Via Crucis en verso

Via Crucis, Via Lucis
He compuesto este Via Crucis en verso, por si queréis usarlo en Semana Santa. Las oraciones finales de cada estación son de san Juan Pablo II
(No he usado inteligencia artificial para la composición de este Via Crucis)
Oración Inicial
«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese así mismo, tome su cruz y sígame» (Mt 16,24).
Desde hace veinte siglos, la Iglesia se reúne esta tarde para recordar y revivir los acontecimientos de la última etapa del camino terreno del Hijo de Dios.
Estamos aquí, conscientes de que el Viacrucis del Hijo de Dios no fue simplemente el camino hacia el lugar del suplicio. Creemos que cada paso del Condenado, cada gesto o palabra suya, así como lo que han visto y hecho todos aquellos que han tomado parte en este drama, nos hablan continuamente, En su pasión y en su muerte, Cristo nos revela también la verdad sobre Dios y sobre el hombre.
Queremos reflexionar con particular intensidad sobre el contenido de aquellos acontecimientos, para que nos hablen con renovado vigor a la mente y al corazón, y sean así origen de la gracia de una auténtica participación.
Participar significa tener parte.
¿Qué quiere decir tener parte en la cruz de Cristo? Quiere decir experimentar en el Espíritu Santo el amor que esconde tras de sí la cruz de Cristo. Quiere decir reconocer, a la luz de este amor, la propia cruz. Quiere decir cargarla sobre la propia espalda y, movidos cada vez más por este amor, caminar...
Caminar a través de la vida, imitando a Aquel que «soportó la cruz sin miedo a la ignominia y está sentado a la diestra del trono de Dios» (Hb 12, 2).
Oremos
Señor Jesucristo,
colma nuestros corazones con la luz de tu Espíritu Santo,
para que, siguiéndote en tu último camino,
sepamos cuál es el precio de nuestra redención
y seamos dignos de participar
en los frutos de tu pasión, muerte y resurrección.
Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.
R/. Amén.
Primera estación: Jesús es condenado a muerte.
V/ Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R/ Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
Lector 1.
En el huerto tu agonía
te angustió hasta sudar sangre.
Tus amigos se durmieron,
sólo te acompañó un ángel.
De pronto apareció Judas
y una turba deleznable.
Con un beso te traiciona
quien fuera tu amigo antes.
“No saquéis la espada, amigos,
pues ahora debo entregarme”.
Huyen los doce discípulos,
y te apresan tras burlarse.
Primero ante el sanedrín
soportas grandes ultrajes,
mentiras, testigos falsos,
solo buscan condenarte.
Sin defensa, sin justicia,
por tu palabra admirable
te condenan a la muerte
por ser el Hijo del Padre.
Te llevan ante Pilato,
que, por ser cobarde,
te condena a impía muerte,
pues van a crucificarte.
Lector 2.
Como cordero callado,
aceptas su traicionarte.
Azotado, escarnecido,
todo una llaga te hacen.
Perdona mis omisiones,
mis silencios vergonzantes,
pues cuando a otros condenan
lo único que hago es callarme.
Dame serte fiel por siempre,
dame hablar cuando otros callen,
dame luchar por aquellos
que no tienen quien los ame.
Oración
Cristo, qué aceptas una condena injusta,
concédenos, a nosotros y a los hombres de todos los tiempos,
la gracia de ser fieles a la verdad
y no permitas que caiga sobre nosotros
y sobre los que vendrán después de nosotros
el peso de la responsabilidad
por el sufrimiento de los inocentes.
A ti, Jesús, Juez justo,
honor y gloria por los siglos de los siglos.
R/.Amén.
V/ Señor, pequé
R/ Tened piedad y misericordía de mí.
Segunda estación: Jesús carga la cruz.
V/ Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R/ Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
Lector 1.
