Lunes, 23 de septiembre de 2019

Religión en Libertad

El obispo Munilla vincula el colapso de la natalidad con «la crisis de valores que sufre Occidente»

ReL

La caída de la natalidad no se explica solo por razones económicas, explica monseñor Munilla, sino sobre todo por un cambio de valores que  identifica la felicidad con el bienestar material y no con la crianza de los hijos.
La caída de la natalidad no se explica solo por razones económicas, explica monseñor Munilla, sino sobre todo por un cambio de valores que identifica la felicidad con el bienestar material y no con la crianza de los hijos.

En un artículo publicado este domingo en Diario Vasco, el obispo de San Sebastián, José Ignacio Munilla, ha lanzado una advertencia sobre el "panorama desolador en materia de natalidad" que ofrece la sociedad española, a la luz de los datos ofrecidos por el Instituto Nacional de Estadística a finales de junio: una fecudidad de 1,25 hijos por mujer y un caída de nacimientos del 6% respecto al año anterior, que acumula un 30% en la última década, que sería del 44% de no ser por la natalidad de los inmigrantes. La población de más de 65 años supera los nueve millones de personas, y los menores de 15 no llegan a siete millones.

Grecia y Roma, precedentes

"Tengo la impresión de que nos estamos acostumbrando a escuchar periódicamente este tipo de datos, sin calibrar suficientemente lo que implican", afirma el prelado vasco, que no hace referencia solamente a la sostenibilidad del sistema de pensiones u otras negativas consecuencias desde el punto de vista económco, sino a lo que supone como crisis de civilización.

En ese sentido, Munilla recuerda un texto de mediados del siglo II a.C. del historiador grecorromano Polibio sobre el declinar de su mundo: "En nuestros días, en toda Grecia, la natalidad ha descendido a un nivel muy bajo y la población ha disminuido mucho, de forma que las ciudades están vacías y las tierras en barbecho... Las gentes de este país han cedido a la vanidad y al apego a los bienes materiales; se han aficionado a la vida fácil y no quieren casarse o, si lo hacen, se niegan a mantener consigo a los recién nacidos, o solo crían uno o dos como máximo, a fin de procurarles el mayor bienestar mientras son pequeños y dejarles después una fortuna considerable. De ese modo, el mal se ha desarrollado con rapidez sin que nadie se haya dado cuenta".

El obispo guipuzcoano recuerda que pocos años después Roma fagocitó a la Grecia decadente, y que siglos más tarde también una crisis de natalidad acompañó el final del Imperio Romano.

Crisis de valores en Occidente

Munilla no cree que las causas del colapso demográfico sean solo económicas ni puedan revertirse solo con medidas de las administraciones públicas: "De hecho, las clases sociales más pudientes no tienen un índice de fecundidad superior a la media, y los inmigrantes en España tienen un número de hijos muy superior a los autóctonos, a pesar de que su nivel económico es inferior y sus dificultades objetivas para la conciliación laboral sean mayores". Por tanto, la precariedad laboral o la crisis financiera, aunque influyen, no son razón determinante.

Más bien, sostiene el obispo, "nuestra crisis de natalidad es uno de los signos más evidentes de la crisis de valores que sufre Occidente". Y lo explica así: "En el contexto de una sociedad en la que la calidad de vida se identifica con el mero bienestar, el reto de la maternidad y la paternidad es percibido como demasiado exigente. Es innegable que la educación de los niños demanda una entrega plena e incondicional –me atrevería a decir que heroica–, que no es fácilmente compatible con la cultura del weekend, de la invasión digital, del consumismo compulsivo, del desorden de vida generalizado, de la crisis existencial... Ciertamente, la maternidad y la paternidad requieren ‘dar la vida’ en el sentido más amplio del término. ¡La crisis demográfica esconde una crisis de esperanza!"

El obispo de San Sebastián comparte unos momentos con los niños de un belén en Navidad.

"La carencia de niños en nuestras familias y en nuestra sociedad, nos empobrece mucho más de lo que suponemos", añade Munilla, porque "solo la inocencia de los niños es capaz de arrancarnos de nuestra zona de confort, de nuestro aburguesamiento, llevándonos a entregar lo mejor de nosotros mismos hasta alcanzar el cenit de la madurez, que suele coincidir con el olvido de uno mismo. Nuestra cultura necesita de los niños de forma apremiante, porque pocas cosas hay tan falsas como una alegría sin inocencia…"

"La paternidad y la maternidad requieren ‘dar la vida’. Pero la vida es algo que nos supera", concluye: "Es un ‘milagro’ que hemos recibido gratis y que estamos llamados a transmitir generosamente... Los progenitores colaboran con Dios creador para dar vida al mundo".

Por ese motivo, el obispo de San Sebastián concluye su artículo agradeciendo a San Joaquín y Santa Ana, en la festividad que se celebraba este domingo de la Natividad de la Virgen María, "haber traído al mundo a aquella de la que nacería el autor de la vida".

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