Domingo, 26 de enero de 2020

Religión en Libertad

No hay que dejar la medicación... pero este libro funciona como los ansiolíticos, dice Segarra

¿Desanimado o deprimido? Lea «Había una vez un monje», de Paco Segarra y Agustí Altisent

Paco Segarra habla con Álex Rosal, director de ReL, de la sabiduría del monje Agustí Altisent, que aporta paz y serenidad en nuestras vidas desquiciadas
Paco Segarra habla con Álex Rosal, director de ReL, de la sabiduría del monje Agustí Altisent, que aporta paz y serenidad en nuestras vidas desquiciadas

Álex Rosal / ReL

 

Paco Segarra es un publicista muy conocido y galardonado. Hace dos décadas se convirtió, y al leer una frase: “Id por todo el mundo y anunciad el Evangelio”, vio claramente que Dios le llamaba a anunciarle a ÉL. Y creó la Fundación Kolbe de Publicitarios Católicos . Logró reunir a los mejores creativos del sector, la mayoría de ellos agnósticos o ateos, para que trabajaran gratis haciendo anuncios para presentar el Evangelio.  Fue un éxito. Diócesis, movimientos o congregaciones religiosas comenzaron a renovar el código estético de sus publicidades, además de sus mensajes. El Vaticano también acogió con entusiasmo esa nueva forma de evangelizar a través de la publicidad, y monseñor Enrique Planas presentó a Paco Segarra y a su criatura Kolbe como el ejemplo de encarnación de la Nueva Evangelización que reclamaba Juan Pablo II: “Nuevo ardor, nuevo lenguaje y nuevos métodos”.

 Además, muchos de los lectores de Religión en Libertad han leído los artículos que publica en su Blog: La columna del CoronelPakez . Ahora nos habla de su nuevo libro, Había una vez un monje (Vozdepapel) que está teniendo un gran éxito de difusión y acogida.

 El subtítulo es ya toda una declaración de intenciones: "una ayuda para deprimidos”.

- Paco, ¿por qué quisiste escribir este libro?

 - Mentiría si dijese que responde a un plan claro y a una intención definida. No, nada de eso. Desde que el monje Altisent me ayudó, me alivió, casi me curó, en mi proceso depresivo, tenía por ahí una deuda con él. Cuando ayudó, con su libro Reflexiones de un monje a la conversión de mi hijo pequeño, me dije: "Mira, el buen Altisent trabajando con su habitual discreción, ¡qué bien!" Esto por un lado. Por otro, escribiendo en el blog de Religión en Libertad se me ocurrió crear, o recrear la figura de un monje que se me aparecía y me hablaba: no pensaba en Altisent, pero -¡oh, misterio!- acabó siendo Altisent. Finalmente, se me ocurrió que puesto que volvía a dialogar con el monje y que tenía cartas suyas, recuerdos muy vivos de nuestras conversaciones y algún material inédito, me puse a ello. Toñi Moreno me ayudó mucho buscando más textos y, por fin, sale el libro. Ahí está, como un milagro más, porque, ya te digo, mucha intención y mucho empeño no puse. Tenía que suceder y ya.

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Pida aquí en OcioHispano "Había una vez un monje"

- ¿Cuál es el hilo conductor del libro?

- Digamos que hay dos que son el mismo. Tú, Álex, en el prólogo, lo defines como el "acogimiento de la fragilidad". Creo que Altisent estaría de acuerdo. Y añadiría: "el acogimiento de la normalidad, que es lo mismo, joven". Para Altisent todo era normal, en el sentido de que todo lo que nos pasa es muy normal, muy común, y nos pasa porque Dios así lo dispone, permite o quiere, dilo como quieras. Altisent desdramatiza y los hombres nos empeñamos en dramatizarlo todo. 

» Altisent siempre dice: "No se crea tan especial", y todos nos creemos MUY ESPECIALES, pero por razones equivocadas: la válida, la real, es que somos muy especiales, únicos, a los ojos de Dios, que es nuestro buen Padre. Que Dios nos haya dado todo, la vida y los talentos y las cruces, todo, es algo que olvidamos con mucha frecuencia: nos parece que es nuestro; aún peor: que nos lo hemos ganado con nuestro esfuerzo; y peor todavía: que no tenemos que agradecer nada a nadie, y menos a ese "amigo invisible" que decimos que se llama Dios. Y todo esto, diría el monje, también es normal. Así somos y así tenemos que aceptarnos. ¿Es usted un desagradecido orgulloso? Normal. ¿O se cree usted un ángel?

