Viernes, 19 de julio de 2019

Religión en Libertad

La gran confusión


Vivimos tiempos de gran confusión. “Época oscura” es la frase que, para describir el fenómeno, ha usado la escritora Natalia Sanmartín, autora de la novela El despertar de la señorita Prim (cuya lectura aprovecho de recomendar). Por mi parte, durante un tiempo usé la expresión “estupidez generalizada”, pero puede resultar ofensiva para algunos y además excluye la gran porción de maldad que contiene esa oscuridad, por lo que últimamente la he cambiado por “desorden cósmico”, aunque tiene un sabor new age que no deja de convencerme. (Parece que la envergadura de la confusión reinante es tal que cuesta encontrar las palabras para describirla satisfactoriamente).

Sirva el párrafo anterior para introducir el siguiente comentario a la entrevista al decano de la facultad de Derecho de la Universidad de Chile, Pablo Ruiz-Tagle, publicada en la edición del 15 de mayo del diario La Segunda. Se lamenta el decano de la corrupción que afecta al Poder Judicial y al Ministerio Público y la contextualiza en una crisis generalizada de las instituciones, situación que resume con la frase “todo el país se hace a pedazos” y que me parece lo mejor de la entrevista, tal vez porque yo mismo la usé hace varios años para describir lo que estaba pasando en el país (¡pocas cosas hay tan placenteras como escuchar o leer de otros ideas concebidas anteriormente por uno mismo!).

Hasta aquí nada nuevo bajo el sol. La circunstancia que hace estallar mi sorpresa y motivación para escribir estas líneas es que, en la introducción a la entrevista, la periodista dice que Ruiz-Tagle está a favor del feminismo, de legislar sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo y de la adopción homoparental. “¿Qué es lo que te sorprende?”, me diría un querido tío progresista, dando inicio a una larga e infructífera discusión. Lo sorprendente es que una persona inteligente no sea consciente de que la crisis de las instituciones es consecuencia de la la mentalidad que subyace en las modas que él mismo favorece; en otras palabras, el decano favorece la causa y luego se duele de los efectos.

Cuando una institución se corrompe es porque las personas que las integran se han corrompido y, si el fenómeno afecta a muchas instituciones, es porque en la sociedad un conjunto suficiente de comportamientos equivocados han sido alentados o, al menos, considerados inocuos. Las actitudes y conductas que el decano favorece —el feminismo (especialmente su versión radical), el matrimonio “igualitario”, la adopción homoparental y otras que supongo acepta porque están en la misma línea de lo “políticamente correcto”— se caracterizan por tener una sola y la misma raíz: la satisfacción del “YO” sin sujeción a una realidad que lo supera y lo trasciende. En efecto, su aceptación social se asienta en la errada noción de que el criterio definitivo para validarlas es que sean expresión espontánea de “lo que yo siento”, “lo que a mí me gusta”, “lo que a mí me satisface”, “lo que yo quiero”; en definitiva, “lo que me da la regalada gana ahora”, sin importar, por ejemplo, el sentido genuino y originario del matrimonio, o la necesidad síquica y moral de todo niño de ser criado por un padre y una madre a la vez, o la obvia diferencia cualitativa y complementariedad de los dos sexos. Es la cultura del “yoísmo” que el progresismo promueve y que, una vez extendida en una sociedad, genera comportamientos “yoístas” en todos los niveles.

Ruiz-Tagle se queja de la corrupción de quienes ejercen funciones públicas: miembros del poder judicial, empresarios, políticos, sacerdotes. “El servicio público no es para servirse uno mismo, sino que para construir algo más duradero”, afirma. Pero, ¿cómo diantres espera que las personas que cumplen esas funciones subordinen sus intereses individuales al bien común (y por tanto se comporten éticamente) si en el plano personal se han acostumbrado a hacer lo que les da la gana o, al menos, se han convencido de que esta lógica es válida?

Las instituciones de nuestra sociedad están en crisis, claro está, pero ello es consecuencia, primero que todo, de una crisis personal en dos sentidos: (1) que afecta a muchas personas, y (2) que afecta al ser propio de cada persona, esto es, al sentido que cada cual le otorga a su propia existencia dando la respuesta equivocada a preguntas como: ¿vivo para mí o para otros?, ¿me satisfago (dejándome llevar por mis gustos, mis impulsos, mis emociones) o me perfecciono (sometiendo mis pasiones a lo que es objetivamente bueno para todos)?

Con el respeto que el decano merece, cada vez que ha apoyado causas políticamente correctas (progresistas o “yoístas”), ha traicionado su vocación de formador contribuyendo a aumentar la gran confusión cuyo resultado es la corrupción de personas y de instituciones. Para acabar con la confusión se requiere, en palabras del santo de Asís, poner verdad donde hay error.

Pero la defensa de la verdad no es fácil, lo que me recuerda la sentencia de otra escritora, Heda Margolius (mujer checa que sufrió la represión nazi y luego la represión comunista por su origen judío): “La verdad, por sí sola, no prevalece. Cuando se enfrenta al poder, la verdad suele perder. Únicamente prevalece cuando la gente es lo bastante fuerte como para defenderla”. De que haya suficientes personas fuertes depende la superación de la confusión que provoca la crisis institucional que tanto nos duele.

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