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Asombrarse ante la magnitud del cosmos

Asombrarse ante la magnitud del cosmos

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La filosofía es hija del asombro

Desde el inicio de la tradición occidental, el asombro ha sido entendido como el comienzo mismo de la filosofía. Platón afirmaba en el Teeteto que “la filosofía es hija del asombro”: nace cuando el alma, al encontrarse con lo real, se detiene, se sorprende y queda suspendida ante lo que no comprende del todo. Aristóteles retoma esta intuición y la radicaliza: en la Metafísica, sostiene que los hombres comenzaron a filosofar movidos por el thaumázein, por la sorpresa ante lo que es. Thaumázein (θαυμάζειν) significa asombrarse, maravillarse, quedar sorprendido ante algo. El asombro, en estos autores, no es una emoción pasajera, sino un modo originario de entrar en contacto con lo real. Es la primera apertura del espíritu hacia las preguntas que importan: ¿qué es lo que existe?, ¿por qué existe algo en lugar de nada?, ¿qué sostiene el universo?, ¿qué es la verdad? En esta dirección recomendamos el libro de Catherine l’Ecuyer: Educar en el asombro para comenzar a paladear estas preguntas claves que genera el asombro y por su valor pedagógico en este campo.

¿El milagro continuo de la realidad solo visible para los niños?

Este asombro filosófico implica una mirada no utilitaria. Es la capacidad de ver el mundo como si nos encontráramos con él por primera vez, sin reducirlo a lo ya sabido o lo que se puede usar. Es contemplar lo habitual sin domesticarlo, ver en lo cotidiano ese exceso de ser que nos convoca a pensar más hondo. Por eso los griegos unieron asombro y contemplación: la realidad se revela cuando la miramos sin prisa, cuando suspendemos el afán de poseer y dejamos que algo mayor nos llame.

Siglos después, G.K. Chesterton (siglo XX) recordaría este impulso originario con su estilo inconfundible: para él, el mundo es un milagro continuo y la filosofía comienza cuando recuperamos una infancia espiritual que no da nada por descontado. Chesterton afirmaba que “todo es estupendo si uno se detiene a pensarlo”, y ese detenerse no es otra cosa que la forma más luminosa del asombro. Para él, la modernidad, al querer explicarlo todo, habría dejado de maravillarse ante cualquier cosa. El resultado es el mundo de la ciencia, de la técnica y de la racionalización continua que hace enmudecer a la realidad. Las paradojas del asombro no son juegos literarios, sino ejercicios para despertar nuestro intelecto: recordatorios de que la existencia es siempre más sorprendente que nuestras categorías a menudo muy subjetivas y alejadas de la realidad.

Josef Pieper y el asombro

Josef Pieper retomó esta tradición ligada al cultivo de la interioridad en un momento histórico marcado el triunfo de la racionalidad técnico-utilitaria (XIX-XX), visible tanto en el capitalismo como en el socialismo, y ya anticipado, entre muchos otros, por Bacon, Descartes, Marx, Comte, y el cientificismo occidental. Esta racionalidad se ríe del asombro. La realidad no está para ser escuchada en una mirada fascinada sino para ser ceñida en un trabajo exhaustivo. ¿Ocio para qué? Sólo para descansar y volver a trabajar.

Para Pieper, el asombro es inseparable del ocio contemplativo: solo quien acoge la realidad como un don, sin pretender dominarla, puede filosofar. El asombro es en Pieper el acto por el cual el hombre reconoce que la verdad “viene hacia él”, que el ser es algo recibido y no fabricado. Entonces el mundo no es objeto de explotación, sino motivo de celebración. Y la fiesta es el lugar para agasajar la realidad. Cuando el hombre pierde esta capacidad de asombrarse —advierte Pieper— se vuelve ciego para el misterio y termina encerrado en un mundo que él mismo reduce a función, cálculo y rendimiento. Entonces comienza a avanzar el desierto: sin asombro no hay filosofía, pero tampoco hay arte sincero, ni oración, ni verdadera cultura: todo se marchita en la lógica de la utilidad.

