Lunes, 17 de junio de 2019

Religión en Libertad

HEMEROTECA Tom era un pentecostal que buscaba más de Cristo

Le convirtió la belleza del catolicismo, que volvió acogedor el antro donde vivía tras divorciarse

Tom pide que los templos atraigan por su hermosura y el trato cálido de las personas.
Tom pide que los templos atraigan por su hermosura y el trato cálido de las personas.

C.L. / ReL

Si Benedicto XVI insistió tanto en la belleza como camino para encontrar a Dios, es por casos como el de Tom. Así bautiza Dwight Longenecker, para cubrir su anonimato, a uno de sus feligreses de la parroquia de Nuestra Señora del Rosario de Greenville (Carolina del Sur, Estados Unidos), al ofrecer en su blog el testimonio de su conversión.

Una vida en caída libre

"Convertido por la belleza" se titula el post donde, en forma de carta al padre Longenecker (él mismo converso desde el evangelismo y el anglicanismo), Tom explica que llegó a Greenville su vida "era un desastre": "Mi matrimonio se acababa de romper y acabé en vuestra ciudad. Me había criado en una iglesia pentecostal rural, pero a mi mediana edad eso, sencillamente, ya no funcionaba. Buscaba algo más, un camino para reencontrar a Cristo".

Pero su perspectiva era algo deprimente. Vivía, explica, en una habitación alquilada en los bajos de un edificio de apartamentos, un cuarto de nueve metros cuadrados con un baño, unido a un cuarto de estar que compartía con la familia de los dos pisos de arriba: "Tenía un cartel de Silencio que colgaba en la puerta por la noche para que los otros estuviesen callados. Era mejor que nada, pero vivía solo... y en soledad".

Redecoró su vida... y su cuarto
"Hasta que hizo su entrada la belleza", continúa Tom, "ese tipo de belleza a la que se refiere el padre Robert Barron" -sacerdote norteamericano que difunde el catolicismo mediante vídeos y nuevas tecnologías- "cuando habla de evangelizar a través de la belleza".

Tom trabaja en el sector tecnológico y está "orgulloso" de ello, pero los cubículos donde lo hace "no son algo hermoso" y ofrecían "un mundo sórdido y sin futuro". También su otro hábitat: "Mi habitación era un mundo sórdido y sin futuro". Un mundo que empezó a resultar agradable a raíz de su conversión.

No ofrece detalles íntimos de ese proceso, aunque sí insiste en que "la puerta de entrada no es siempre amistosa: tienes realmente que querer convertirte en catolico para llegar a serlo".

Sin embargo, en la parroquia de Nuestra Señora del Rosario sí se encontró a gusto, porque redescubrió la belleza de lo sagrado: "Una o dos veces por semana dejaba la esterilidad del trabajo y de mi cuartucho para ir a misa en un espacio hermoso, con música hermosa y gente encantadora. Me recibieron con agrado, se interesaron por mí, hice amigos. Durante mi preparación al bautismo, me arrastró la belleza del catolicismo tanto como el estudio de su doctrina".

Y eso invadió todos sus espacios: "La belleza llegó a mi vida privada. Con el paso del tiempo mi habitación fue embelleciéndose. Una cruz en la mesa. Luego un rosario que  le pedí que bendijese. Y un misal para leer. Y una vela junto con algunas estampas para rezar. Durante años había luchado con la pobreza interior y el dolor, pero la belleza del catolicismo me arrastró y esas heridas empezaron a curarse. Me sentía vinculado a Dios y a su pueblo en una forma profunda y cargada de sentido".

No en todas partes...
A Tom no le gusta ahondar en su evolución íntima hacia Dios, "una experiencia a la vez dolorosa y bella": "Es difícil para mí luchar con las emociones al evocarla, pero mi vida nunca volvió a ser la misma".

Su fe, sin embargo, era sólida. Porque luego se trasladó a vivir a Granton, y allí su primera experiencia como católico "fue, por desgracia, insatisfactoria": aparte de la escasa empatía de los pocos fieles de su parroquia, allí la belleza de lo sagrado estaba ausente y elementos tan concretos como el agua bendita o los reclinatorios estaban semiocultos o eran impracticables.

"No había arte, ni color, ni espacio, era como el vestíbulo de un hotel o de un centro comercial. Pensé: ¿cómo se supone que voy a sentirme aquí cerca de Dios?", lamenta: "Ni incienso, ni velas, ni llama ante el sagrario, apenas pude identificar lo que parecía un confesionario, la homilía fue monótona... ¿No se trata acaso de rendir culto al Todopoderoso?". También lamenta la falta de relación entre los fieles, y entre éstos y el sacerdote.

"Sé que el catolicismo es más que todo esto, pero si esto fuese todo... nunca me habría convertido", confiesa: "¿Estoy equivocado al pensar así? Sin nadie acogedor en la puerta, sin música, sin un entorno de contemplación y sacralidad, sin arte, sin belleza... ¿qué me habría retenido aquí?". Y advierte de que quizá muchas personas que podrían convertirse no lo hacen porque no encuentran "ni un ápice de belleza que brille en el único lugar donde debería haberla: si el templo no es un templo, ¿para qué acudir a él?".

Y no sólo se refiere al entorno estético, también a la acogida de unos cristianos a otros en el lugar donde celebran el domingo.

Por fortuna concluye, esa mala experiencia le llegó ya convertido: "Si mi alma hubiese estado entonces en el lugar oscuro donde estaba, en vez del buen lugar donde estoy ahora, ¿cuál habría sido mi experiencia?".

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