Religión en Libertad
C.S. Lewis: un prodigio de claridad para explicar las más profundas verdades filosóficas y teológicas y no solo en sus obras apologéticas, también en las literarias.

C.S. Lewis: un prodigio de claridad para explicar las más profundas verdades filosóficas y teológicas y no solo en sus obras apologéticas, también en las literarias.

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Hace un tiempo, durante una entrevista, me pidieron que resumiera, en una sola palabra, el genio de C.S. Lewis. Tras pensarlo un momento, respondí.

"Claridad", dije: "La palabra que resume a Lewis es 'claridad'".

Hoy, considerando la respuesta que di, sigo pensando que esta sola palabra captura el genio de Lewis. Poseía una asombrosa habilidad para explicar los puntos más abstractos de la filosofía y la teología con una sucinta brillantez. Podía hacer que las cuestiones filosóficas o teológicas más difíciles fueran completamente comprensibles para el lector medio, sin importar su falta de formación sistemática en filosofía o teología. 

No es que nos haga más inteligentes de lo que somos -aunque lo hace-, sino que nos hace ver que éramos más inteligentes de lo que creíamos. No hay razón, por ejemplo, para que nadie, después de leer a Lewis, sienta que la metafísica está fuera de su alcance. 

La fácil didáctica con la que Lewis desvela y desglosa las doctrinas centrales de la fe cristiana en un libro como Mero Cristianismo es un buen ejemplo de ello. Nos instruye con una habilidad tan natural y modesta que casi no nos damos cuenta de que estamos siendo instruidos. Hace que la verdad parezca tan obvia e ineluctable que sentimos que ya sabíamos lo que nos enseña, y que siempre lo supimos, al menos inconscientemente. Sentimos que Lewis simplemente nos recuerda lo que ya sabíamos, aunque, reflexionando en ello con honestidad, sabemos que en el pasado estuvimos demasiado ciegos para ver la verdad evidente que ahora nos salta a la vista. 

El gran fruto de la claridad de Lewis es, en resumen, que muestra a sus lectores que las grandes verdades se pueden conocer mediante la aplicación del sentido común puro y simple. ¡Las verdades de la fe y la razón tienen sentido porque son eminentemente sensatas!

Y, sin embargo, la claridad de Lewis alcanza su máximo esplendor en aquellas obras en las que aparentemente no enseña ni predica en absoluto. Es en sus obras literarias, más que en sus libros de apologética cristiana, donde la brillantez y el genio de su claridad resplandecen de forma más asombrosa.

Pensamos en su papel de abogado del diablo en Cartas del diablo a su sobrino, iluminando con la antorcha de la razón las siniestras sombras del engaño en las que el razonamiento demoníaco intenta ocultarse de la luz del día. 

Pensamos en la claridad y la caridad con las que revela las orgullosas raíces del pecado en El gran divorcio, o en la forma en que emplea la alegoría formal para exponer las locuras de la historia intelectual en El regreso del peregrino.

Si seguimos a Lewis hasta el espacio exterior, vemos cómo utiliza el género de la ciencia-ficción para exponer el sinsentido del cientificismo. Al exponer el racismo y el cronológico esnobismo de la mente cientificista en Más allá del planeta silencioso, procede a mostrarnos las raíces demoníacas del orgullo en el diálogo de Ransom con el no-humano en Perelandra. En Esa horrible fortaleza, el último libro de la trilogía de novelas, Lewis entrelaza un crudo realismo, un romance artúrico y el horror gótico en una trama de ficción impecable, exponiendo los sofimas del orgullo con el bálsamo curativo del amor racional.

En Las Crónicas de Narnia, los libros por los que probablemente es más famoso, narra historias infantiles que son también lecciones inestimables para personas de todas las edades. Es, sin duda, una muestra de su genio el poder ofrecer profundas perspectivas teológicas sobre la mente poética de Dios sin comprometer jamás el arte narrativo, entretejiendo su sabiduría en la trama misma de la narrativa. Lo lleva al grado más sublime en los dos últimos capítulos de La última batalla, donde ascendemos al cielo, subiendo y adentrándonos cada vez más, no solo en el reino celestial, sino en los abismos más profundos de la teología escatológica.

Y lo que Lewis hace por la escatología, también lo hace por la psicología. En Mientras no tengamos rostro, la obra de ficción que él consideraba su mejor obra, nos lleva a una aventura física que, a la vez, nos lleva a una aventura metafísica en las profundidades de la psique humana, mostrándonos cómo la mente del no creyente es capaz (o no) de afrontar la conversión espiritual de un ser querido.

Dicho lo cual -y habría mucho más que podría y debería decirse antes de terminar de verdad-, podemos ver y decir que el mundo ha sido verdaderamente bendecido por el maravilloso testimonio y la extraordinaria sabiduría de CS Lewis.

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