Domingo, 26 de septiembre de 2021

Religión en Libertad

De Prada: «Soy una persona católica, creo en los dogmas y he tenido experiencia de la Redención»

Juan Manuel de Prada se ha convertido en un referente intelectual para muchos católicos
Juan Manuel de Prada se ha convertido en un referente intelectual para muchos católicos

ReL

Juan Manuel de Prada es uno de los escritores y articulistas que con mayor acierto describe la deriva de Occidente y la situación que vive el hombre en el presente. Y lo hace desde una visión cristiana que va innata en su vida y en su obra.

En una entrevista en profundidad con la revista Razón y Fe que edita la Universidad Pontificia de Comillas, De Prada profundiza en unos principios que marcan su visión de la actualidad.

A quien siga habitualmente a Juan Manuel de Prada, Premio Religión en Libertad en 2018 por su “Audacia ante el Mundo”, no se le escapará la admiración que profesa por Chesterton.

En su opinión, el escritor católico converso inglés enseña muchas y muy variadas cosas: “en primer lugar, que la defensa de algo tan bello como la fe católica debe hacerse también con sentido de la belleza. ¡El estilo chestertoniano, tan paradójico  y  serpentino, es una gozada! Hoy en día, suele considerarse que las galas del estilo son superfluas,  pero  lo  cierto  es  que  el  auténtico  escritor  se  revela  a  través  de  su  estilo;  y  el  estilo  mazorral  revela  al  escritor  inepto.  Pero  esa  forma majestuosa y poseída por el genio  típicamente  chestertoniana  se  pone  al  servicio  de  un  fondo  lleno de hermosuras intelectuales”.

De este modo, De Prada señala en esta entrevista que “Chesterton es el escritor que te cuenta  el  catecismo  como  si  fuera  un cuento de hadas, el hombre que se  posa  sobre  los  dogmas  como  la  mariposa  se  posa  sobre  la  flor,  añadiendo belleza  a la Belleza.  ¡Y cuánta chispeante inteligencia hay en  sus  miradas  sobre  la  realidad!  La  escritura  de  Chesterton  es  luz  de primavera entrando  en  una casa lóbrega: resucita el alma”.

Su vocación como escritor

Preguntado acerca de su vida como escritor, Juan Manuel confiesa que la literatura es su “vocación” utilizando este término “en un sentido plenamente religioso”. “Dios me dio un don, que yo acepté sin reservas; y considero que toda mi vida  debo entregarla a ese don que Dios me regaló generosamente. Y la manera de responder a ese don es entregarme a él,  aunque  me cause sufrimiento, aunque  sea una locura hacerlo.  Pues la degradación propia de nuestra  época hace que la literatura, como en general todo arte verdadero (y no pacotilla  moderna)  se quede sin sitio. Pero ¿acaso el escritor, si lo es de veras, no debe ser alguien sin sitio? Hay que ir a la periferia, al extrarradio; hay que ser un “excéntrico” para ser verdadero creador.  La literatura es  mi forma de ser y estar en el mundo. No sirvo para otra cosa,  no podría hacer  otra cosa. Si me la arrebatasen, sería  como  si  me  capasen,  como  si  me  lobotomizaran.  Doy  muchas  gracias  a  Dios  por  haberme  dado  esa vocación y por no retirármela. Aunque, desde luego, sé bien que cuando Dios concede un don también concede un látigo; y ese látigo –nos  recordaba  Truman  Capote–  es para autoflagelarse”, explica.

Sus escritos en muchos casos desconciertan a unos y a otros porque a Juan Manuel de Prada es difícil encasillarle en las etiquetas que suelen utilizarse. Pero él mismo se define así: “soy  una  persona  católica,  creo  en  los  dogmas  que  proclama  la  Iglesia  y  he  tenido  una  experiencia  personal  de  la  Redención.  Además,  me  considero  parte  de  una  tradición  cultural  que  el  cristianismo refunda y reverdece; una tradición  que  me  parece  valiosa  e  imperecedera.  Mi  pensamiento,  en  línea  generales,  se  adhiere  al  pensamiento    tradicional   católico;  pero  no  creo  ser  una  persona  ‘ideológica’.  De  hecho,  a  medida  que me he ido haciendo más católico  he  dejado  de  ser  ideológico;  cada  vez  más,  los  postulados  de  ‘izquierdas’ y ‘derechas’ me parecen  mayores  bazofias.  A  fin  de  cuentas, las ideologías son herejías del  cristianismo,  que  rompen  en  mil  pedazos  la  visión  abarcadora  de las realidades sobrenaturales y naturales que tiene el cristianismo, para  quedarse  con  tales  o  cuales  añicos.  Pero  esos  añicos,  desgajados del cuerpo que les daba sentido, me parecen por completo insatisfactorios,  amén  de  destructivos  del alma.

Sin embargo, a Juan Manuel de Prada le molesta la etiqueta de “escritor católico”. Según explica, “no decimos de Lope de Vega o de Miguel de Cervantes, ni siquiera de Valle Inclán o Unamuno  que  eran  ‘escritores  católicos’,  por  la  sencilla  razón  de  que  serlo  ha  sido  en  España  durante  muchos  siglos  lo  más  normal  del  mundo.  Hoy,  cuando  se  dice  ‘escritor católico’ se quiere, en el fondo,  caracterizar  al  escritor  como  un friqui o un desfasado. Y esto es radicalmente  falso:  yo  me  considero escritor de mi tiempo, con las inquietudes propias de mi tiempo, iluminadas  a  la  luz  de  una  tradición  que  considero  más  vigente  que nunca. Tan vigente y subversiva del falso orden establecido que por ello mismo ha sido expulsada a los arrabales”.

Ante la crisis que vive el mundo que queda patente en la deriva moral, política y económica de Occidente, De Prada considera que la solución la aporta “nítidamente” el “pensamiento social cristiano”.

Así lo argumenta: “La  autoridad  política tiene que volver a ser árbitro y no lacayo de los intereses económicos. Hay que volver a estimular las  economías  locales  y  nacionales,  y  tender  hacia  una  propiedad  cada  vez  más  repartida,  que  es  exactamente  lo  que  pretenden  evitar   las   fuerzas   plutocráticas   transnacionales. Si tú, en lugar de hacer  billonario  a  Amazon,  consigues  crear  un  tejido  de  pequeños  propietarios,  vas  a  conseguir  que  la  riqueza  se  reparta  más.  Y,  a  la  vez,  vas  a  robustecer  los  vínculos  comunitarios:  el  prójimo  volverá  a  tener  rostro.  Y  crearemos  sociedades mucho más arraigadas, con familias  más  unidas,  a  la  vez  que  el  problema  de  la  inmigración  se  reduciría  drásticamente.  Por  eso  digo  que  los  gobernantes  son  lacayos de la plutocracia: al aceptar su designio de concentración de la riqueza y la propiedad en muy pocas  manos,  arrasan  las  economías  nacionales  y  locales,  los  vínculos  humanos,  el  arraigo  de  los  seres  humanos, que además ya no quieren  tener  hijos  (Chesterton  sabía  que  antinatalismo  y  capitalismo  son haz y envés de un mismo problema).  Provocan  una  terrible  demolición antropológica”.

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