- En el subtítulo del libro señalas que es “una ayuda para deprimidos”…

- Es que es así. Los textos del monje son medicinales. Los lees y tienes paz de inmediato. Los vuelves a leer y puedes meditar con serenidad, razonando sin agobios. Repites la lectura y descubres una puerta al mundo espiritual. Y si los lees como oración, con humildad y el alma abierta, te encuentras con esa ternura infinita, invisible a los ojos -esta vez sí- que se llama Dios. No excluyen a los ansiolíticos y los antidepresivos, pero los escritos de Altisent tienen, de verdad, el mismo efecto.

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El publicista y escritor Paco Segarra

- ¿Quién era el monje Agustí Altisent?

- Un joven idealista e ilusionado que entró en el monasterio a dar su vida por Dios y por los hombres. Y, ya en el noviciado, empezó su lento martirio: una noche se despertó aterrado, temblando, con la cabeza en el borde de la locura y le dijo al maestro de novicios que estaba desarrollando una neurosis -era su modo de definir aquel estado de agonía-. Y éste le respondió: "Dios sabe lo que le conviene". ¿Quedó pacificado el buen Altisent? Pues un poco, porque entendió, de golpe y con dolor -Dios suele actuar así-, que debía "amolarse", es decir, ir perdiendo aristas de carácter, ganando lentamente en humildad, puliendo la parte vanidosa de sus deseos de servir a Dios; "amolarse" viene de "moler", ya me entiendes. Altisent empezó a conocer lo que es que Dios te vaya triturando, para hacerte flexible y para que puedas aceptar Su Voluntad sin demasiadas quejas. Luego, como era inquieto, hizo muchas cosas: historiador, profesor, conferenciante, escritor. Era un hombre muy culto, un erudito.

- Dices que con Altisent tenías unos diálogos que te ayudaron a superar los nubarrones que asolaban tú vida. ¿Qué te decía para lograr superar ese túnel negro?

 - Fundamentalmente, que no anticipase males que no habían llegado y que no anticipase LO PEOR, entre otras cosas porque tampoco había llegado y porque nunca me había ocurrido lo peor, tan temido. "Lo que pasa es lo que toca", decía. "Disfrute de la felicidad cuando llega, a pequeños sorbos, y no la intente retener porque se escapa. Con el dolor y la aflicción haga lo mismo, tome la dosis del momento presente, es la única que tiene ahora." Aquí y ahora eran su gran remedio. "Aféitese con cuidado, rece con calma, lea con paz, trabaje bien y sin prisas. La prisa es mala y, como decía Juan XXIII, junto con la indecisión forman un mal terrible". Esto es fácil entenderlo y es muy difícil practicarlo. Incluso ahora, después de tantos años, yo no puedo. ¿Significa eso algo? Sí, es una muestra de nuestra frágil voluntad, de nuestra debilidad, de nuestro ser criaturas dependientes. Saberlo da paz, mucha paz. Y entonces se produce la agradabilísima contradicción: sabes que no llegas con tu esfuerzo a vivir en el momento presente, pero lo aceptas y le pides a Dios -con calma- que cuando Él quiera y disponga ya te dará ese don de vivir en el aquí y ahora. La superficie de tu mar psíquico está agitada, pero, ya se sabe, en el fondo del mar hay paz y silencio. "Acéptese y perdónese, porque si no Dios no le podrá perdonar". ¡Y qué poco nos perdonamos! Pero también es normal. El orgullo o el ego no mueren ni en la sepultura, dicen.

- ¿Podríamos decir que este libro ayuda a acoger la fragilidad que todos tenemos?

-Sí, sin duda. Es un libro que habla de la ternura de Dios. Y lo frágil tiene que ser tratado con cuidado, con ternura. Tenemos que tratarnos con ternura a nosotros mismos. Cuando lo hayamos hecho, trataremos con mayor ternura a los demás porque seremos más comprensivos, entre otras cosas: seremos menos "juzgadores", como diría el Papa; menos exigentes de esfuerzos que nosotros no hacemos, ni podemos hacer; menos rígidos y más abiertos al Espíritu. Altisent te hace ver la belleza de una hierba que crece entre el cemento urbano; y la belleza de una hoja caída tanto como la de un bosque entero y magnífico. Si no hay bosque, hay hoja. Si no podemos ir al campo, está ahí la humilde hierba del muro gris... Tan frágil y tan bella. ¿No te has fijado en que lo verdaderamente bello es frágil? El ser humano, como animal, es uno de los más frágiles... Seamos realistas: un tigre o un elefante nos podrán siempre, ¿no? Pero somos bellos, somos bellos...

