Corrales Muñana: nos ocupamos de los mártires (1)
La Jornada Martirial en Cáceres se celebró el pasado 14 de febrero

El párroco de Jaraíz de la Vera, Rvdo. Sr. D. Juan Antonio Corrales Muñana durante su intervención.
Después de haberos ofrecido el texto, esta vez hemos decidido hacerlo así, de la conferencia del doctor Martín Ibarra Benlloch, os ofrecemos la conferencia que acabamos de subir a YouTube.
El párroco de Jaraíz de la Vera, provincia de Cáceres y diócesis de Plasencia, ha tenido a bien ofrecernos el texto de su intervención:
DE LA CALLE AL ALTAR Y DEL ALTAR A LA CALLE
Mesa Redonda. Seminario Cáceres, 14 de febrero de 2026.
El título de esta mesa redonda, entiendo que quiere hacernos descubrir la actualidad de aquellos que como nosotros han intentado vivir su fe en un determinado contexto histórico, y que bien por sus virtudes heroicas o el motivo de su muerte hoy podemos contemplar en los altares. Personas que como cualquiera de nosotros quisieron ser coherentes en su vida, y tuvieron claro que fe y vida están intrínsecamente unidas, lo que les ha llevado al reconocimiento por parte de la Iglesia como santos o beatos.
Hoy nos ocupamos de los mártires como dice el lema de nuestra jornada. Cuando hablamos de mártires, con frecuencia nuestro pensamiento se traslada hasta los comienzos de nuestra era para recordar a aquellos que sufrieron el martirio durante las persecuciones del Imperio Romano, o alguno posterior cuyo culto ha experimentado una gran difusión.
Sin embargo, hoy ponemos nuestros ojos, en acontecimientos más recientes; los mártires de la persecución religiosa en España durante el siglo XX, que a pesar del ambiente hostil, supieron estar a la altura y anteponer su fe a todo lo demás, sabiendo que tal opción supuso en muchos casos firmar su sentencia de muerte.
Por acotar un poco el tema, me centraré en los sacerdotes diocesanos de Plasencia, que fueron asesinados durante los primeros meses de la Guerra Civil, un total de 26 y de los cuales 19 se encuentran incluidos en el proceso abierto en la diócesis para su beatificación, encabezados por el sacerdote diocesano D. Benedicto Barbero; por ser los que fueron martirizados dentro de los límites diocesanos. Sin olvidar a los laicos, que aunque no incluidos en el mismo, y muchas veces en el anonimato, en muchas ocasiones no fueron perseguidos no solamente por sus ideas políticas, sino por el mero hecho de asistir a misa, rezar en público, o llevar una medalla religiosa colgada del pecho. Todos ellos demostraron un valor y entereza encomiables, que, pese a conocer en muchos casos cual iba a ser el desenlace, se mantuvieron firmes en sus convicciones y se negaron a renunciar a lo más valioso para ellos que era su fe.
Esa entereza en esos momentos difíciles es lo que les ha llevado a que hoy les contemplemos como modelos a seguir.

Monseñor Rocha Pizarro fue primero obispo auxiliar de Toledo. El 12 de octubre de 1930 junto a varios obispo mártir de Cuenca y el cardenal Segura entre otros.
Ya entonces, obispo diocesano D. Feliciano Rocha Pizarro [en la foto, sobre estas líneas, el primero por la derecha], después de haber recopilado la información detallada de todo lo que había sucedido, y calificándolos como verdaderos mártires en el sentido estricto de la palabra, hasta que la Iglesia se pronunciara de forma oficial, en una carta dirigida a todos los diocesanos el 18 de enero de 1939, dice: a ellos rendimos el homenaje de nuestra admiración a su grandeza, de nuestro loor a su heroísmo, de nuestra devoción a su santidad, de nuestro reconocimiento a su ejemplo, de nuestro para bien a su triunfo, y el de nuestra promesa así mismo, de que, con ayuda de Dios, calcaremos nuestras pisadas en los caminos apostólicos, sobre las huellas de su gloria sangrienta.
Como vemos, los propone como modelos a imitar, ya que su valentía debía de ser estímulo para los creyentes diocesanos y su sacrificio recordado como ejemplo de entrega total. El testimonio de sus vidas, pero sobre todo su valentía ante el martirio, es propuesto como modelo a seguir, que no debía ser olvidado.
Antes del inicio de la Guerra, los obispos hicieron todo tipo de recomendaciones a sus sacerdotes para que se mantuvieran al margen de los asuntos políticos, que éstos acataron celosamente. El mismo cardenal Gomá , cuyas palabras hará suyas el obispo de Plasencia, recomienda a sus sacerdotes:
Os recomendamos y, si fuera preciso, os mandamos que os abstengáis de intervenir en cuestiones políticas, de pertenecer a partidos políticos, sea cual fuere su denominación. No convienen al sacerdote, que ha de ser todo para todos, esas luchas que apasionan los ánimos, son causa de divisiones, engendran recelos y desconfianza y, cuando menos, absorben tiempo y energías que los ministros de Dios han de emplear en más altos menesteres. Sea vuestra única política servir a Dios y a las almas… aun en vuestras conversaciones resplandezcan siempre la ecuanimidad, la moderación y espíritu de caridad. Prohibimos de la manera más absoluta que en la cátedra sagrada se trate de cuestiones políticas.
Sed corteses con las autoridades civiles, mostrando que deseáis la concordia y que sois amadores de la paz. Si os fuera preciso defender los derechos de la Iglesia, hacedlo con celo y entereza: pero discretamente, sin violencias de lenguaje…
Sin duda que estas recomendaciones, enviadas a los sacerdotes de Plasencia estuvieron muy presentes en su día a día, prueba de ello era la valoración y respeto que los sacerdotes seguían teniendo en sus pueblos al no inmiscuirse en los asuntos políticos, sino dedicándose íntegramente a su labor sacerdotal; datos que podemos observar en las listas posteriores que se realizan para la Causa General, donde en el apartado de afiliación política en muchos casos aparecía en blanco o con la inscripción “sin afiliación”. Sus feligreses no los veían como una amenaza, todo lo contrario en su mayoría los eran respetados y valorados, aunque en ocasiones tuviesen que hacer frente a vejaciones procedentes de los sectores más radicales de cada localidad. De aquí, que en la mayoría de los casos, los encargados de su detención fuesen milicianos venidos de fuera, que soliviantando alguno de los oriundos del pueblo, se dirigían directamente en busca del sacerdote para llevar a cabo su detención y ejecución.