Fernando Gutiérrez, de la guerra a la misión: cómo una llamada transformó su destino
“La paz y la alegría que hoy hay en mi corazón no se pueden comprar ni con todo el oro del mundo"

Fernando Gutiérrez, delante del hospital Al Shifa, Gaza, durante la cobertura de la guerra.
A los 18 años, Fernando Gutiérrez pensó que Dios ya no tenía demasiado que decir en su vida. Durante un tiempo su camino tomó otras direcciones, hasta que la realidad —dura, concreta, a veces brutal— comenzó a interpelarle desde su trabajo como periodista. Cubriendo los saltos a la valla de Melilla y como corresponsal en la guerra de Gaza, se encontró cara a cara con el sufrimiento humano y, en medio de él, con algo que no esperaba redescubrir: el Evangelio vivo en los más frágiles.
Aquella experiencia fue transformando su vida hasta llevarle a fundar Mary’s Children Mission, una misión dedicada a acompañar a madres y niños en situaciones extremas en los slums de Nairobi. Pero su historia aún guardaba otro capítulo inesperado. El 12 de octubre del año pasado emprendió una peregrinación que parece de otro tiempo: caminar desde el Monasterio de Santo Toribio de Liébana hasta Belén.

Fernando Gutiérrez, Gaza, durante la cobertura del conflicto.
Esta entrevista tiene para mí un significado especial, porque Fernando no es solo el protagonista de esta historia: es también compañero corresponsal, de esos con los que uno comparte oficio y mirada. De aquellos años aprendimos algo que el periodismo enseña tarde o temprano: que contar la realidad, cuando se hace de verdad, termina cambiándote por dentro. Leer ahora su testimonio —el de alguien que dejó todo para seguir una llamada más grande— no puede sino conmover.
De periodista en zonas de conflicto a misionero: ¿Qué pregunta sobre la vida y la fe te llevó a dejarlo todo y si la peregrinación hacia Belén fue el detonante que confirmó tu decisión de dedicarte por completo a la misión?
La pregunta es clara y la respuesta a esa pregunta es la misma que lleva produciéndose desde hace más de dos mil años.
Pregunté: ¿Qué quieres de mí? A lo que Jesús respondió: “Déjalo todo y sígueme”.
Y dejando las redes, en mi caso la cámara y los micros, Le seguí. No por hacer algo bonito, no por ayudar a los más necesitados en Calcuta, sino porque la fuerza con la que me decía “déjalo todo y sígueme” era tal que no podía decirle que no.
La peregrinación a Belén fue consecuencia de la misión y no al revés. Para entender la misión por la vida que Nuestro Señor me ha encomendado, Él mismo me invitó, a través del sacerdote que me acompaña desde hace años, a ir al origen de la vida, al lugar en el que nació la vida, el bebé que cambió la historia de la humanidad. Solo así podía entender mejor en qué consistía y en qué consiste la misión por los niños que van a nacer y por sus madres.

Fernando Gutiérrez, durante la guerra en Gaza.

Fernando Gutiérrez, junto con una Misionera de la Caridad y un sacerdote en Calcuta.
Caminar miles de kilómetros deja huellas físicas, pero también espirituales. Mirando atrás, ¿Qué huellas invisibles crees que dejó la peregrinación en tu alma?
La más importante es la huella del Amor, la de ser más consciente que nunca de que todo ha sido creado por AMOR y desde el AMOR. Para mí, para todos… cada detalle de la creación es fruto de ese amor infinito que Dios no pudo ni puede guardarse para sí.

Fernando durante la peregrinación de Santo Toribio de Liébana a Belén.
Dicen que los caminos enseñan más que los libros. ¿Qué verdad inesperada sobre la condición humana descubriste mientras caminabas hacia Belén?
Descubrí que no confiaba tanto en Dios como pensaba antes de peregrinar. Descubrí mi pequeñez y la pequeñez de mi fe, mi falta de confianza en un Padre que no deja de demostrarnos que nos ama y que estará con nosotros, como prometió, todos los días hasta el fin del mundo.
Dejarlo todo implica renunciar a seguridades materiales y afectivas. ¿En estos años, en la que has dejado tu vida en manos de Dios, has sentido miedo o duda, y cómo lo has enfrentado?
Reconozco que el miedo estuvo ahí antes de dar el paso, dejarlo todo y seguir lo que Dios me estaba pidiendo. Una vez lo di, nunca he vuelto a dudar de que es Él quien me lleva, es Él quien hace todo y yo solo soy un privilegiado espectador de lo que Él va haciendo conmigo. Cuando le dejo, claro.