Un mundo saturado de información, estímulos, ruido y productividad

Byung-Chul Han retoma este diagnóstico en clave siglo XXI. En sus obras La sociedad del cansancio, La expulsión de lo distinto y Vida contemplativa, Han sostiene que el hombre actual ha perdido la capacidad de demorarse y por tanto de contemplar. Vivimos, dice, en un mundo saturado de información, estímulos, ruido y productividad donde no queda espacio para el silencio interior que exige el asombro. El sujeto tardocapitalista es incapaz de dejar ser a la realidad tal cual es; todo debe servir, rendir, exhibirse, producir. En esta lógica, el asombro desaparece porque se ha perdido la experiencia de lo otro, de lo que no controlamos, de lo que nos supera. La maravilla exige un espíritu abierto, desarmado, receptivo: justamente lo contrario de la hiperactividad ansiosa del rendimiento. Para Han, recuperar la capacidad de asombro no es un lujo espiritual, sino una condición de posibilidad para seguir siendo humanos. Y la digitalización, un hito importante en este mundo saturado actual, nos aísla y nos encapsula en una nueva vuelta de tuerca funcionalista.

Desencantamiento del mundo

A esta línea se suman otros pensadores contemporáneos —como Hartmut Rosa, con su teoría de la resonancia— que sostienen que el mundo ya no nos habla porque estamos demasiado acelerados para escucharlo. El hombre moderno, privado de silencio, vive desintonizado con la realidad. Rosa afirma que la experiencia fundamental de la vida buena es el encuentro vibrante con lo real: sentir que algo nos toca, nos impresiona, nos interpela. Pero esta resonancia solo emerge cuando el alma se detiene y se abre: cuando recupera la capacidad de asombro.

En esta dirección Hartmut Rosa conecta con Max Weber en un concepto acuñado por el sociólogo alemán denominado el desencantamiento del mundo que fue formulado a principios de siglo XX proféticamente. El concepto de desencantamiento del mundo de Max Weber describe el proceso mediante el cual la modernidad ha borrado del horizonte humano toda presencia de misterio y profundidad. Para Weber, la racionalización científica, técnica y burocrática ha reducido la realidad a lo calculable y controlable, de modo que el mundo deja de hablar: ya no es un cosmos cargado de sentido, sino un objeto silencioso sometido a previsión y manipulación. Este “silencio sobrevenido de la creación” significa que la naturaleza ya no revela nada, que el universo ha perdido su carácter simbólico y resonante, y que el hombre moderno vive en un entorno sin maravilla y sin dioses. El desencantamiento no describe solo una pérdida religiosa, sino una pérdida antropológica: la desaparición de la capacidad de escuchar el mundo como portador de significado.

Privados de silencio

El hombre moderno, privado de silencio, vive desintonizado de la realidad. Hoy, la crisis del asombro se manifiesta en un doble empobrecimiento: el hombre ya no ve lo extraordinario del mundo y ya no se pregunta por su fundamento. Vive aturdido por el ruido, atrapado en un mercado interminable de distracciones, sin tiempo para la demora o la amistad profunda. Se ha vuelto incapaz de sorprenderse porque mira la realidad con ojos posesivos, rapaces, ansiosos. Sus ambiciones son cortas porque su mirada es desmadejada y distraída. Y cuando la mirada se estrecha, el corazón se apaga.

Repensar el asombro es por esta razón una urgencia pedagógica. Porque educar es también enseñar a ver. Es abrir los ojos de los más jóvenes, en la familia y la escuela, para que descubran la riqueza de lo real, para que aprendan a habitar el mundo con gratitud, atención y profundidad. Una educación sin asombro forma técnicos eficientes, pero no hombres completos. El asombro nos recuerda que antes de trabajar somos contempladores; antes de producir, somos receptores del ser; antes de consumir, somos criaturas llamadas a la maravilla del misterio que late detrás de lo real. Solo quien se deja sorprender se reconoce parte de una realidad mayor y aprende a vivir no como depredador, sino como admirador arrobado ante los dones del cosmos. Y comienza a vislumbrar que hay algo más grande que él, algo que le llama sutilmente y le habla de esperanza.

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