8M | Belén Berjillo: “El progreso real se mide por las mujeres que nadie ve"
En el 8M, la madre Belén Berjillo analiza el legado de las Trinitarias y el desafío actual de proteger a mujeres explotadas.

La madre Belén Berjillo, en la proyección en Roma de la película "Las locas del obelisco"
En el marco del Día Internacional de la Mujer, la actualidad cinematográfica y social se cruza con el estreno de Las locas del obelisco, una película que rescata la memoria de mujeres valientes que desafiaron su tiempo para proteger a otras. Hablamos con la hermana Belén Berjillo sobre el significado del filme y la vigencia de la labor de las Trinitarias hoy.
– En pleno 8M, ¿Qué aporta Las locas del obelisco a un discurso sobre la mujer que muchas veces olvida a las más vulnerables?
Las locas del obelisco nos recuerda que la defensa de la mujer no puede quedarse en discursos ni en celebraciones. La verdadera medida del progreso social se ve en lo que ocurre con las mujeres más frágiles: aquellas que no tienen voz, que han sido descartadas.
Nuestra historia, como Trinitarias, nace precisamente ahí: en el compromiso con mujeres explotadas, abandonadas, sin oportunidades. Francisco y Mariana no hicieron teoría sobre la dignidad femenina; crearon espacios reales de acogida, formación y promoción.
Más de cien años después, la pregunta sigue siendo la misma: ¿Qué estamos haciendo por las mujeres que nadie ve? El verdadero progreso se mide por la capacidad de proteger y promover a las más vulnerables y por asegurar que ninguna quede atrás.
– El título es provocador: ¿Quiénes son realmente “las locas”, las que rescatan vidas o una sociedad que mira hacia otro lado?
El título es provocador, pero profundamente revelador. En su tiempo, llamaron “locas” a las primeras Trinitarias, a mujeres que dejaron su vida cómoda para apostar por otras que nadie quería ver.
Eran “locas” porque rompían esquemas y creyeron que cada mujer tenía una dignidad que nadie podía arrebatarle. Es la locura de las personas valientes. A Jesús también lo llamaron loco por acercarse a los excluidos y no pasar de largo ante el dolor.
Hay otra forma de locura: la del miedo, de quien se encierra en su mundo y se acostumbra al sufrimiento ajeno. La película plantea la pregunta: ¿Quién es realmente insensato? ¿El que arriesga su vida para rescatar y acompañar, o el que se instala en la indiferencia? Invita a recuperar esa “locura” valiente, la capacidad de dejarse afectar por el dolor de otros.
– La historia ocurre en el siglo XIX, pero ¿Qué incómodas similitudes encontramos hoy con la trata y la explotación en España?
Aunque la historia transcurre en el siglo XIX, la realidad sigue siendo cercana. La trata y la explotación existen hoy, también en España, aunque se escondan. Hay mujeres captadas con engaños, endeudadas, controladas, amenazadas. Se hace negocio con la vulnerabilidad de muchas.
La película nos recuerda que, incluso hoy, el progreso mira a otro lado. Como Congregación y como sociedad, debemos asumir este desafío: la dignidad de toda persona es innegociable y requiere una tarea permanente.
– Mariana Allsopp lo deja todo por mujeres descartadas. Hoy, ¿qué nos falta para pasar del discurso a la implicación real?
Mariana y Francisco, y las primeras Trinitarias, no empezaron con grandes estrategias; empezaron dejándose afectar. Hoy no nos faltan discursos ni diagnósticos; lo que a veces falta es cercanía. Cuando el sufrimiento permanece lejos, es más fácil opinar que implicarse.
Dar el paso del discurso a la implicación exige tres cosas concretas: tiempo, presencia y renuncia. Tiempo para escuchar, presencia para acercarse y renuncia a nuestras burbujas que nos aíslan del dolor ajeno. Implicarse siempre tiene un coste. Ellos lo asumieron. Quizá hoy nos falta decisión, y esa es la pregunta que queda: ¿Qué decisión concreta estoy dispuesto a tomar yo?
– ¿Estamos confundiendo libertad con abandono cuando hablamos de mujeres explotadas?

Proyección de la película "Las locas del Obelisco" en Roma
Muchas veces hablamos de libertad como “dejar hacer”. Pero cuando una mujer está condicionada por pobreza, violencia o miedo, ¿puede elegir realmente? La libertad verdadera es la posibilidad real de decidir. Sin acompañamiento, protección y alternativas, hablar de libertad queda vacío y puede convertirse en abandono.
– Las Trinitarias llevan más de un siglo trabajando en silencio. ¿Por qué lo que transforma casi nunca hace ruido?
Vivimos en una cultura que mide todo por el ruido, la visibilidad o el marketing. Pero la vida real no se transforma a golpe de tendencia. Jesús no buscó espectáculo; trabajaba desde lo pequeño.
Nuestros fundadores empezaron acogiendo mujeres concretas, una a una, en un contexto que generaba críticas, no prestigio. El ruido genera reacción inmediata; el silencio genera procesos profundos. Dar oportunidades, acompañar a una mujer herida, reconstruir vidas: eso casi nunca es noticia y requiere tiempo, paciencia y trabajo discreto.
– ¿Se puede reconstruir una vida cuando alguien ha sido tratado como objeto durante años?
Sí, es posible. No es rápido ni sencillo, pero ninguna persona se reduce al daño sufrido. Mariana lo decía: “No importa lo que han sido, sino lo que pueden llegar a ser.” Esa mirada cambia el punto de partida.
La reconstrucción empieza con presencia, escucha y respeto por los tiempos de cada persona. Como decía Francisco de Asís Méndez: una rama de geranio tirada y pisoteada, recogida con cuidado y atendida, vuelve a brotar. La vida también.
– ¿Qué debería remover en el espectador esta película?
La indiferencia. Que quien salga del cine no piense solo “qué historia tan dura”, sino “qué mirada necesito cambiar yo”. Todos somos vulnerables y llevamos heridas; la película nos recuerda que nadie se reduce a su peor momento. La verdadera pregunta es: ¿Qué estoy dispuesto a hacer yo ahora?
– En una sociedad que habla mucho de empoderamiento, ¿Qué significa devolver la dignidad a una mujer herida?
Hoy hablamos mucho de empoderamiento, y es una palabra valiosa. Pero devolver la dignidad a una mujer herida empieza ofreciendo condiciones reales para que pueda elegir y hacer proceso.
La dignidad se reconstruye cuando una mujer vuelve a sentirse escuchada, tenida en cuenta y puede realmente tomar decisiones sin miedo.
En el Evangelio, Jesús de Nazaret trató a las mujeres como personas con nombre, historia y capacidad de decidir. Las miró, dialogó con ellas y las puso en pie. Esa es la lógica que nos inspira. El verdadero empoderamiento es devolverle a la mujer la posibilidad de ser protagonista de su propia vida.
Y, en el fondo, devolver la dignidad es ayudar a que una persona vuelva a escuchar —aunque sea por primera vez— las palabras que todo ser humano debería oír en su vida: “Tú eres mi hija amada, en ti me complazco.” Cuando alguien se sabe amado y valioso, empieza la verdadera reconstrucción.

El equipo de la película "Las locas del obelisco" en el encuentro con el papa León XIV