Religión en Libertad
Ignasi de Bofarull

Ignasi de Bofarull

Profesor emérito de la Universidad Internacional de Cataluña

Pantallas y desarrollo del lenguaje antes de los cinco años

Es una etapa decisiva pero donde los efectos del uso indebido de pantallas pasan desapercibidos y llegan años después.

Niña con móvil echada en un sofá

Niña con móvil echada en un sofá

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En los últimos años, la preocupación social por el impacto de las pantallas en los menores se ha centrado sobre todo en la adolescencia. Las redes sociales, los teléfonos inteligentes y la conexión permanente han sido señalados por investigadores y responsables públicos como posibles factores detrás del aumento de la ansiedad, la depresión y otras formas de malestar psicológico en los jóvenes.

La visibilidad del problema ha llegado incluso al ámbito político. Países como Australia y Francia han debatido o impulsado medidas para restringir el acceso de los adolescentes a redes sociales hasta los 16 años, y en España también han aparecido propuestas en esa dirección. La discusión pública es intensa y se alimenta de datos cada vez más abundantes sobre salud mental juvenil.

Una alarma pública no solo en la adolescencia

Sin embargo, mientras la sociedad discute, con razón, sobre el impacto de las redes sociales en los adolescentes, existe otra cuestión mucho menos visible: lo que ocurre con las pantallas en la primera infancia.

Un adolescente puede expresar ansiedad, tristeza o aislamiento. Un niño pequeño no. Un bebé no explica lo que le ocurre ni protesta por cambios sutiles en su desarrollo. Y por eso, muchas veces, los efectos tempranos pasan desapercibidos.

El desarrollo que ocurre en silencio

Los primeros cinco años de vida constituyen una etapa extraordinaria de desarrollo. En este periodo se organiza gran parte de la arquitectura cerebral, se adquiere el lenguaje, se desarrollan las primeras formas de atención y autorregulación y se establecen las bases de la relación social.

Todo esto ocurre de forma progresiva y silenciosa. A diferencia de otros momentos del desarrollo, no hay síntomas inmediatos cuando algo se altera ligeramente. Los procesos son tan sutiles que a menudo las diferencias solo se hacen visibles más adelante, por ejemplo, cuando el niño llega a la escuela y se le exige comprender instrucciones complejas, sostener la atención o manejar un vocabulario más amplio. Y resulta que no está preparado y que la escuela en lo más básico se convierte en un cúmulo de dificultades.

Por eso algunos investigadores hablan de efectos acumulativos. No se trata de un daño repentino ni de una transformación evidente. Se trata de pequeñas variaciones en el entorno cotidiano que, con el tiempo, pueden influir en el desarrollo del niño.

Qué cambia cuando aumentan las pantallas

La investigación pediátrica reciente insiste en que el problema no es la pantalla en sí misma, sino qué experiencias infantiles desplaza cuando ocupa demasiado espacio en la vida cotidiana.

Cuando el tiempo de pantalla aumenta en los primeros años, varias actividades fundamentales tienden a reducirse.

1. En primer lugar, se juega menos. El juego libre es una de las formas más completas de aprendizaje en la infancia. En él el niño explora objetos, se mueve, imagina situaciones, resuelve pequeños problemas y utiliza el lenguaje para organizar la experiencia. El juego integra cuerpo, pensamiento y comunicación.

2. En segundo lugar, se reduce la actividad física. El desarrollo infantil temprano necesita movimiento: gatear, caminar, manipular objetos, construir, deshacer, volver a intentar. El tiempo prolongado frente a una pantalla introduce inevitablemente más sedentarismo.

3. Un tercer aspecto señalado por la pediatría es la alteración del sueño. Numerosos estudios han observado que la exposición frecuente a pantallas se asocia con más dificultades para conciliar el sueño y con rutinas de descanso menos estables en niños pequeños.

Qué pasa cuando se habla menos

Pero quizá el cambio más relevante afecta al lenguaje.

4. Los niños aprenden a hablar hablando con otras personas. Esta idea aparentemente simple resume décadas de investigación en psicología del desarrollo. El aprendizaje del lenguaje se produce en intercambios cotidianos entre adultos y niños. El bebé mira, señala o balbucea; el adulto responde con palabras, gestos o preguntas. Los investigadores describen este proceso como una interacción de “ida y vuelta”. Cada turno del niño provoca una respuesta del adulto, y esa respuesta alimenta nuevos intentos de comunicación.

