La diferencia entre Vivir y sobrevivir
Reinterpretando mi propia historia.
Hombre escuchando.
Tengo un buen amigo que siempre se mete conmigo (ese pique que surge del cariño y la confianza) y me dice con sorna que le encantan mis “frases de sobre de azúcar”. Ya sabéis, esas reflexiones que buscan hacernos reflexionar o simplemente entretenernos, cuando tomamos café en la terraza de algún bar.
Pues bien, quizás a alguien más puedan serles útiles mis “frases de sobre de azúcar” y es por ello que he decidido compartirlas con el mundo.
Pero para comprenderlas realmente, antes es necesario poner en contexto cada una de esas vivencias que han fructificado en dichos aprendizajes.
- Sed de afecto
La mía es una familia numerosa y yo siempre tuve un carácter alegre e inquieto. En casa, al ser tantos, era preciso establecer cierto orden y había “que portarse bien” para que todo no se desmadrara.
Pues bien, quizás en mi niñez yo no me portara “tan” bien. De hecho, en mi familia son famosas mis trastadas y aventuras, a veces incluso peligrosas, que pusieron a todos en tensión en más de una ocasión. Así que mi comportamiento requirió mucha disciplina por parte de mis padres. Yo no entendía por qué tenía que reprimir mi espíritu indómito y en muchas ocasiones sólo sentía incomprensión.
Mi madre era la encargada de mantener el orden y, hasta hoy, todo tiene que hacerse a su manera. Es una buena mujer, pero pienso que la empatía nunca ha sido su punto fuerte. Por tanto, frente a su rigidez y seguridad absoluta, yo acabé interiorizando que mi visión de la realidad, si no coincidía con la suya, debía estar equivocada.
Mi padre siempre estaba trabajando y cuando llegaba a casa estaba cansado del trabajo. Además, nunca llegamos a congeniar del todo en la forma que ambos teníamos de ver la vida. Yo deseaba con fuerza una conexión que nunca sentí y, probablemente, a él le ocurriera lo mismo conmigo, porque no dudo de que me quería con locura. ¡Deseaba tanto que él se sintiera orgulloso de mí! Pero nunca conseguí cumplir con sus expectativas y contentar a mi padre siempre fue una misión imposible; él no podía evitar hacer siempre una lectura negativa de mis actos, de mis logros, de mis aspiraciones... y, por su puesto, de mis errores. Siempre sentí que, hiciera lo que hiciera, no daba la talla y que era una decepción para él.
Los hermanos siempre hemos tenido buena relación. Eso sí, todos vivíamos inmersos en la dinámica familiar regida por mis padres, donde siempre hubo algún predilecto que se aprovechaba de ese poder que da saberse protegido para salirse con la suya sobre los demás más desfavorecidos por este hándicap. Los de carácter más parecido a mi madre o los que sabían contentarla mejor, ostentaban ese poder.
Realmente considero que tuve una familia normal, más bien diría que buena, pero todas estas circunstancias, unidas a mi carácter sensible, acabaron por convertirme en una persona insegura, sedienta de afecto. Y, ahora lo sé, me convirtieron en lo que se conoce en inglés como “Adapted Child”, quien actúa según lo que “debe” hacer y no según lo que siente, un Falso Yo que existía para intercambiar complacencia por palabras de reconocimiento, satisfacción de los demás o, al menos, ausencia de conflicto.
Así era como cada día salía al colegio o a la calle para relacionarme con mis pares y, claro, con el olfato que niños y niñas tienen para detectar al débil, yo era presa fácil. Si a esto sumamos que nadie me enseñó nunca a defenderme... pues, digamos que nunca conseguí sentirme parte de un grupo que me quisiese realmente.
Años de supervivencia entre los “marginados”, cambios de colegio, ausencia de actividades deportivas o de equipo... llegué a la adolescencia en una situación de bastante aislamiento y desesperanza de la vida.
Aún no era una persona triste, pero sí muy frustrada interiormente. Muchas veces, cuando no veía posibilidad de manifestar mi Verdadero Yo o, peor aún, cuando lo manifestaba y sentía rechazo por ello, se despertaba en mí una rabia y un sentimiento de injusticia que no podía más que tragarme.
Y así estaba mi corazón cuando descubrí la sexualidad. Seguro que ya imagináis lo que viene... no fue para nada una etapa bonita de mi vida. Además, aún era demasiado joven, ni siquiera me había desarrollado todavía y no tenía madurez psicológica, física, ni emocional para las dinámicas en las que comencé a caer.
Hubo acciones en solitario, pero peor aún, encontré a otra persona de mi mismo sexo en quien volcar sexualmente toda esta frustración. Alguien que me consentía todo e incluso lo alimentaba, alguien a quien humillar y dominar, alguien con quien llevar al extremo todo lo que quería probar. Porque no estoy hablando de una relación bonita o de actos exploratorios, suaves, comedidos... Hablo de los momentos más turbios de mi vida que se prolongaron durante años.
