Cuarto. Lo que realmente hace espectacular el caso Olvido no es tanto el fondo de la cuestión, sino el hecho de que la misma se haya visto plasmada en un video tan explícito, tan bestial, si me permiten Vds. la palabra, lo que demuestra una vez más, el viejo adagio según el cual “más vale una imagen que mil palabras”. ¿Habría superado Clinton el affair Lewinsky de haber mediado un video como el de Olvido? Y sin salir del caso Olvido, ¿nos habríamos escandalizado de todos los aspectos cuya moralidad nos planteamos ahora de no haber mediado el video y de no haber tenido ocasión de visionarlo de manera tan brutal? O dicho de otro modo: ¿acaso no estaban ya ahí todos los aspectos morales que ahora nos planteamos antes de publicarse (con malas artes) el video? O dicho aún de otra manera: ¿es Olvido el único político en circunstancias como las que ahora comentamos todos, aunque en el caso de esos políticos no medie video?
Quinto. Revela, eso sí, el caso Olvido una impericia, una imprudencia rayana en lo temerario, los cuales casan mal con la política, que no es otra cosa que la gestión prudente por los que apoderamos con nuestro voto de los bienes que son de todos. Y sin duda, e independientemente de lo que ocurra en el corto plazo, -a saber, que dimita o no dimita-, no parece que lo acontecido a la concejala vaya a representar para su carrera política un impulso, y más bien apunta en la dirección contraria. Lo que también me lleva a preguntarme si el caso Olvido no terminará resolviéndose con una portadita bien pagada o de manera parecida, igual que han terminado tantos otros casos similares (v.gr. María Dolores Jiménez pero no sólo), lo cual supondría una nueva decepción para los sufridos votantes, para mí, personalmente, muy superior a la del video robado.
Sexto. En España, en consonancia con lo que ocurre en el modelo francés y contrariamente a lo que acontece en los anglosajones (y cada vez menos), constituye uno de los consensos de la Transición la total separación de la vida personal y la vida pública de los políticos, y hasta la fecha, nunca los aspectos relativos a aquélla han tenido repercusión en ésta. ¿Debemos replantearnos esta cuestión? Podríamos, por qué no. Pero mientras no lo hagamos, no parece justo juzgar a la concejala con raseros con los que hasta la fecha no hemos juzgado a ningún otro político, protagonistas muchos de ellos de una vida privada tan “desordenada” o más que la de Olvido (y se me ocurren unos cuantos, a los que incluso hasta les reímos la gracia). Séptimo. El caso Olvido nos conduce, casi sin darnos cuenta, a un debate mucho más importante que el de la vida privada de la concejala, cual es el de la irrupción en las nuestras, en la de todos, de los hiperpoderosos medios de reproducción, comunicación y difusión que tenemos hoy día a nuestra disposición (tan a nuestra disposición como lo están de nuestros enemigos). Porque al fin y al cabo, ¿quién es el que no tiene algún aspecto de su vida privada (no necesariamente malo, que también, sino simplemente no presentable, o por lo menos, no sin la compañía de las necesarias explicaciones) que no querría ver publicado? A mi entender, nada de todo esto debería caer en el olvido a la hora de juzgar el caso Olvido.
©L.A.
Si desea suscribirse a esta columna y recibirla en su correo cada día,
o bien ponerse en contacto con su autor, puede hacerlo en encuerpoyalma@movistar.es
Otros artículos del autor relacionados con el tema(haga click en el título si desea leerlos) De dos concejalas en cueros Del tratamiento de la prostitución en ciertos países europeos ¿Es necesario el movimiento feminista?De una canción que es un verdadero insulto de mujeres (feministas faltaría más) contra mujeres