Estas interacciones son el verdadero motor del desarrollo lingüístico. Cuando una pantalla ocupa ese espacio, el número de intercambios suele disminuir. La conversación se acorta, las preguntas se reducen y el niño escucha menos lenguaje dirigido específicamente a él. No desaparece toda interacción, pero se vuelve más escasa. La investigación ha mostrado que la cantidad de intercambios conversacionales entre adultos y niños pequeños es uno de los mejores predictores del desarrollo del lenguaje en los primeros años.

Lo que dicen los estudios

En las últimas dos décadas numerosos estudios han examinado la relación entre exposición a pantallas y desarrollo lingüístico.

Un análisis amplio realizado por la investigadora canadiense Sheri Madigan y su equipo (Associations Between Screen Use and Child Language Skills, 2020), que revisó decenas de estudios con miles de niños, encontró que una mayor cantidad de tiempo de pantalla se asocia con habilidades lingüísticas ligeramente más bajas. Al mismo tiempo, el estudio señaló que la presencia de un adulto que conversa con el niño durante el visionado puede reducir parcialmente este efecto.

Otros trabajos centrados en bebés y niños pequeños han encontrado asociaciones similares. Investigaciones longitudinales han observado que la exposición temprana a pantallas puede relacionarse con vocabularios más reducidos o con mayor probabilidad de retraso en el lenguaje expresivo. Los propios investigadores subrayan que estos efectos suelen ser pequeños. Pero también recuerdan que, en desarrollo infantil, pequeñas diferencias iniciales pueden ampliarse con el tiempo.

La invisibilidad del problema

Aquí aparece una dificultad fundamental para padres y educadores. A diferencia de los problemas de salud mental en adolescentes, que suelen manifestarse con claridad, los cambios en el desarrollo temprano del lenguaje son difíciles de percibir en el momento en que ocurren.

Un niño puede pasar largos ratos tranquilo frente a una pantalla sin mostrar ninguna dificultad evidente. No parece inquieto ni triste. Al contrario: parece concentrado. Pero no está concentrado, esta fascinado sin poder quitar los ojos de las pantallas. No es lo mismo.

Pero la cuestión no es lo que el niño hace mientras mira la pantalla, sino lo que deja de hacer durante ese tiempo. Habla menos, se mueve menos, explora menos y escucha menos lenguaje en interacción.

Las consecuencias de estas pequeñas reducciones no siempre aparecen de inmediato. A menudo se hacen visibles más adelante, cuando el niño llega a la escuela con menos vocabulario, menor capacidad narrativa o mayor dificultad para sostener la atención.

Las recomendaciones de la pediatría

Por estas razones, las principales organizaciones pediátricas internacionales han adoptado recomendaciones prudentes.

La American Academy of Pediatrics aconseja evitar el uso de pantallas antes de los 18 meses -salvo para videollamadas familiares- y limitar el tiempo de exposición en niños de dos a cinco años a aproximadamente una hora diaria de contenidos de calidad, preferiblemente acompañados por un adulto.

Estas recomendaciones no pretenden demonizar la tecnología. Más bien reflejan una idea sencilla que la investigación repite una y otra vez: las experiencias fundamentales del desarrollo infantil siguen siendo las mismas.

Los niños pequeños necesitan hablar con adultos, jugar, moverse, escuchar historias, explorar el entorno y compartir atención con otras personas.

Fijarse más en el papel de las pantallas los primeros años

La discusión pública sobre las redes sociales en la adolescencia es necesaria y probablemente seguirá creciendo en los próximos años. Pero esa preocupación no debería hacernos olvidar una etapa anterior mucho más silenciosa y, al mismo tiempo, decisiva.

Los primeros cinco años de vida son el momento en que el lenguaje comienza a construirse, la atención empieza a organizarse y la relación con el mundo se forma a través de la interacción con los demás.

Es un proceso discreto, casi invisible. Pero precisamente por eso merece ser observado con más atención. Porque cuando se trata del desarrollo infantil, lo que no se ve hoy puede aparecer mañana.

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