Con el cuerpo ensangrentado,
flagelado hasta el extremo,
con tu corona de espinas
y la caña como un cetro,
con tu manto color púrpura,
ante las burlas del pueblo,
pareces el Rey de Reyes
pero un Rey que es de otro Reino,
Reino que no es de este mundo,
sino de aquel venidero.
Y, despojado de todo,
cargas sobre ti el madero.
¡Cómo abrazas con ternura
aquel pedazo de leño!
Lo besas y lo acaricias,
él parece tu sosiego.
¿Cómo aceptas esa cruz
que te imponen como reo?
“Porque en signo de mi amor
transformaré este madero.
Quien lo vea sabrá siempre
que un Dios le ama hasta el extremo,
que valió toda su sangre,
que lo rescató a gran precio”.
Lector 2.
¡Oh, Jesús, mi dulce amado,
cuánto soy de duro y necio,
pues no acepto aquellas cruces
que en mi vida a veces tengo!
Mas con dulzura me llamas
a comprender mi sendero:
por la cruz se va a la luz,
por el dolor a lo eterno.
¡Déjame abrazar la cruz
que me une a ti, Cordero!
Hazme sostenerla en alto
hasta que llegue a tu cielo.
Oración
Cristo, que aceptas la cruz de las manos de los hombres
para hacer de ella un signo del amor salvífico de Dios por el hombre,
concédenos, a nosotros y a los hombres de nuestro tiempo
la gracia de la fe en este infinito amor,
para que, transmitiendo a las nuevas generaciones el signo de la cruz,
seamos auténticos testigos de la Redención.
A ti. Jesús, Sacerdote y Víctima,
alabanza y gloria por los siglos de los siglos
R/.Amén.
V/ Señor, pequé
R/ Tened piedad y misericordía de mí.
Tercera estación: Jesús cae por primera vez.
V/ Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R/ Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
Lector 1.
¡Cuánto pesa el duro leño
que te aplasta con crudeza!
Tú lo arrastras como puedes
avanzando por la senda
que te lleva hasta el Calvario
donde la muerte te espera.
Mas tanta sangre has perdido
que su peso te supera,
trastabillas sobre el barro,
te desplomas con torpeza,
y sobre ti cae la cruz
que muy fuerte te golpea.
¡Con qué furia los romanos
con sus pies te patalean!
¡Con qué burlonas sonrisas
los judíos te contemplan!
¡Todo un Rey bañado en barro!
Todo el pueblo te desprecia.
Te levantas como puedes,
sacas fuerzas de flaqueza,
y te aferras al madero,
signo de tu realeza.
Continúas tu camino
con sobrehumana grandeza.
Lector 2.
Fue por mí, Señor amado,
que recobraste las fuerzas.
Por salvarme del pecado
continuaste la senda.
No te quedaste caído,
para que yo no cayera.
Te levantaste del suelo
para abajar mi soberbia.
Aceptaste tu cayado
para sanar mis dolencias.
Gracias, Jesús, buen Cordero,
pues llegaste hasta la meta.
Oración
Cristo, que caes bajo el peso de nuestras culpas
y te levantas para nuestra justificación,
te rogamos que ayudes
a cuantos están bajo el peso del pecado
a volverse a poner en pie
y reanudar el camino.
Danos la fuerza del Espíritu,
para llevar contigo la cruz de nuestra debilidad.
A ti, Jesús, aplastado por el peso de nuestras culpas,
nuestro amor y alabanza por los siglos de los siglos
R/.Amén.
V/ Señor, pequé
R/ Tened piedad y misericordía de mí.
Cuarta estación: Jesús encuentra a su madre, María.
V/ Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R/ Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
Lector 1.
En medio de aquella turba
Tú te encuentras con tu Madre.
Se detiene el universo,
congelado en un instante.
Sus ojos miran tus ojos:
Ella, lágrimas; Tú, sangre.
Es la Madre dolorosa
que tu atroz dolor comparte.