Jamás me sentí feliz con esta versión de mí. Aquello que hacíamos no estaba bien, yo lo sabía e incluso intenté romper con todo esto montones de veces, pero se convirtió en mi única vía de escape y en un vicio imparable. De cara a todos era una persona encantadora, en la sombra descargaba sexualmente todo mi resentimiento.
Montones de veces dije al terminar que “había sido la última vez”, pero nunca lo era. Sin embargo, a los dieciséis años dije “se acabó” por última vez, porque así fue. Todavía hoy es para mí un misterio cómo pude romper con aquella relación que me dañaba y dañaba a la otra persona. Un regalo del Cielo.
Porque yo era creyente y practicante, aunque lo que realmente vivía era un moralismo insoportable.
- Primera frase de sobre de azúcar: “La pena es adictiva”
Pero, como con las leyes de la física donde toda acción origina una reacción, las consecuencias de mis actos acabaron por pasarme factura. Al año de que todo acabara, esta persona rompió su careta y comenzó a vivir públicamente lo que anteriormente habíamos vivido en privado y que yo había dejado de darle.
Aunque me asustó poder quedar al descubierto, lo que realmente originó esto en mí fue un sentimiento de culpa profunda y arrolladora. El pensamiento de que “yo había destrozado la vida de esta persona” se adueñó de mi mente y desgarró mi corazón.
La amargura se convirtió en mi droga, porque hubo momentos en los que ya ni siquiera quería estar feliz. Creo que sólo quién ha pasado por este estado puede comprender la adicción que supone la tristeza; como un agujero de autocompasión del que al final eliges no salir o un dolor familiar que prefieres no sustituir por otro desconocido del que temes que quizás sea aún peor.
Admito que lo que me salvó de hacer algo irremediable no fue más que mi cobardía.
¿A quién recurrir en estos momentos? Ya os he contado la situación con mis padres ¡¿cómo iba a decepcionarlos así?! ¿Mis hermanos? Ni siquiera se me pasó por la cabeza; no tenía con ellos la confianza suficiente como para compartirles algo así. ¿Dios? ¡Me merecía el infierno por lo que había hecho! ¿Amigos? ¡¿Qué amigos?! Me separé de las pocas amistades que tenía porque pensaba que no las merecía y sentía tal vergüenza que no quería que nadie se me acercara, no fuera a ser que viera en sus caras reflejado el asco que yo ya sentía hacia mí.
- Mi encuentro con el Amor
Pero en aquellos negros momentos, una nueva amistad apareció en mi vida. Alguien que conocí en la parroquia y que acababa de salir de una depresión. Al momento me identifiqué con su vivencia de tristeza profunda, pero al ver su alegría actual comencé a desear salir de esa melancolía tras la que me había refugiado.
Una noche le confesé todo acerca de mi historia, de mis vicios sexuales, de mi confusión respecto a si me atraían los chicos… más por desesperación que por confianza, esperando encontrar repulsión en su ojos, pero no... con lo que me encontré fue con la compasión.
¡¿Cómo era posible?! Jamás lo hubiera imaginado. ¿Cómo podía alguien responder con afecto a una persona “tan mala” como yo? En mi mente no había lógica posible para esta asociación. Pero esto fue lo que ocurrió y revolucionó todo mi mundo.
Así que sí, me enamoré de esta persona ¡¿cómo no hacerlo si anhelaba profundamente un poco de afecto que calmara esa sed insoportable?!
Y comencé a seguirle en todo: sus amigos, mis amigos, sus gustos mis gustos, sus comportamientos mis comportamientos, su psicólogo... no, su psicólogo no me sirvió.
Cuando acudimos a su psicólogo, éste me dijo que mi supuesto problema sexual era un problema moral y que lo que debía hacer era librarme de mis prejuicios religiosos. Al instante supe que, a pesar de sus buenas intenciones, se equivocaba conmigo.
Seguía sintiéndome muy mal y ni siquiera esta amistad había podido salvarme; de hecho, su apoyo comenzaba a resentirse y la certeza de que mis sentimientos obsesivos no eran adecuados también comenzó a ser difícil de ignorar.
Entonces ¿qué hacer ahora? Y aquí tuvo lugar mi verdadero encuentro con el Amor.
Nuestro párroco era un sacerdote con bastante mal genio, pero con mucha sabiduría. Recurrir a él fue mi última carta, así que una tarde lo llamé, me senté con él en el salón de la casa parroquial y le conté todo.
