Obediencia atemperada (RB Pról. 35-44) - I
Una vez que el Señor ha respondido a nuestra necesidad de saber qué hacer para poder entrar en su templo, ciertamente en celeste, pero también en el central camarín del santuario divino que somos nosotros ya en esta vida, queda en silencio.
La pregunta que le habíamos hecho, en nuestro recorrido de la Regla de S. Benito como oyentes, no nacía sin más de nosotros, sino que surgía en un diálogo que había nacido en la iniciativa divina. Ahora este vital coloquio continúa. Quien ha hablado calla para que su interlocutor prosiga, dé respuesta a lo recién escuchado. No es el silencio de quien concluye, sino del que espera prolongar el diálogo; ni qué decir tiene que en esta vida, pero para que lo sea por toda la eternidad.
La admiración del oyente-lector ante la enseñanza del divino maestro no es paralizadora, sino que abre espacio para la libre respuesta obediencial. Cotidianamente, en todo momento y lugar, el diálogo ha de continuar con hechos, pues solamente el que escucha sus palabras y las pone por obras es el que está sólidamente edificado sobre la Roca. ¿De qué sirve conocer las reglas del arte de la vida, si no vivimos conforme a ellas?