Es la Madre del consuelo
que te impulsa a levantarte.
Es tu amparo y tu refugio,
es la única que sabe.
Sabe que no hay otro medio
que a nuestra humanidad salve.
Comprende que tu tormento
es castigo saludable.
Que, para salvar sus hijos,
necesario es entregarte.
Y consiente en ofrecerte
como ofrenda pura al Padre;
y le entrega sus dolores,
y la Redención comparte.
Con su amor te reconforta,
la llamas a acompañarte.
Lector 2.
Virgen Dulce, en mis dolores,
¡cómo quisiera encontrarte!
También cargo yo mis cruces:
ven conmigo a acompañarme.
No me dejes de tu mano,
ven, María, a ayudarme
para que también redima,
como Tú lo hiciste, Madre.
Sal a mi encuentro, piadosa,
mis duras cruces comparte,
para que nunca me queje
cuando el dolor me acompañe.
Oración
Oh María, tú que has recorrido
el camino de la cruz junto con tu Hijo,
quebrantada por el dolor en tu corazón de madre,
pero recordando siempre el «hágase»
e íntimamente confiada en que Aquél para quien nada es imposible
cumpliría sus promesas,
suplica para nosotros y para los hombres de las generaciones futuras
la gracia del abandono en el amor de Dios.
Haz que, ante el sufrimiento, cl rechazo y la prueba,
por dura y larga que sea,
jamás dudemos de su amor.
A Jesús, tu Hijo,
todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos.
R/.Amén.
V/ Señor, pequé
R/ Tened piedad y misericordía de mí.
Quinta estación: Simón de Cirene ayuda a llevar la cruz de Jesús.
V/ Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R/ Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
Lector 1.
Apenas has comenzado
a avanzar en tu camino,
y, fallándote las fuerzas,
tu vida pende de un hilo.
Debes llegar al Calvario
a ofrecer tu sacrificio,
pero con tus solas fuerzas
no llegarás al destino.
Por eso en tu providencia
elegiste a aquel testigo
que te ayudó con sus fuerzas
cargando el yugo bendito.
Al principio el cireneo,
contrariado y sorprendido,
con repulsa y obligado,
se arrimó a la cruz contigo.
Tú le miraste a los ojos
y él pudo ver, escondido,
al Dios que hizo cielo y tierra,
al humano que es divino.
Traspasado por tu gracia,
abrazó el leño bendito,
y, entendiendo el privilegio,
por fin se hubo convertido.
Lector 2.
Cada vez que un hombre sufre
del dolor en el martirio,
eres Tú, Jesús amado,
quien me llama a estar contigo.
Pues en todo el que padece
está tu rostro escondido,
llamándome silencioso
a ayudarte con ahínco.
Ayúdame a saber ver
tu presencia en tus amigos,
para que, arrimando el hombro,
lleve hoy la cruz contigo.
Oración
Cristo, que has concedido a Simón de Cirene
la dignidad de llevar tu cruz,
acógenos también a nosotros bajo su peso,
acoge a todos los hombres
y concede a cada uno la gracia de la disponibilidad.
Haz que no apartemos nuestra mirada de quienes
están oprimidos por la cruz de la enfermedad,
de la soledad, del hambre y de la injusticia.
Haz que, llevando las cargas los unos de los otros,
seamos testigos del evangelio de la cruz y testigos de ti,
que vives y reinas por los siglos de los siglos.
R/.Amén.
V/ Señor, pequé
R/ Tened piedad y misericordía de mí.
Sexta estación: Verónica limpia el rostro de Jesús.
V/ Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R/ Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
Lector 1.
Aliviado en tu calvario
por la ayuda de Simón,
avanzas a trompicones
por la senda del dolor.
Tu rostro está ensangrentado,
se te nubla la visión,
tu garganta está sedienta
tras las horas de amargor.
Una joven se te acerca,
movida por compasión,
con un cántaro de agua,
con un paño y con amor.