Yo era como cadáver andante, ahogado por la pena y la vergüenza; es posible que ni siquiera llorara entonces a pesar de estar confesando lo que consideraba lo más ruin de mi vida. Y finalmente, cuando se hizo el silencio quedé esperando la sentencia que confirmara que yo era un ser despreciable.
Sinceramente no recuerdo sus palabras exactas, pero jamás he sentido tal comprensión, consolación y aceptación. Si anteriormente me había enamorado al sentir la compasión, ahora experimenté el verdadero Perdón y eso me transformó. Sólo un verdadero encuentro con el Amor de Dios podía revivir mi corazón destrozado. Si hoy me preguntas por mi fe, no puedo más que recurrir a este momento.
Fue algo real, no una magia, y por tanto seguí aún bastante tiempo en depresión. No obstante, algo nuevo había nacido en mi interior: una esperanza, un descanso, una dirección... que hizo que comenzara un camino de redención que me devolvió la alegría de vivir y el sentido de la existencia.
- Segunda frase de sobre de azúcar: “No te conformes”
Todo esto fue realmente estupendo y poco a poco salí de la depresión. Mi fe se vio fortalecida y mi vida siguió su curso. Pasaron los años, estudié, maduré, trabajé, me independicé... pero... un día me miré desde fuera, como quien observa la vida de otra persona, y me di cuenta de que era una vida mediocre y de mentira.
Mis demonios nunca se habían marchado del todo y mis confusiones sexuales tampoco, sólo los estaba ignorando, arrinconando y escondiendo bajo la alfombra, puesto que ahora me esclavizaban en forma de pensamientos impuros, miradas malintencionadas, pornografía y masturbación. Mi sexualidad malvivida me estaba pudriendo por dentro, impidiéndome establecer relaciones verdaderas, minando poco a poco mi autoestima, hundiéndome poco a poco en la soledad. Me aterraba volver a vivir experiencias pasadas, pero al mismo tiempo, los fantasmas de caídas similares a las de mi adolescencia se me insinuaban por el rabillo del ojo cada vez con más atractivo.
Estaba jugando con fuego y moviéndome por una pendiente resbaladiza que, sin prisa, pero sin pausa, me iba acercando cada vez más a aquella versión de mí que tanto había despreciado y tanto sufrimiento me había acarreado.
La verdad es que Dios siempre me ha bendecido con buenas amistades y fue una de ellas quien me aconsejó que buscara la ayuda de Elena y Juan Pablo, un matrimonio que podría ayudarme.
- Tercera frase de sobre de azúcar: “La diferencia entre Vivir y sobrevivir”
Pues bien, si mi encuentro con el Amor de Dios fue un acontecimiento cardinal en mi vida, el proceso que comencé con Juan Pablo supuso el descubrimiento de mi Verdadero Yo. Aprendí quién era de verdad e, igualmente importante, quién quería ser. Tomé conciencia de mi auténtico valor y de mis heridas profundas; pude identificar las dinámicas automáticas que me autosaboteaban y qué debía hacer para cambiarlas; experimenté que era una persona digna de ser querida y que podía querer a los demás con pureza y serenidad.
En mis primeras conversaciones con Juan Pablo, el proceso emprendido me generaba muchas dudas y me planteé dejarlo en más de una ocasión, pues pensaba que nadie sería capaz de comprenderme. Pero me equivocaba. Era yo quién no sabía realmente interpretar mi propia historia, quién no era capaz de leer sus consecuencias en mis pautas de comportamiento o mis emociones actuales, quién no identificaba cuáles eran mis auténticas necesidades.
Nada de todo esto fue sencillo, de hecho, hubo cuestionamientos profundos y pruebas duras, ya que no todo consistía en “entender”, sino también en “hacer” para cambiar. Pero siempre he tenido mucha voluntad ¡y había tanto que ganar!
La completa sinceridad conmigo y con Juan Pablo era básico, y muy doloroso a veces; confiar en su criterio y afrontar retos de los que no me creía capaz; modificar formas de relacionarme con la familia, en el trabajo, con los amigos... trabajar el cuerpo, a la vez que formar la mente y alimentar el espíritu; aprender a vivir una vida coherente e integrada.
He de decir que durante el proceso aún hubo muchas ocasiones en que buscaba alivio en la pornografía y la masturbación cuando mi frustración, cansancio, vergüenza... superaban mis fuerzas o motivación. Pero los cambios que estaba experimentando me fueron convirtiendo en otra persona, una que ya no necesitaba recurrir a estas compensaciones, una más fuerte, coherente con sus propósitos e íntegra en todos los sentidos.
Especialmente duro fue descubrir mi herida de autodesprecio. Había cubierto con perfeccionismo un miedo atroz a mirarme de frente y sin caretas, porque veía a alguien débil, cobarde, vergonzoso... en el fondo, yo pensaba todas estas cosas de mí, pero no quería admitirlo, no podía. Pero esta brecha se estaba tragando toda mi autoestima, mis fuerzas, mi seguridad... Aprender a quererme tal y como era no fue nada fácil, pero trajo consigo una firmeza y autonomía que nunca hubiera imaginado.
