Sábado, 18 de septiembre de 2021

Religión en Libertad

Pedro, el misionero que ha vencido al Covid y que vuelve a Zamora a una nueva misión, ser cura rural

Pedro Rosón ha vuelto a Zamora tras muchos años como misionero en Perú / La Opinión
Pedro Rosón ha vuelto a Zamora tras muchos años como misionero en Perú / La Opinión

ReL

El sacerdote Pedro Rosón es un veterano misionero que ha pasado gran parte de su vida en Perú. Y ahora tras haber superado el coronavirus en la misión ha llegado a su Zamora natal para ser cura de pueblo, que en la España de hoy ya equivale a ser misionero.

A sus 73 años lleva 48 como sacerdote, uno de sus últimos proyectos en Perú fue la creación de una casa para personas sin hogar, donde se acabó contagiando de coronavirus.

En el diario La Opinión cuenta que “era un asilo muy pobre donde vivíamos de la limosna. Vagabundos. Yo cogí a uno por la autopista que iba solamente con la camisa, ni calzoncillos llevaba, desnudo, con barba. El uniforme propio de los mendigos, las melenas, la suciedad. Le dije, cómo te llamas y me dijo, como me llames me llamo. Y no habló más. Allí está, no habla, pero lo lavamos, lo afeitamos, lo vestimos y le dimos una dignidad. Así era la mayoría de la gente, vivíamos de la caridad y nunca nos faltó. Cuando llegué, la infraestructura del asilo era infrahumana, me propuse darle un cambio. Lo primero que hice fue construir un salón grande que al mismo tiempo sirviera de capilla. Me ayudaron unos italianos de una ONG que pusieron un techo de madera de verdadero lujo. Y después hice una enfermería para que fueran los enfermos y las personas que ya están muy mal, porque es muy duro ver agonizar a una persona con otros seis roncando a su lado. También hice un pabellón de 40 plazas con servicios, duchas y un patio interior con un porche.

Y con la llegada del coronavirus todo ha sido más complicado. El padre Rosón confiesa “el año de la pandemia para nosotros ha sido durísimo y yo realmente empecé a sentirme mal, agotado. No puedes estar allí en esas condiciones, entonces es cuando decidí volver. Terminé la obra como pude, la inauguré y a la semana siguiente encontré un vuelo humanitario. Fue una suerte, llamé a la Embajada y al ver mi edad y la situación me metieron en seguida.

Antes, se había contagiado. Este veterano misionero señala que había 79 contagiados en el centro, entre ellos 12 del personal. “Afortunadamente yo fui asintomático y pude ayudar, pero me tuve que meter en la cocina para no tener contacto con ellos. Al final me contagié. Añade a eso que teníamos ese asilo con las puertas abiertas, de tal manera que allí podía ir a comer gente de la calle y fue mucha más. La pandemia ha agravado la situación de pobreza. Era una angustia sentir cómo podíamos salir de esa situación, la angustia de darles de comer, intentando que los albañiles que hacían la obra no se contagiaran. Puse una valla para separarles de los ancianos”.

Pedro Rosón ha pasado gran parte de su vida sacerdotal en Perú

Yo tenía ya ganas de terminar, no podía con esa tensión. Y tengo que decir que no me ha faltado ayuda en lo económico, tuve una donación fuerte de un señor de Madrid para terminar la obra. Me dio 150.000 euros y yo le he hecho un estudio de todo el proceso con fotografías, para contarle el proyecto. Cuando vine se lo entregué, le di las gracias y me dijo, las gracias yo a usted porque me llena de orgullo que con mi dinero se haya hecho la obra”, agrega.

Y de vuelta en España comienza una nueva misión como cura rural. Tras tres meses de descanso habló con el obispo y según relata le dijo: “He trabajado mucho y ahora quiero una cosa pequeña, sencilla y cerca de casa; mis hermanos son mayores y quiero acompañarlos. Cuando me ha planteado esta etapa se me ocurrió la imagen de la gente de nuestros pueblos que ha trabajado toda la vida en el campo, entonces dejan las tierras para los hijos pero cogen un huerto. Dije Benegiles y Gallegos para mi van a ser ese huerto y quiero dales todo lo que pueda”.

El problema de Occidente

Sobre su nueva labor sacerdotal en Europa, Pedro cree que en Occidente “andamos un poco perdidos, acobardados y, ahora en esta situación, entristecidos”.

“Hace falta que nos comprometamos y no nos limitemos a lo puramente sacramental. Aquí hay dimensiones sociales bien bravas, bien duras y más que va a haber. Aquello es más duro pero esto es más difícil. Yo lo resumo así”, señala.

Y lo ve así porque “la gente está indiferente, hay un individualismo terrible. Porque pensábamos incluso que esta pandemia iba a suscitar el sentido de solidaridad y es al revés. Hay un sector que se ha despertado pero la masa se ha hecho muy individual y la prueba la tenemos en que cada uno quiere hacer lo que le dé la gana”.

La crisis es grande. Por eso la tarea nuestra aquí es muy difícil, cómo se resuelve eso. Corriendo para todos los sitios, diciendo misa creo que no, el problema no es de misas. Vengo un poco a observar, a asentarme y pensar. Porque el contacto personal ahora es muy difícil y es una pena porque es fundamental en nuestra tarea. No puedo meterme en las casas de las personas, no puedo escuchar”, agrega este misionero en Zamora.

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