Comienza a limpiar tu rostro
con ternura y con candor,
aliviándote en tus penas,
confortando tu dolor.
Tú dejas tu rostro impreso
en el velo que ella usó,
concediendo aquel milagro
como premio por su don,
porque solo una muchacha
podría con tal valor
acercarse a un moribundo
en medio de aquel fragor.
Lector 2.
También hoy yo quiero, oh Cristo,
consolar tu Corazón,
enjugar tu dulce rostro,
aliviarte en tu dolor.
Pues en cada hombre sufriente
está tu rostro, Señor,
puedo, como Verónica,
acercarme con amor,
enjugar en él tu llanto,
ejercer la compasión.
Concédeme descubrirte
escondido en su aflicción.
Oración
Señor Jesucristo,
tú que aceptaste
el gesto desinteresado de amor de una mujer
y, a cambio, has hecho
que las generaciones la recuerden con el nombre de tu rostro,
haz que nuestra obras,
y las de todos los que vendrán después de nosotros,
nos hagan semejantes a ti
y dejen al mundo el reflejo de tu infinito amor.
Para ti, Jesús, esplendor de la gloria del Padre,
alabanza y gloria por los siglos.
R/.Amén.
V/ Señor, pequé
R/ Tened piedad y misericordía de mí.
Séptima estación: Jesús cae por segunda vez.
V/ Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R/ Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
Lector 1.
¿Qué pensaste, Jesús mío,
en aquel tan duro trance?
De seguro te acordaste
de nuestras penas y males,
de nuestros pecados duros,
de nuestros vanos pesares.
Por salvarnos del pecado
aquella gran cruz cargaste,
mi recuerdo fue tu fuerza
para seguir adelante.
Gracias, buen Jesús sufriente,
porque de mí te acordaste.
Pero el peso del madero
es demasiado grande...
Tanto pesan mis pecados
que consiguen derribarte.
Por segunda vez el suelo
besa tu mejilla amable.
¡Qué confusa y dolorida
suspiró tu dulce Madre!
Más encontraste sus ojos
y volviste a levantarte.
“¿Qué mueve a este hombre, pensaron,
para continuar su trance...?”
Lector 2.
Fue tu amor, oh Jesús mío,
quien te movió a levantarte,
porque me amas más que a nada,
porque querías salvarme.
Que cada vez que me caiga,
no retarde en levantarme,
que me confiese en seguida,
que no desprecie tu sangre.
Pues tan querido te fui,
concédeme, Jesús, amarte,
y sobrellevar las cruces
que tú quieras, Dios, mandarme.
Oración
Señor Jesucristo,
que caes bajo el peso del pecado del hombre
y te levantas para tomarlo sobre ti y borrarlo,
concédenos a nosotros, hombres débiles,
la fuerza de llevar la cruz de cada día
y de levantarnos de nuestras caídas,
para llevar a las generaciones que vendrán
el Evangelio de tu poder salvífico.
A ti, Jesús, soporte de nuestra debilidad,
la alabanza y la gloria por los siglos.
R/.Amén.
V/ Señor, pequé
R/ Tened piedad y misericordía de mí.
Octava estación: Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén.
V/ Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R/ Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
Lector 1.
¡Cuánto te aman las mujeres
que en vida te acompañaron,
socorriendo tus deseos
y aprendiendo de tus labios!
Ellas lloran de tristeza
al mirarte magullado,
más Tú les das tu consuelo
y un aviso duro y claro:
"Si esto hacen con el bueno,
¿qué no le harán al que es malo?".
Hoy son ellas, Cristo bueno,
las que están siempre a tu lado
atendiendo las parroquias,
y rezando su rosario.
Por las penas de sus hijos
elevan a ti las manos,
y te piden el consuelo
para el mundo solitario.
Tú escuchas y te conmueves
ante su ardoroso llanto,
son ellas las que nos salvan,
las que nos atraen tu abrazo.
