Religión en Libertad

Enseñanzas reales

Para contemplar la estrella los Magos necesitaron los ojos de la fe y, para seguirla, la humildad de corazón.

El relato evangélico de la adoración de los Magos de Oriente es escueto, pero pleno de significado.'Adoración de los Reyes Magos' (detalle, 1694), de José Mateos. Museo del Prado.

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Uno de los evangelios más hermosos y enigmáticos pertenece a San Mateo quien, al inicio de su segundo capítulo, narra cómo unos magos de Oriente, guiados por una estrella, viajan hasta Belén para adorar al rey de los judíos. 

Estos sabios, que abandonan la tranquilidad, el lujo y la comodidad de su hogar a fin de emprender un largo viaje cuyo fin se antoja incierto, "anuncian y preguntan, creen y buscan, como simbolizando a quienes caminan en la fe y desean la realidad” (San Agustín, Sermón 199). 

El relato breve y poco detallado de los piadosos y sabios reyes cuenta con un profundísimo significado en el cual varios teólogos y padres de la Iglesia han ahondado.

Pues la tradición de la Iglesia ha visto en la historia de los Magos el cumplimiento de las antiguas profecías, ya que tanto en el Salmo 72[71], 10-11 como en Isaías 60, 6 se predice la llegada de reyes extranjeros, quienes se postrarán y ofrecerán sus dones; y Números 24, 17 nombra la profecía de Balam, que anuncia: “Una estrella surgirá de Jacob y un cetro surgirá de Israel”.

Para que, como señala San Juan Crisóstomo (Homilías sobre el Evangelio de San Mateo):

  • “A partir del símbolo de una estrella se conociera la unión del hombre con el Hijo de Dios, de la naturaleza humana con la divina”;
  • sin embargo, “los Magos, maestros de una fe falsa, jamás habrían llegado a conocer a Cristo, Nuestro Señor, si no hubieran sido iluminados por la gracia de esta condescendencia divina. Ciertamente, la gracia de Dios se desbordó en el Nacimiento de Cristo, para que cada alma fuera iluminada por Su Verdad”;
  • asimismo, los Magos creyeron basándose en la autoridad de su único profeta, Balam, mientras los judíos se negaron a creer a sus muchos profetas: “Él vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron. Y esta misma estrella fue vista por todos, pero no por todos comprendida. Pues Cristo nace para todos los hombres, a todos trae la salvación, pero no todos los hombres lo reciben ni lo comprenden”.

Cristo se manifiesta tanto a los judíos como a los gentiles, a los sencillos como a los sabios, a los píos y a los incrédulos, a los humildes y a los poderosos. Desafortunadamente, muchos, inmersos en sus preocupaciones mundanas, ignoran sus enseñanzas, mientras que otros, orgullosos de sus logros, rechazan el misterio. Pues para contemplar la estrella se necesitan los ojos de la fe y, para seguirla es preciso la humildad de corazón

Por eso San Agustín advierte:

  • “No basta con ver la estrella, es necesario seguirla. No basta con conocer a Cristo, es necesario adorarlo”.

Cristo quiso anunciarse a los sabios de Oriente por medio de una estrella creada con el único propósito de guiarlos hasta Belén

De ahí que esta estrella presentase singulares características tales como: 

  • su gran brillo y resplandor, que excedía con creces a las otras estrellas; 
  • su cercanía a la tierra; 
  • su presencia tanto de día como de noche;
  • su repentina desaparición cuando los Magos llegan a Jerusalén y se presentan ante Herodes;
  • y su reaparición, que permite a los Magos reanudar su viaje.

Como señala San Juan Crisóstomo: "Cuando la estrella se situó sobre el Niño, se detuvo; y sólo una potencia que los astros no tienen podía hacer esto, es decir, primero ocultarse, luego aparecer de nuevo y, por último, detenerse" (Homilías sobre el evangelio de San Mateo 7, 3).

Al respecto, San Agustín explica:

  • "Quien yacía escondido en el pesebre ya guiaba a los Magos desde Oriente y era reconocido en el cielo, con las señales de los astros; para que, aunque impedido a causa de sus miembros infantiles y envuelto en pañales de niño, lo adorasen los magos y lo temiesen los malos" (Sermón 200). 

A su vez, Cornelio a Lapide afirma que era apropiado que una estrella condujese a los tres Reyes Magos a Cristo, el Rey de reyes, de la misma manera que la columna de fuego y nube guiaba a los israelitas. Además, la estrella, al tener la apariencia de una corona real, con sus rayos resplandecientes, es emblema de rey

Ciertamente, la fe, la perseverancia y la humildad de los Magos fue premiada con la gracia necesaria para reconocer la divinidad de Cristo en el Niño que yacía en el sencillo pesebre:

  • dice San Fulgencio en su sermón sobre la Epifanía: "Considera lo que ofrecieron, y sabrás lo que creían"; 
  • San León afirma: "El incienso ofrecen a Dios, la mirra al hombre, el oro al rey, venerando sabiamente la naturaleza divina y humana unidas en una. Lo que creen en sus corazones lo manifiestan con sus dones".

(Citados ambos por Cornelio a Lapide).

Y, como Dios no se deja ganar en generosidad, los Magos recibieron de Él, como menciona Cornelio a Lapide, dones espirituales mucho mayores para sus almas, incluso iluminación, consuelo y calor celestial. A cambio de su oro, recibieron el aumento de la sabiduría y el amor ardiente; en lugar de su incienso, el don de la oración y la devoción; y a cambio de mirra, celo por una vida pura e incorrupta. Así, el oro representa la caridad y la sabiduría; el incienso la devoción y la oración y la mirra la mortificación. 

De donde dice San Gregorio Magno

  • "Ofrecemos oro, si resplandecemos con la luz de la sabiduría; incienso, si somos fragantes con ferviente oración; mirra, si mortificamos los vicios de la carne" (Homilía 10). 

Y San Francisco de Sales afirma que el valor de la ofrenda se mide en relación con lo que se posee, por lo que, debido a que nada hay suficientemente digno de Dios, debemos honrar al Señor con todos nuestros bienes diciendo: 

  • “Yo quiero, Divino Niño, darte el único bien que poseo, yo mismo, y te ruego que aceptes este don”. Y Él nos responderá: “Hijo mío, tu regalo no es pequeño sino en tu propia estima” (Sermón VIII, 38, Regalemos lo más grande al Niño-Dios).

Si bien los Magos fueron los primeros de entre los gentiles elegidos para la salvación, Dios sigue revelándose de mil maneras, esperando que le abramos nuestro corazón y le permitamos entrar para que, reinando en él, lo transforme de tal manera que no seamos sordos a la Verdad, ciegos a la Luz y paralíticos ante la Gracia

Pidamos al Niño Dios que nos conceda el amor a la verdad y al bien de los santos Reyes para que, siguiendo su ejemplo, seamos capaces de abandonar la cómoda seguridad y los atractivos placeres con los que busca seducirnos el mundo para emprender el camino -estrecho y cuesta arriba, de incomprensión y desprecios- que lleva a Cristo: “El Amor que", como señalase Dante, "mueve el sol y las estrellas” a fin de conducirnos a la verdadera vida.

Recibamos, con inmensa alegría, la salvación del mundo y celebremos el día en el que Cristo se reveló al mundo entero:

  • “Adoremos con los Magos, demos gloria con los pastores, dancemos con los ángeles. Porque ha nacido el Salvador: el Mesías, el Señor” (San Basilio Magno).

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