Religión en Libertad
Ignasi de Bofarull

Ignasi de Bofarull

Profesor emérito de la Universidad Internacional de Cataluña

El individualismo daña, los vínculos curan

La amistad y los vínculos familiares, vecinales, comunitarios curan

La amistad y los vínculos familiares, vecinales, comunitarios curan

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El fracaso de un modelo

Durante mucho tiempo se nos ha dicho que el ideal humano era el individuo racional, autónomo, capaz de perseguir su propio interés y de construir su vida por sí mismo. Ese modelo ha marcado la economía, la política y también la cultura cotidiana. Es el homo economicus: calcula, elige, compite, protege su espacio y busca maximizar beneficios. Pero hoy ese ideal hace agua por todas partes. Produce sujetos más libres en apariencia, pero más solos, más ansiosos, más manipulables y más frágiles en la realidad diaria. El individuo aislado no termina siendo fuerte: termina desamparado.

El error está en la base. El ser humano no nace como una voluntad soberana que luego decide si quiere vincularse. Nace necesitando cuidado, lenguaje, hogar, amistad, tradición y apoyo. Antes de elegir ya ha sido recibido. Antes de decidir ya ha sido formado por otros. Por eso el problema de nuestro tiempo no es solo económico o político: es una equivocada idea de persona. Creo que una antropología fracasada. Hemos exagerado al individuo, que le conviene a la economía, y hemos olvidado a la persona relacional y encarnada que aspira a la felicidad propia desde la felicidad de los que le rodean.

La persona no vive solo para sí

Frente al individuo autónomo, hay que volver a hablar de la persona en relación. No somos solo sujetos que buscan su bien privado. Somos hijos, padres, madres, amigos, vecinos, compañeros. Necesitamos vivir para algo más que nosotros mismos. Necesitamos amar y ser amados, servir y ser sostenidos, dar y recibir. Necesitamos amistad, familia, pertenencia, reconocimiento, cobijo moral y afectivo.

Aquí ayudan mucho MacIntyre y Taylor (por si alguien quiere profundizar), aunque no haga falta convertir el texto en una lección de filosofía o ética. Ambos vieron que el ser humano no se entiende bien desde el yo aislado. Somos seres situados en relaciones, relatos, compromisos y bienes compartidos. La madurez no consiste en no necesitar a nadie, sino en aprender a responder bien a quienes dependen de nosotros y a los bienes que nos han sido confiados. La persona no florece en el aislamiento al que nos conduce el puro homo economicus, sino en vínculos de atención, cuidado y responsabilidad.

Del bien individual al bien común

La gran oposición, entonces, no es solo entre dos teorías. Es entre dos formas de vivir. Por un lado, el sujeto autónomo, orientado ante todo a su bien individual. Por otro, la persona orientada al bien común. La primera pregunta: “¿Qué gano yo?”. La segunda pregunta: “¿Qué nos hace bien a todos?”, “¿qué necesita el otro?”, “¿qué me corresponde cuidar?”.

El bien común no es una idea abstracta ni un eslogan político. Es un concepto muy trabajado y determinante hoy. Es el conjunto de condiciones que permiten a las personas, a las familias y a las comunidades vivir humanamente: confianza, justicia, vínculos estables, trabajo digno, verdad compartida, instituciones sanas, tiempo para la vida familiar, atención a los débiles. Sin bien común, cada uno queda entregado al mercado, al Estado o a la pura intemperie.

Por eso no basta con elegir entre mercado y Estado. Cuando el mercado se vuelve absoluto, todo se mide por utilidad, rendimiento y precio. Cuando el Estado se vuelve absoluto, todo se regula desde arriba, como si la ley pudiera sustituir los vínculos vivos. En ambos casos la persona concreta queda empequeñecida. La Doctrina Social de la Iglesia lleva mucho tiempo advirtiendo, con gran lucidez, contra esas dos idolatrías: ni colectivismo absorbente ni mercado erigido en soberano moral. La persona, la familia, las comunidades intermedias, la solidaridad y el bien común no pueden quedar sometidos ni al dinero ni a la pura burocracia.

Relación, atención, servicio

Si queremos un lenguaje más humano, hay tres palabras decisivas: relación, atención y servicio.

1. Relación: porque nadie florece solo. Una sociedad rota no se recompone sumando individuos blindados, sino tejiendo vínculos fiables.

2. Atención: porque atender es salir de uno mismo y darse cuenta de que el otro existe de verdad. La atención es la base del juicio moral, del trabajo bien hecho, de la amistad y de la vida familiar.

3. Servicio: porque vivir bien no es dominar, controlar o imponerse, sino ponerse responsablemente al cuidado de algo valioso: un hijo, un anciano, un alumno, una tarea, una comunidad, una verdad.

Una cultura dominada por la competencia permanente, por la prisa y por la obsesión por el éxito material debilita estos tres principios y nos hece sufrir a todos. Nos acostumbra a usar, no a cuidar; a correr, no a atender; a competir, no a servir.

Lo confirma Harvard

Lo más interesante es que esto ya no es solo una verdad moral o religiosa. El gran Estudio de Desarrollo Adulto de Harvard, iniciado en 1938 y continuado hasta hoy, ha repetido una lección muy sencilla: las buenas relaciones son un factor decisivo para una vida más feliz y más sana; la comunidad y los vínculos cercanos pesan más en la vida buena que el dinero, la fama o el simple éxito exterior. Harvard ha insistido además en que el florecimiento humano abarca dimensiones relacionales, de sentido y de carácter, no solo bienestar material. (https://www.nature.com/articles/s44220-025-00423-5?utm_source=chatgpt.com)

Es decir: el hombre no está hecho principalmente para triunfar, sino para vincularse bien. No está hecho solo para producir, sino para amar, trabajar con sentido, cuidar y ser cuidado.

Un mundo más humano

Hoy se ve con más claridad que nunca el fracaso del homo economicus y del sujeto autónomo. No basta con individuos racionales que persiguen su interés. Necesitamos personas amicales, familiares, responsables, capaces de atención y de servicio. Necesitamos hombres y mujeres que no vivan solo para sí, sino también para los demás y con los demás.

Eso no es debilidad. Es realismo. Y también esperanza. Porque en un mundo a veces despiadado, la verdadera fuerza no está en el dominio, sino en la capacidad de cuidar. Ahí empieza una sociedad más humana. Ahí empieza también el verdadero florecimiento.

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