Lector 2.
Gracias, Señor, por las madres,
las abuelas, sus abrazos,
porque Tú a través de ellas
te acercas a consolarnos.
Cuídalas, oh Jesús bueno,
guárdalas bajo tu manto,
mira sus lágrimas puras,
dales tu consuelo santo,
que ellas sigan sosteniendo
nuestras vidas con su ensalmo.
Oración
Cristo, que has venido a este mundo
para visitar a todos los que esperan la salvación,
haz que nuestra generación
reconozca el tiempo de tu visita
y tenga parte en los frutos de tu redención.
No permitas que por nosotros
y por los hombres del nuevo siglo
se tenga que llorar
porque hayamos rechazado la mano del Padre misericordioso.
A ti, Jesús, nacido de la Virgen, Hija de Sión,
honor y gloria por los siglos de los siglos.
R/.Amén.
V/ Señor, pequé
R/ Tened piedad y misericordía de mí.
Novena estación: Jesús cae por tercera vez.
V/ Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R/ Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
Lector 1.
Llegas por fin a la meta
que culmina tu camino.
Hemos llegado al Calvario
que sellará tu destino.
Tu cuerpo no aguanta más
y te desplomas vacío,
dejando caer tu cuerpo
bajo el peso del espino.
Por tercera vez te caes,
humillado, empobrecido,
bajo las burlas de todos
los que se ensañan contigo.
¡Cuántas veces yo me caigo
y permanezco caído,
pensando que, sin remedio,
ya no estás, Señor, conmigo!
¿Acaso podrás perdonar
otra vez más a tu hijo,
que te falla día a día
sin mostrarse arrepentido?
Porque quiero no caer,
cayendo siempre en lo mismo...
Lector 2.
"Yo conozco tu pobreza",
Tú me dices, buen amigo,
"Yo supe que caerías
sin enojarme contigo,
porque sé que siempre intentas
no caer en el abismo,
y aunque caigas, te levantas,
me dices: «En ti confío».
No me canso de elevarte
cada vez que estás caído;
no te canses tú de hacerlo
y te llevaré conmigo ".
Oración
Señor Jesucristo,
que por tu humillación bajo la cruz
has revelado al mundo el precio de su redención,
concede a los hombres de nuestro tiempo la luz de la fe,
para que reconociendo en ti
al Siervo sufriente de Dios y del hombre,
tengamos la valentía de seguir el mismo camino,
que a través de la cruz y el despojo,
lleva a la vida que no tendrá fin.
A ti, Jesús, apoyo en nuestra debilidad,
honor y gloria por los siglos.
R/. Amén.
V/ Señor, pequé
R/ Tened piedad y misericordía de mí.
Décima estación: Jesús es despojado de sus vestiduras.
V/ Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R/ Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
Lector 1.
En Edén, Adán y Eva
se paseaban sin ropa,
porque, sin sentir vergüenza,
siempre miraban con honra.
Mas el terrible pecado
volvió su mirada torva;
corrompiéronse sus ojos,
su pureza quedó rota.
Y desde entonces los hombres
caen impuros en derrota.
Por mis impuras caídas
de tus ropas te despojan,
tu dulce cuerpo es expuesto
por lo que hago yo en las sombras.
¡Perdona, pues te he fallado,
pues mi mirada está rota!
¡Cómo quisiera, mi Cristo,
que mi inocencia de otrora
volviese mis ojos limpios
de una sola vez por todas!
¡Confúndeme con tu cuerpo
que contemplo expuesto ahora!
Lector 2.
Dame, Cristo, la pureza
que mi pobre alma añora.
Dame mirar con tus ojos
viendo a la persona toda.
Haz que nuestro mundo vuelva
a librarse de la soga
que la impureza ha tendido
en su cuello y que lo ahoga.
Haz que la dignidad vuelva
a teñir nuestras alcobas,
para que lo más precioso
nuestra torpeza no rompa.
