«La alegría cristiana es fruto de un estilo de vida que se elige», dice el Papa en el Ángelus
Desde la ventana, recordó que existe un modo muy concreto de reavivar esa alegría.

El Papa subrayó que Jesús revela un rostro de Dios que jamás abandona a nadie.
Esta mañana, el Papa León XIV invitó a los fieles a redescubrir la fuerza transformadora de las Bienaventuranzas. Desde la ventana del Palacio Apostólico, recordó que no siempre es sencillo conservar la alegría cristiana ni mantener viva la luz interior.
"Muchas personas —dijo— llegan a sentirse fracasadas o descartadas, como si su propia luz se hubiera apagado. Sin embargo, Jesús revela un rostro de Dios que jamás abandona a nadie: un Padre que conoce a cada uno por su nombre y que no deja sin sanar ninguna herida, por profunda que sea, cuando se acoge su palabra y se vuelve al camino del Evangelio".
Alejado de su verdadero sabor
El Santo Padre explicó que existe un modo muy concreto de reavivar esa alegría perdida: mediante gestos sencillos de apertura y atención hacia los demás.
Recordó que Jesús mismo fue tentado a buscar prestigio y poder, a exhibir su identidad y dominar el mundo, pero rechazó esos caminos porque lo habrían alejado de su verdadero "sabor", ese que los cristianos encuentran cada domingo en la fracción del Pan: la vida entregada y el amor silencioso.
Puedes ver aquí completo el Ángelus del Papa.
A partir de las palabras de Jesús —«Ustedes son la sal de la tierra y la luz del mundo»—, el Papa subrayó que la alegría cristiana no es un sentimiento pasajero, sino el fruto de un estilo de vida elegido libremente.
Es la alegría que brota de vivir las Bienaventuranzas, porque ellas dan sabor a la existencia y hacen brillar una luz que transforma la realidad. Quien sigue a Cristo, afirmó, cambia la tierra que pisa y demuestra que la oscuridad nunca tiene la última palabra.
Vaticano
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En su reflexión final, León XIV animó a los creyentes a dejarse sostener por la comunión con Jesús. Sin necesidad de exhibiciones, dijo, la comunidad cristiana puede convertirse en una ciudad situada en lo alto del monte: visible, acogedora y capaz de atraer a quienes buscan paz.
Esa es la misión que Jesús confía a sus discípulos: iluminar sin imponerse, dar sabor sin dominar, y vivir de tal manera que otros descubran en esa luz la presencia de Dios.