- Altisent te decía que la depresión era una purificación en el plano espiritual…

- Es así. Pero solo se da uno cuenta cuando ya no está tan deprimido. La depresión ofrece muy pocos consuelos y muy pocos puntos de vista que no sean todos de color negro. Es muy duro. Esta nada terrible es lo que San Juan de la Cruz llamaba "noche oscura del alma". Está muy bien definida la sensación del deprimido: ni luz ni esperanza. Y entonces, después, puedes entender que Dios te sostenía en esa oscuridad. Después, porque antes y durante Él se oculta, como se ocultó en Getsemaní. Fíjate hay dos momentos terroríficos en los que Jesús, hombre perfecto, necesita ayuda de ángeles, ¡ayuda de ángeles porque Él no puede soportar más aquello que sufre! Uno es cuando es tentado: tentaciones tan fuertes, profundas y graves como violentas. Otro es en la agonía de Getsemaní: Jesús está a medía décima de punto de tirar la toalla de la Redención. No, no rebajemos con eso de que era "hombre perfecto y perfecto Dios" los sufrimientos del hombre Jesús, horribles hasta el desmayo, hasta la locura. ¡Consuelo de ángeles! No puedo imaginar qué tipo de padecimiento tuvo que soportar Jesús por ti y por mí.

- Dices en el libro que el hombre se empeña en levantar ídolos, y Dios tiene que destruirlos constantemente…

- Claro, esto es muy evidente. Busca en tu interior. Es muy posible que no tengas como ídolos al dinero, el poder, la droga, el sexo, la maledicencia, la soberbia... Pero seguro que tienes alguno que parece bueno: los ahorros, la seguridad de tu trabajo, la piedad -cumplo con todo-, la limosna -doy un poquito-, la vanidad -a ver si mi libro se vende mucho, ¡jajajaja!- o esa cerveza sin la cual no puedes vivir porque, hombre, es solo una antes de comer. Bueno, pues no. Solo Dios basta. Y solo Dios merece decirle: sin Ti no puedo vivir. No quiero extenderme, porque esta pregunta es como un examen de conciencia para el lector y que cada cual haga el suyo.

- Y que debemos aprender a perdonarnos a nosotros mismo, o, de lo contrario, Dios se entristece…

 - A ver, ¡por supuesto! Nada puede apenar más a un padre o a una madre que ver a su hijo corroído por la culpa y la destrucción de su autoestima. Los padres perdonamos siempre. Pues Dios, más. Los padres queremos ver a nuestros hijos alegres y contentos después de decirles que no pasa nada, que todos cometemos errores, que se olviden y vivan en paz, con ilusión. Al hijo o a la hija eso le cuesta, claro. Está avergonzado. Es normal, una vez más. Pero pasado este pequeño duelo necesario, ¡adelante! Es lo que espera Dios. Y cuando nos ve seguir adelante contentos, Él se alegra tanto, ¡pero tanto!, que no sé imaginarlo siquiera...

- Y que hay que aprender a escuchar a Dios en el silencio…

 - Silencio, sí. Es lo más importante. Así que ruego a los lectores que cierren los ojos y estén en silencio tres minutos, por lo menos. Si les cuesta... Eso es, ¡jajajaja! Eso es normal, muy normal. No se despisten: tres minutos de silencio exterior e interior. Luego sigan leyendo, si quieren. Como mucho, repitan en ese silencio: "Gracias, Jesús".

Ya. Silencio.

...

- Y que también hay que practicar la oración de protesta practicada por profetas y salmistas…

 - Naturalmente. Volvamos a Getsemaní: es una gran oración de protesta. Muy educada, muy tierna con Su Padre, pero de protesta radical. Jesús le decía a Dios que no quería seguir adelante, que no quería hacer Su Voluntad, que cambiará Su designio para Él: "Pase de mí este cáliz". Pero... Esfuerzo sobrehumano, amor sangrante, grito de angustia: "No se haga mi voluntad, sino la Tuya". El dramatismo terrorífico de esta vivencia no es descriptible en modo alguno. No, no lo es...