Oración
Señor Jesús,
que con total entrega has aceptado la muerte de cruz
por nuestra salvación,
haznos a nosotros y a todos los hombres del mundo
partícipes de tu sacrificio en la cruz,
para que nuestro existir y nuestro obrar
tengan la forma de una participación libre y consciente
en tu obra de salvación.
A ti, Jesús, sacerdote y víctima,
honor y gloria por los siglos.
R/.Amén.
V/ Señor, pequé
R/ Tened piedad y misericordía de mí.
Undécima estación: Jesús es clavado en la cruz.
V/ Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R/ Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
Lector 1.
Llegó la terrible hora
en que tus manos y pies,
traspasados por los clavos
rezuman de leche y miel.
Te encadenas al madero
porque Tú eres el Dios fiel,
el Dios que nunca abandona,
aunque le cueste la piel.
Así Tú eres, Dios amado,
nunca te dejas vencer,
llegas siempre hasta el final
por podernos socorrer.
Los clavos de la obediencia
que Tú aceptas por la fe,
tumban mi indocilidad
que no quiere obedecer.
¿Cómo puedo resistirme,
oh Señor, a tu querer
si Tú renunciaste al tuyo
por salvarme de caer?
Pues por tu fidelidad
está libre hoy mi ser,
dime, ¿por qué me resisto
en todo acto a serte fiel?
Lector 2.
Dame la fidelidad
que te sabe obedecer.
Dame la docilidad
que me lleve a hacer el bien.
Doma tú mi rebeldía,
que yo viva por la fe;
que tu voluntad se cumpla
en este humilde bajel
que quiere seguir tu ruta
renunciando a su querer,
porque Tú mejor que nadie
sabes lo que le hace bien.
Oración
Cristo elevado,
Amor crucificado,
llena nuestros corazones de tu amor,
para que reconozcamos en tu cruz
el signo de nuestra redención
y, atraídos por tus heridas,
vivamos y muramos contigo,
que vives y reinas con el Padre y el Espíritu Santo,
ahora y por los siglos de los siglos.
R/.Amén.
V/ Señor, pequé
R/ Tened piedad y misericordía de mí.
Duodécima estación: Jesús muere en la cruz.
V/ Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R/ Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
Lector 1.
Un pesado velo oscuro
nos separaba de Dios.
Lo buscábamos sin tiento,
no sentíamos su voz.
Lo alejamos de nosotros
rompiendo la comunión,
al amar la criatura
más que a nuestro Creador.
Sedientos de luz divina,
hundidos por el dolor,
anhelábamos su rostro
sin merecer su perdón.
Pero Tú rompiste el velo
que la oscuridad tejió
cuando aquella lanza impía
traspasó tu Corazón.
A través de aquella llaga
que en tu costado se abrió
tenemos acceso al Padre
que por amor te entregó.
Se acabó el duro silencio
que nuestra maldad causó,
y vemos abierto el cielo
que el pecado nos cerró.
Lector 2.
Gracias porque por tus llagas
nos ha hablado el Dios de amor
diciendo que para siempre
el cielo por fin se abrió.
Gracias porque tengo acceso
a tu dulce Corazón,
porque puedo consolarlo
y obtener su bendición.
¡Qué inapreciable, oh Cristo,
es tu tierna compasión!
En ti quiero yo perderme
y embriagarme de tu amor.
Oración
Señor Jesucristo,
Tú que en el momento de la agonía
no has permanecido indiferente a la suerte del hombre
y con tu último respiro
has confiado con amor a la misericordia del Padre
a los hombres y mujeres de todos los tiempos
con sus debilidades y pecados,
llénanos a nosotros y a las generaciones futuras
de tu Espíritu de amor,
para que nuestra indiferencia
no haga vanos en nosotros los frutos de tu muerte.
A ti, Jesús crucificado,
sabiduría y poder de Dios,
honor y gloria por los siglos de los siglos.