Así que finalmente comprendí que había estado conformándome con una vida chata. Más aún, entendí que yo me merecía algo mejor, porque todos estos esfuerzos fueron fructificando sin darme cuenta en un cimiento de satisfacción, orgullo, paz y certezas que me permitieron darme cuenta de cuan diferente es Vivir de sobrevivir.
- Cuarta frase de sobre de azúcar: “La llave maestra de la sinceridad y la navaja suiza de la compasión”
Este proceso también me ha permitido conocer a otras personas en mi misma situación y en alguna reunión yo he insistido en dos aprendizajes básicos, dos herramientas irremplazables para avanzar en mi proceso de trasformación: la sinceridad y la compasión.
Ser absolutamente sincero consigo mismo y con tu coach es realmente difícil, porque sientes que existe una fractura entre lo que se supone que deberías hacer y lo que haces, lo que deberías pensar y lo que piensas, lo que deberías sentir y lo que sientes, lo que deberías ser y lo que eres... una fractura que te llena de miedo al desprecio propio y por parte del otro.
Pero si se tiene el valor de mirar esa fractura directamente, por más grande y oscura que parezca, si se tiene el coraje de mostrarla ante quien puede entenderla, por más vergonzoso que sea, lo que se descubre es lo fácil que resulta cerrarla a fuerza de compasión. Yo encontré eso: compasión, comprensión, apoyo, paciencia, confianza...
No es que Juan Pablo siempre me comprendiera al 100% y a veces había disonancias, pero el vínculo forjado en la compasión siempre me permitía mostrarme sin esconder nada porque nunca sentí rechazo. Sentía que me retaba, me corregía con fuerza a veces... pero siempre sentí que me valoraba. Y eso me permitió valorarme y quererme yo también, y comenzar igualmente a tenerme toda la compasión que me merecía.
Así que sí, la clave de todo mi proceso, las herramientas a las que siempre he podido recurrir y que me han permitido afrontar la gran mayoría de mis obstáculos han sido la brutal sinceridad y la compasión incansable.
- Renuncias y madurez
De modo que, a día de hoy, puedo reflexionar con mayor objetividad sobre todo lo ocurrido. Y ante mis preguntas ¿fue culpa de mi familia? ¿de mis pares? ¿fueron las circunstancias o la vida? Me doy cuenta de que estaba planteando las preguntas incorrectas.
Todo mi proceso me ha hecho darme cuenta de cuánta inmadurez y falta de responsabilidad había en mi vida. Y no lo digo como un autorreproche, sino como una realidad que me ha motivado para renunciar a mis esquemas infantiles y convertirme en una persona adulta orgullosa de sí misma, de los retos asumidos, los esfuerzos invertidos, las metas alcanzadas y de lo que aún tiene por recorrer.
Convertirse en adulto no siempre es igual de fácil para todos y requiere ir dejando atrás partes de ti a las que cuesta renunciar pues verdaderamente te acabas convirtiendo en otra persona. ¡Pero merece tanto la pena como la diferencia entre vivir y sobrevivir!
- Última frase de sobre de azúcar: “Dios es un artista”
Y no puedo dejar de hablar de la dimensión espiritual de todo mi recorrido, pues he podido descubrir que Dios ha bendecido todo mi proceso y que la psicología sin la espiritualidad no hubiera podido salvarme.
Cuando deseaba la muerte, pensaba que Dios era un juez implacable, ahora puedo ver que es un artista misericordioso.
En la libertad de mis padres, de mi familia, de mis pares... en mi propia libertad, hubo muchas malas decisiones. Pero Él es capaz de sacar bien de cualquier mal. Ese es su Poder, esa su Sabiduría.
El misterio del Amor de Dios que pasa por el sufrimiento es algo difícil de explicar conceptualmente, pero fácil de intuir que constituye una experiencia que transforma felizmente toda una vida.
- Hacer de la herida misión
Por tanto, sólo concluir con el deseo de que mi experiencia pueda servir a otros.
Es muy posible que mi vida sea similar a muchas otras, pero está teniendo una transformación muy diferente a muchas otras. Hay quien dice que un cambio real como el mío no es posible, pero mi historia es la prueba de que se equivocan.
De forma que si sabes que tu vida no es como debería ser, no te conformes, porque te mereces ser feliz, porque la diferencia entre Vivir y sobrevivir es tan grande que valen la pena todos los esfuerzos. No te refugies en la tristeza y deja a Dios hacer de tu historia una obra de arte.
Elena y Juan Pablo
Para más información:
blogdeidentidad@gmail.com