Religión en Libertad

Así transforma un sacerdote su parroquia: el caso del padre Ignacio del Rey

No me lo han contado: lo he visto. En Morón, San Miguel y San Francisco despierta; un sacerdote vive su misión hasta el final y la fe se entrega, no se gestiona

Charla de formación, parroquia San Miguel y San Francisco, Morón. Sevilla

Charla de formación, parroquia San Miguel y San Francisco, Morón. Sevilla@ignadelrey

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Hay misiones que no se explican en un decreto ni se miden en plazos pastorales. Se entienden solo cuando uno las ve con sus propios ojos. No me lo han contado: lo he visto. Y cuando eso ocurre, el laico —tan dado a veces al escepticismo práctico— no puede sino rendirse ante una evidencia incómoda para los prejuicios: un buen sacerdote puede cambiarlo todo.

Aceptar una misión en la Iglesia no es poca cosa. Aceptarla con alegría ya es una virtud. Pero aceptarla y bordarla con honores, como si se tratara de una vocación dentro de la vocación, eso ya entra en otra categoría. Algo así es lo que está ocurriendo en Morón, en esa parroquia que uno mira desde fuera y piensa, con cierta ironía devota, que si no es catedral es por pura discreción histórica. San Miguel y San Francisco no solo impresiona por su porte; hoy impresiona, sobre todo, por su pulso.

Al frente está el padre Ignacio del Rey Molina, sacerdote diocesano de Sevilla. Y conviene decirlo claro desde el principio: no estamos ante un fenómeno de marketing pastoral ni ante un activista con sotana. Estamos ante un sacerdote que se cree su ministerio hasta las últimas consecuencias. Que cree en Dios, cree en la Iglesia y cree —esto ya es casi heroico— en que las cosas bien hechas, sostenidas en oración, dan fruto. Como él mismo dice: “Nada es para mí, todo es para Él. No quiero más que poner su nombre en la boca de los hombres”.

Cuatro meses. Solo cuatro. Y la parroquia no para. Jóvenes que aparecen donde antes había silencio, formaciones donde antes había rutina, Hermandades acompañadas con criterio y cercanía, vida sacramental cuidada, orden sin rigidez y alegría sin superficialidad. Nada espectacular en el sentido vacío del término; todo profundamente eficaz en el sentido evangélico. Como si alguien hubiera recordado que la parroquia no es un edificio, sino un organismo vivo.

Aquí es donde la ironía se impone sola: el padre Ignacio trabaja con la eficacia de un Navy Seal, pero su gran aliado no es la logística ni la estrategia, sino Cristo. Y eso se nota. Porque sabe de la vida, sabe de Dios y —bendita combinación— sabe de gestión en estas lides tan concretas y tan poco románticas que son las almas, los horarios, los grupos y los conflictos pequeños que, mal atendidos, se convierten en grandes.

Nada de improvisaciones piadosas. Nada de espiritualismos desordenados. Hay visión pastoral, hay prioridades claras y hay algo que hoy escasea incluso dentro de la Iglesia: responsabilidad sacerdotal. Esa que entiende que el ministerio no es una identidad abstracta, sino un servicio encarnado en un lugar, en un pueblo y en un tiempo concretos.

Y lo más llamativo es que todo esto no nace del afán de protagonismo, sino de la obediencia bien vivida. Alguien acepta una misión confiada por su obispo y, lejos de administrarla con mínimos, la vive como si fuera decisiva. Porque lo es. Cada parroquia lo es. Cada alma lo es. Y cuando un sacerdote actúa desde esa convicción, el pueblo lo percibe casi de inmediato.

Como laica, confieso algo que quizá debería decirse más a menudo: ver a un sacerdote así dinamita los tópicos de los habituales críticos de la Iglesia. Una Iglesia, no ideal, pero si una real. La que a veces parece cansada, pero que revive cuando encuentra pastores que no se administran a sí mismos, sino que se entregan.

Morón lo está viendo. Yo lo he visto. Y por eso merece ser dicho sin complejos: la labor de un buen sacerdote —como el padre Ignacio del Rey— no solo sostiene una parroquia; devuelve la esperanza de que la Iglesia, cuando quiere, acierta de lleno.

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