Religión en Libertad

Cuando todo va bien y aun así desconfío: aprender a creer también en la gracia

Desconfío cuando todo encaja porque durante mucho tiempo he aprendido a vivir en modo resistencia, a sostener, a aguantar y a no dar nada por sentado

"Aprender a creer en la gracia

Creado:

Actualizado:

No sé ustedes, pero yo desconfío. Es un reflejo automático, como respirar o comprobar por tercera vez si he cerrado la puerta. Cuando los planes salen, cuando nadie cancela, cuando todo encaja con una precisión sospechosa, algo dentro de mí se activa. No es miedo. Es incredulidad. Esa voz interior que susurra, con educación pero con firmeza: “Esto está yendo demasiado bien”.

Desconfío de lo bueno cuando llega sin tropiezos. De los días sin sobresaltos. De las semanas que no exigen improvisar. Me cuesta creer en la armonía sostenida, en los engranajes que giran sin ruido. No porque no la desee, sino porque la experiencia me ha educado en la letra pequeña. La vida rara vez avisa cuando va a cambiar de opinión, y una aprende a no aplaudir antes de tiempo.

Pero esta desconfianza no es solo psicológica. Tiene una raíz más profunda. Una raíz espiritual.

He pasado muchas horas sentada en bancos de iglesia, frente al Sagrario, pidiendo. A veces con palabras precisas, casi técnicas. Otras, con ese lenguaje torpe que usamos cuando no sabemos exactamente qué queremos, pero sabemos que lo necesitamos. He pedido con fe, con insistencia y también con cansancio. He pedido creyendo —de verdad— que Dios escucha. Y muchas veces, lo que pedía llegaba.

Y ahí empieza lo verdaderamente desconcertante.

Porque cuando llega lo bueno, cuando Dios responde sin dramatismo ni efectos especiales, mi primera reacción no siempre es la alegría plena. Es la sospecha. Un leve “¿seguro?”. Como si el alma necesitara comprobar dos veces que la gracia es real, que no se trata de un error administrativo del cielo o de una concesión provisional.

Quizá porque aprender a recibir es más difícil que aprender a pedir.

Durante mucho tiempo he vivido en modo resistencia. Sostener. Aguantar. No confiar del todo. No dar nada por asegurado. Y cuando de pronto la vida se vuelve amable, el corazón tarda en adaptarse. No por falta de fe, sino por memoria. La fe recuerda. El cuerpo también. Ambos saben lo que es perder.

Y, sin embargo, hay algo sorprendentemente honesto en esta desconfianza. Porque me obliga a detenerme. A mirar mejor. A no pasar por alto lo que antes fue súplica. Me obliga a reconocer que Dios no solo habita en el esfuerzo, sino también en la calma. No solo en la lucha, sino en el regalo. Que la gracia no siempre llega envuelta en épica; a veces llega sin ruido, y eso desconcierta más.

Entonces sonrío. Una sonrisa discreta, casi irónica. De esas que levantan ligeramente la ceja ante la evidencia de que Dios vuelve a sorprenderme. Es un humor fino, casi gallego: agradecer sin efusividad, aceptar sin dramatizar, admitir —con cierta elegancia— que no lo vi venir.

Desconfío, sí. Pero no cierro la puerta. No huyo de lo bueno. Lo recibo con cautela, con gratitud y con una oración silenciosa que no pide nada más, solo dice: “Ayúdame a creer que esto también viene de Ti”.

Porque cada vez que todo va bien, cada vez que la vida se ordena sin que yo la empuje, descubro algo esencial: Dios no solo responde a nuestras súplicas, también nos educa en la alegría. Y aprender a confiar en lo bueno —sin esperar la caída, sin anticipar la pérdida— es quizá una de las formas más exigentes de fe.

Así que sí, desconfío cuando todo va demasiado bien. Pero me quedo. Me siento. Doy gracias. Y aunque observe la escena con cierta incredulidad, dejo que la gracia haga su trabajo. Porque incluso cuando dudo, Dios sigue siendo fiel. Y eso, con o sin desconfianza, sigue siendo un pequeño milagro cotidiano.

Suscríbete

y recibe nuestras noticias directamente