrinar no es educar); la escuela cristiana no puede aislarse de la realidad de nuestro mundo, sino que debe preparar al alumno para tener criterio para vivir en un mundo donde muchos no aceptan ni entienden la visión cristiana de las cosas; aislarse del mundo real y su diversidad no ayuda a una buena educación, sino que la lastra; educar no es solo transmitir ideas y teorías sino formar el carácter y la afectividad junto a la inteligencia; el profesor y su vida y ejemplo -como en el caso de los padres- es tan importante como sus palabras en la educación; la escuela cristiana debe ser fiel a su identidad si quiere aportar algo serio a la educación de los alumnos, diluirse en las modas cambiantes destruye su misión y valor; la fe cristiana tiene muchísimo que aportar hoy como siempre a las personas y a la sociedad; la escuela cristiana no debe limitarse hoy a perpetuar modelos que fueron eficaces en el pasado sino que debe adaptarse a las necesidades de la sociedad actual y los jóvenes de hoy; las escuelas cristianas deben actuar en red y abrirse a los distintos carismas de la Iglesia sin convertirse en cotos cerrados de cada grupo o espiritualidad (propone “una escuela multi-carisma”).

Las reflexiones de Aguiló sobre la escuela cristiana y la educación hoy son trasladables sin necesidad de traducción a la educación cristiana en familia; y por tanto su libro no solo será útil para los profesionales de la educación, sino también para los padres y madres que desean asentar criterios seguros para la formación de sus hijos. Sus propuestas también pueden ser muy útiles para no cristianos pues la sabiduría sobre el hombre que inspira las ideas de Aguiló sobre educación es la del sentido común que comparte el cristianismo con Sócrates y Aristóteles.

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