- Y hablas de la voluntad de Dios. ¿Cuál es la voluntad de Dios en nuestra vida?

 - Que estemos hablando ahora, aquí, en esta entrevista. Punto. No hay más. Si me dices que el Señor puede querer otra cosa, el monje te diría que ya se ocupará Él de hacértelo saber con toda claridad. No busquemos cosas raras en el futuro. Ni siquiera dentro de un minuto. Pero esto, es normal, también es dificilísimo. "La imaginación es la loca de la casa", dijo santa Teresa. Y el monje: "Acepte estas excursiones psíquicas por mundos de fantasía, agradables o terribles, como parte del programa, porque cualquiera de esos mundos está habitado por Dios". Vuelvo a la pregunta de antes porque está relacionada con esta: hay que pedir a Dios ANTES de llegar al límite, al principio de nuestra protesta, hay que rendirse rápidamente, rendir nuestra débil voluntad y pedir ayuda, como Cristo, para que se haga la Suya. De igual modo, hay que huir de la tentación al inicio, y pedir ayuda a Dios. Si no, la caída está más que garantizada. "Ríndase a Dios", diría el monje. Rinda todo: su querer, su voluntad, su libertad. Entréguelo todo, por favor.

- ¿La cruz también es voluntad de Dios?

- Es la gran manifestación de la voluntad de Dios. Es Dios que nos regala la llave de la salvación. Pero como decía el cardenal De Lubac: "Cuando se sufre de veras, se sufre mal". Y Altisent: "Las cruces llevadas con entusiasmo no son la Cruz. Jesús cayó tres veces bajo el peso de la suya". No banalicemos la cruz. No llamemos cruz a cualquier cosa. Y no pretendamos que no nos duela... Mucho. Muchísimo.

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Agustí Altisent en su ancianidad; murió en 2004, con 81 años

- Con Dios, ¿el secreto es ser débil?

- Pequeño, sí. Débil, como un niño pequeño es débil. La famosa "infancia espiritual" de Santa Teresita. Pero Altisent se lo tomaba tan literalmente como San Francisco se tomó el Evangelio. El monje sabía que en la vida espiritual hay que dejar que Dios haga y nosotros oponer la menor resistencia posible. Lo demás es un voluntarismo que conduce a la desesperación y el desaliento.

- ¿Qué significan las palabras de Jesús: `sin Mí no podéis hacer nada´?

-Pues eso, nada. Somos tan débiles como un sarmiento. ¿Qué puede el sarmiento sin la vid? Nada, muere, se acabó, adiós. ¿Te imaginas un sarmiento autónomo? ¿O que te dijese que la vid no le sirve de nada? Dirías que es un sarmiento estúpido y vanidoso. Bueno, es lo normal, de nuevo. Queremos ser vid y no sarmiento. Autónomos, sin depender de Dios. Nadie es tan tonto como un soberbio, aunque parezca muy inteligente.

- Paco, tengo una fe débil…

- Pues ya somos dos. Y tres trillones de almas. Joven, diría el monje, esta pregunta delata su orgullo, y sepa usted disculparme, se lo ruego. ¿Qué clase de fe que no sea débil pensaba usted tener? ¿Una gran fe? ¿Eso qué es? La medida que nos pone Jesús es la del grano de mostaza, no la de un rascacielos. Jesús nos conoce muy bien: un grano de mostaza. Lo pequeño, lo humilde, lo débil. Querido amigo, tienes una fe débil y eso no debería sorprenderte en absoluto. Si te sorprende y te quejas... Mal síntoma. Pero normal, normal, normal. No hay que dramatizar nada, ni siquiera el pecado o la fe débil. Si el Señor nos diese una fe mayor que un grano de mostaza, lo más probable es que nuestra soberbia llegase a límites cósmicos y anduviésemos por la calle adorándonos unos a otros. Fe débil, claro. Dé gracias a Dios por tener fe. Y aún más porque sea débil: así recurrirá a Él más a menudo, que es lo que nuestro buen Padre quiere: ¡que le hablemos, que le abracemos, que le pidamos, que estemos a su lado! La Fe débil es una treta del buen Dios para atraernos. La otra es la Cruz. Lea a Altisent porque todo lo que le digo lo he aprendido del monje. Gracias, joven.

Pida aquí en OcioHispano "Había una vez un monje"

Presentación del libro en Barcelona, con el entrevistador y el entrevistado

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