R/.Amén.
V/ Señor, pequé
R/ Tened piedad y misericordía de mí.
Decimotercera estación: Jesús es bajado de la cruz y puesto en brazos de su madre.
V/ Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R/ Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
Lector 1.
Mientras tu alma a los infiernos
va a proclamar tu victoria,
tu cuerpo sangrante, inerte,
queda en esta tierra rota.
¡Con cuánto cuidado bajan
tus despojos, de que brotan
los restos de sangre rojos
que parecen tu derrota!
Acabado el espectáculo
tus odiadores aflojan,
y te dejan con tu Madre
en la intimidad a solas.
¡Con cuánta ternura, Madre,
abrazas su cuerpo y lloras,
limpiándole cada herida,
secándole cada gota!
Como un día fuiste su cuna
eres tú su tumba ahora;
como le meciste en brazos
le meces en esta hora.
Aceptas tu sacrificio,
en silencio tú le imploras:
"Que tu voluntad se cumpla
en tu sierva, que te adora".
Lector 2.
Madre, tómame en tus brazos,
no me dejes en la sombra,
llora por mi cuerpo herido,
sana mi alma que te implora.
Madre, dame tu consuelo,
cuando llegue a mí mi hora,
para que no desespere
si todo se me desploma.
Madre, como tú estuviste
junto a tu Jesús llorosa,
que yo permanezca firme
para entrar así en la gloria.
Oración.
Rezamos juntos la Salve a María:
Dios te salve, Reina y Madre de misericordia,
vida, dulzura y esperanza nuestra.
Dios te salve.
A Ti clamamos los desterrados hijos de Eva,
a Ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas.
Ea, pues, Señora Abogada Nuestra,
vuelve a nosotros tus ojos misericordiosos,
y después de este destierro, muéstranos a Jesús,
fruto bendito de tu vientre.
Oh, clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María.
Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios,
para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo.
Amén.
V/ Señor, pequé
R/ Tened piedad y misericordía de mí.
Decimocuarta estación: Jesús es sepultado.
V/ Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R/ Que por tu santa cruz redimiste al mundo.
Lector 1.
Abrió sus fauces oscuras
la muerte, para tragarte,
mas, como eres Tú divino,
no consiguió devorarte.
Con tu cruz, precioso anzuelo,
su oscura boca trabaste.
Tu mano tendiste a todos
los que devoró de balde,
porque con tu muerte santa
a todos los liberaste.
"Venid al Reino del Padre
que he comprado con mi sangre".
Tu cuerpo es depositado
en la tumba que estrenaste,
y una última mirada
depósito en ti tu Madre.
Ella sabía que el mal
no podría sujetarte
y que tú, cómo Jonás,
volverías sin tardarte.
El silencio envolvió todo,
se hizo noche aquella tarde,
y en medio de tal derrota,
tú, santa Madre, esperaste.
Lector 2.
La victoria ya está escrita,
nadie puede derrotarte,
y, aunque parezca que pierdes,
vencerás cuando Tú sabes.
Entre tanto en esperanza
avanzamos por el valle
aguardando el cielo nuevo
que en tu sangre nos ganaste.
Que la luz de la esperanza,
oh Jesús, nunca se apague
hasta que llegue tu Reino
y volvamos a encontrarte.
Oración
Señor Jesucristo,
que por el Padre, con la potencia del Espíritu Santo,
fuiste llevado desde las tinieblas de la muerte
a la luz de una nueva vida en la gloria,
haz que el signo del sepulcro vacío nos hable a nosotros
y a las generaciones futuras
y se convierta en fuente viva de fe,
de caridad generosa y de firmísima esperanza.
A ti, Jesús, presencia escondida
y victoriosa en la historia del mundo
honor y gloria por los siglos
R/.Amén.
V/ Señor, pequé
R/ Tened piedad y misericordía de mí.