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Familias con la casa llena de libros

Familias con la casa llena de libros

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Las familias que florecen son aquellas que, casi sin darse cuenta, van llenando su casa de libros. No se trata únicamente de objetos de papel y tinta, sino de ventanas abiertas, de horizontes desplegados en la sala de estar, de herencias silenciosas que vienen de los abuelos y se transmiten a los nietos. Una casa sin libros puede parecer una caja en la que se sobrevive, pero una casa rebosante de libros es un hogar que acoge, que invita a mirar de cerca la vida, a contemplar su misterio en todas sus dimensiones.

La literatura nos enseña a reparar en muchos detalles de la vida de muchas gentes; nos invita a fijarnos en cómo se desempeña el corazón humano. Leer no es pasar distraídamente por las páginas, como quien hojea sin interés; es más bien estar muy atento para no perderse los matices de cada palabra y de cada gesto. Leer a fondo es contemplar la vida que nos regala el novelista, es escuchar el destilado de experiencia y belleza que nos ofrece el poeta. Leer bien, leer con atención, comprender lo leído es, en el fondo, aprender a vivir y a pensar.

Esta convicción que se transmite de generación en generación tiene también hoy respaldo empírico. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), en el marco del informe PISA 2018, confirma que la presencia de libros en el hogar no es un simple adorno cultural, sino un factor educativo decisivo. Los cuestionarios de contexto de PISA preguntan a los estudiantes cuántos libros tienen en casa. Las categorías van desde “0-10 libros” hasta “más de 200”. Y la correlación es clara: los estudiantes que declararon tener más de 100 libros en el hogar obtuvieron, de media, 44 puntos más en competencia lectora que aquellos que dijeron tener 100 o menos (OECD, 2019). La estadística internacional refrenda lo que la intuición pedagógica y poética ya sabía: una casa llena de libros florece también en los resultados educativos.

Cuando un padre o una madre decide, a veces con sacrificio, comprar libros y colocarlos en las estanterías, no está solo almacenando objetos: está configurando un ecosistema educativo. PISA lo recoge con la frialdad de los números, pero los números no hacen sino confirmar la hondura de esta realidad. Una familia que ofrece a sus hijos un hogar con más de 200 libros abre un horizonte de palabras, conceptos y mundos posibles que prepara a los pequeños para comprender, comparar, analizar y, sobre todo, para atender con mayor hondura a lo que se les dice y se les pide. En contraste, PISA muestra que en los hogares con menos de 20 libros la probabilidad de fracaso educativo es mucho más alta: las destrezas lectoras se resienten y las puntuaciones son sistemáticamente inferiores. La “caja vacía” de libros se convierte así también en caja vacía de horizontes.

Leer es un ejercicio de atención. Simone Weil decía que “la atención es la forma más rara y pura de generosidad”. La lectura cultiva esa atención porque obliga a fijarse en lo pequeño y en lo invisible: un adjetivo escogido, un giro inesperado, la pausa de un poema. Esa gimnasia de la atención, ejercitada desde la infancia entre estanterías, se convierte en la base de toda educación. Y aquí se encuentran la poesía y la estadística: lo que Weil expresaba como una necesidad espiritual, lo muestra PISA como un dato de correlación internacional. En los hogares con más libros, los estudiantes se vuelven más capaces de sostener la mirada, de retener significados, de hilvanar pensamientos.

De hecho, PISA 2018 no se limita a registrar la cantidad de libros, sino que la utiliza como indicador del capital cultural del hogar. Se reconoce que las familias que poseen más libros suelen haber desarrollado también hábitos de conversación, de lectura compartida y de valoración del conocimiento. Todo ello repercute en los resultados escolares. En otras palabras, no es solo el número de libros lo que importa, sino el clima de atención y de apertura intelectual que esos libros evocan y posibilitan (OECD, 2019). Una biblioteca doméstica es un símbolo tangible de ese clima.

Podría objetarse que hoy vivimos en una sociedad digital, en la que los libros impresos van siendo sustituidos por pantallas. Sin embargo, el mismo informe PISA señala que el acceso físico a libros impresos en el hogar sigue siendo un factor de impacto en la competencia lectora, incluso más que la disponibilidad de dispositivos digitales. La lectura digital puede multiplicar la información, pero no necesariamente educa en la atención profunda. Un estante de libros, en cambio, es como un recordatorio silencioso: aquí hay voces, aquí hay historias, aquí hay vida que se ofrece a quien se detenga y lea.

Cuando una familia llena la casa de libros está educando a no pasar distraído por el mundo. Está mostrando que vivir de cerca la vida exige detenerse, contemplar, pensar. No se trata de acumular títulos como quien colecciona objetos de lujo, sino de habitar un espacio lleno de palabras, de relatos y de pensamientos que invitan a la intimidad y a la apertura. Una biblioteca doméstica es, en el fondo, un acto de amor: un padre que compra libros piensa en sus hijos y nietos, en el legado que quedará cuando él no esté. Y ese amor se convierte en aprendizaje: los hijos que crecen rodeados de libros crecen también rodeados de posibilidades.

Los datos de PISA (2018) y la intuición poética se dan la mano: lo que los números señalan como “44 puntos más” en competencia lectora, lo traduce la experiencia vital como “una vida más atenta, más plena y más humana”. La educación no es solo una cuestión de rendimiento escolar, sino de florecimiento personal y comunitario. Y el florecimiento comienza muchas veces en la estantería de casa.

Referencia

OECD. (2019). PISA 2018 results (Volume II): Where all students can succeed. OECD Publishing. https://doi.org/10.1787/b5fd1b8f-en

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