Religión en Libertad

La lección silenciosa de un día de adiós

Vivir plenamente significa también aprender a estar presentes en la despedida

Doctor Cortés-Funes

Doctor Cortés-FunesHC Marbella

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Permítanme hoy acercarme a algo más personal de lo habitual, si es que alguna vez dejo de serlo. Ayer pasé todo el día en el Tanatorio de la Paz, despidiendo al padre de una de mis grandes amigas de toda la vida, del colegio —ya hace mucho tiempo— que falleció la noche anterior.

El doctor Hernán Cortés-Funes fue, un pionero en oncología en nuestro país, alguien que dedicó su vida a cuidar del ser humano, querido y admirado por lo que supuso su labor como Jefe del Servicio de Oncología del Hospital 12 de Octubre. Para mí, siempre fue ante todo el padre de mi amiga Ainhoa, y en esa sala del tanatorio, rodeada de otras amigas de aquellos años, los recuerdos comenzaron a mezclarse con la realidad: anécdotas de los años bárbaros, aquellos 80 y 90 que fueron como territorio comanche, intensos, irrepetibles, difíciles de domesticar.

Mientras permanecía allí, entre recuerdos y conversaciones que iban y venían, sentí una profunda gratitud a Dios por ese pasado que me había llevado a este presente. Un pasado imperfecto, claro, que pudo haber sido mejor en muchos sentidos, pero que había formado los cimientos de quienes somos hoy. Y sobre todo, me sentí agradecida por estar allí, acompañada de mujeres con las que he compartido los años que realmente han moldeado mi ser.

Hemos vivido mucho juntas: risas, secretos, retos, noches interminables, trabajos, decepciones. En aquellos días de Vespinos y carreteras infinitas, enterrar a nuestros padres era un horizonte tan lejano que apenas cabía en la imaginación. Hoy, sin embargo, nos toca enfrentarlo. Y mientras la realidad se mezclaba con la memoria, comprendí que la vida nos coloca frente a momentos que no se pueden preparar, pero sí se pueden vivir con gratitud y compañía.

El tanatorio se convirtió entonces en un espacio de paradojas: pasado y presente se entrelazaban, la nostalgia y la aceptación caminaban juntas, y yo podía sentir la intensidad de los años, la fuerza de las amistades que han sobrevivido a todo, y la belleza de estar viva para acompañar, para sostener, para recordar.

Porque despedir no es solo llorar; es reconocer que lo que hemos vivido nos ha llevado hasta aquí, que nos ha formado y nos ha hecho capaces de estar presentes, de amar y de sostener a quienes amamos. Ayer, mientras acompañaba a mi amiga, en el adiós a su padre, comprendí algo que siempre supe pero que a veces olvido: vivir plenamente significa también aprender a estar presentes en la despedida, y aceptar que cada generación llega a su turno, tarde o temprano.

Y al salir del tanatorio, con los recuerdos aún latiendo y el aire frío de la noche en la cara, supe que la gratitud no es solo por lo bueno, sino por todo lo que nos ha formado, incluso por la tristeza y la pérdida, que nos recuerdan que hemos vivido, que hemos amado y que seguimos caminando.

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