Jueves, 19 de septiembre de 2019

Religión en Libertad

Una metáfora sugerente

El tenis es católico, el golf protestante

Al final, el pesimismo luterano siempre acaba apareciendo como opuesto a la esperanza católica, canalizada por el sacramento de la confesión.

Sergio García y Rafa Nadal.
Sergio García y Rafa Nadal.
Se trata de una metáfora, desde luego, pero sirve para una pequeña reflexión sobre el pecado y la gracia, y sobre los efectos, sanadores en la raíz (posición católica) o meramente de cobertura (posición protestante) del perdón de Dios. Al final, la idea de la corrupción absoluta de la naturaleza que sostenía Lutero termina aflorando como una de las herejías en la historia de la Iglesia que más militan contra la esperanza cristiana.

Quien plantea la cuestión es un personaje del drama The old boy, de A.R. Gurney, estrenado en 1991 y que está representando estos días la Keen Company en el Teatro Clurman de Nueva York. Y esto ha suscitado el recuerdo de las palabras de uno de los personajes, Dexter, un pastor episcopaliano que no duda en lanzar la afirmación: "En el tenis la posibilidad de salvación es infinita, en el golf impera la predestinación protestante".

El ministro lanza esta idea en respuesta al lamento de otro personaje, la anciana Harriet: "En el tenis, cada juego, cada punto, permite una nueva oportunidad. Todo lo contrario que en el golf, donde arrastras un error en el primer hoyo hasta el final del recorrido".

Queda así planteada la gran disyuntiva: la absolución del sacerdote católico limpia el alma auténtica y verdaderamente y permite un nuevo comienzo, como el tenista que, dos sets abajo, con 5-0 y 40-0, aún puede remontar el match ball y ganar el partido; por el contrario, la justificación cosmética que plantea el protestantismo, en la que los pecados no se imputan, pero continúan ennegreciendo el alma, se parece al golfista que comete un doble bogey a las primeras de cambio, y sabe que, salvo milagro, perderá el Masters de Augusta.

Un momento de la representación.
La comparación tiene aún más sentido si tenemos en cuenta el argumento de la obra. Sam, candidato a gobernador, visita su antiguo colegio, donde revivirá los fantasmas de su pasado: la muerte de Perry, un alumno de quien fue mentor en sus años estudiantiles. La madre de Perry es Harriet, una mujer atormentada por la homosexualidad de su hijo. Ella quería, y creía que él podía, superar sus prácticas juveniles en ese sentido, mientras que Perry consideraba que tendría que arrastrarlas hasta el final de sus días. Acabó muriendo de sida, pero su madre consiguió ocultarlo contándole a todo el mundo que se debió a una sobredosis. Pero todo saldrá a la luz con la llegada de Sam, justo cuando Harriet acaba de financiar en el colegio... una cancha de tenis.

Lo cual suscita la conversación que permite la citada metáfora. Que no tiene más valor que recordar, justo en Semana Santa, el valor redentor de la Cruz y el lugar donde pueden ganarse sus efectos: el confesonario. De allí se sale (a la espera de purificar el reato de pena en el purgatorio) limpio como la patena y sanado en la raíz. O, dicho de otra forma: punto, juego, set y partido.


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