Fernando, peregrino a Belén.
Si la peregrinación fue un diálogo con Dios y contigo mismo, ¿Qué silencios fueron más elocuentes que cualquier palabra?
El silencio de todo lo creado. Madre Teresa decía: "Dios habla en el silencio del corazón". Tantas horas de silencio y soledad, en camino, me ayudaron a disfrutar y a ser consciente hasta de los más pequeños detalles. No me imagino a Dios gritando: ¿Has visto que atardecer te he preparado hoy? O ¡vaya paisaje tan perfecto me ha quedado! Dios todo lo hace en silencio, sin hacer el ruido que haríamos nosotros en su lugar.

Fernando, durante su tiempo en Calcuta.
La cruz y la vida: tu peregrinación literalmente atravesó esta metáfora. ¿Qué partes de tu vida sentiste que murieron y qué partes renacieron en el camino?
Peregrinar desde Santo Toribio hasta Belén me ayudó también a conocer mejor a Dios y a Su Iglesia. A medida que avanzaba, mis pies iban llevándome hacia el origen de todo, al lugar en el que Dios se hizo niño, al lugar en el que Jesús venció a la muerte y a los rincones y las ciudades que vieron nacer y crecer a Su Iglesia, la Santa Iglesia Católica.
Murió en mi la tendencia al conformismo o la mediocridad. Ante un Dios que se da por completo, que entrega Su Vida en la Cruz, no caben respuestas a medias. O todo o nada, que diría la Hermana Clare.
Muchos ven la misión como heroicidad; tú también como camino de humanidad. ¿Qué contradicciones y paradojas personales descubriste sobre tu propia vocación?
Hace poco le dijo alguien a mi padre: “que duro el camino de tu hijo, que dura su vida”, a lo que mi padre respondió con gran acierto en mi opinión: “Mi hijo no sería feliz de otra manera”. Es verdad. No hay dinero ni vida “cómoda” que pague mi felicidad. Mi corazón y el tesoro que encontré hace ahora diez años no tienen precio.
Los mismos que me decían que estaba loco, que no dejara todo por irme a vivir a Calcuta y seguir lo que mi corazón me decía, hoy me dicen que es bonito lo que hacemos, que les encantaría hacer algo parecido, que soy afortunado por hacer lo que quiero y no lo que el mundo me decía que hiciera. Repito, la paz y la alegría que hoy hay en mi corazón no se pueden comprar ni con todo el oro del mundo.

Fernando Gutiérrez, en Kenia

Fernando con niños en Kenia.
Finalmente, mirando tu vida hasta aquí desde la perspectiva del misionero y del ser humano, ¿Qué descubrimiento sobre la fe crees que pocos se atreven a reconocer?
Hace unas semanas escuché al gran Fabrice Hadjaj decir: “Del encuentro con Jesús no se puede salir ileso”. A nadie deja indiferente. O lo ignoras o aceptas que tu vida cambiará para siempre. ¡Qué gran verdad!
Creo que pocos se atreven a reconocer que dar el paso que Jesús nos propone, escuchar aquello que el Evangelio, palabra de Dios viva, nos susurra al oído, significa entregar las riendas de nuestra vida a otro, a Dios en este caso. Y eso es incómodo para el que quiere vivir a su manera, esclavos de nuestro yo o de aquello que nos apetece en cada momento. Buscamos y encontramos, por desgracia, mil excusas para que sea Dios quien se adapte a nuestros planes en lugar de confiar, como un niño en brazos de su padre, nosotros en los suyos.

Fernando, sosteniendo en brazos a Fernando, el primer bebé al que ayudó en Marruecos. El pequeño Fernando ya tiene 11 años y vive en un pueblo de Navarra.

Mary´s Children Mission, Kenia.

Un bebe nacido en Mary´s Children Mission, Kenia. .