"Una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies
y una corona de doce estrellas". Por Velázquez.
El primero lo hallamos en Juan, cuyo Apocalipsis nos cuenta la visión que tuvo de “aquella mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza” (Ap. 12, 1), que la tradición gusta de identificar con María Virgen, y ello aún a pesar de que otras exégesis prefieren identificar a dicha mujer con la Iglesia. La propia constitución hace una referencia expresa a este extremo cuando dice:
“Además, los doctores escolásticos vieron indicada la Asunción de la Virgen Madre de Dios no sólo en varias figuras del Antiguo Testamento, sino también en aquella Señora vestida de sol, que el apóstol Juan contempló en la isla de Patmos (Ap 12, 1s.)” (núm. 27).
El segundo lo aporta Pablo, cuando hablando de la resurrección que a todos espera, afirma: “pero cada cual en su rango: Cristo como primicias, luego los de Cristo en su venida” (1Co. 15, 23), que podría indicar que hay un orden para acceder a la resurrección, orden en el cual, María bien podría ocupar el segundo lugar después de su hijo Jesús. De hecho, tal es la explicación que da Juan Pablo II en su Homilía ante la gruta de Lourdes del 15 de agosto de 1983:
“La redención realizada por Cristo ha destruido esta herencia: ‘Por Cristo todos volverán a la vida; pero cada uno en su puesto: primero Cristo como primicia; después, cuando él vuelva, todos los de Cristo’ (1Co. 15, 23). ¿Y quién pertenece más a Cristo que su Madre? ¿Quién ha sido más que ella rescatado por él? ¿Quién ha cooperado como ella a la propia redención, de forma más íntima, mediante su fíat en la Anunciación y su fíat al pie de la cruz?”.
En el Antiguo Testamento, por último, se hallan también argumentos utilizados a favor del dogma, unos argumentos que la propia constitución recoge aunque reconozca que se hayan podido utilizar “con una cierta liberalidad”, y que son aún menos explícitos que los del Nuevo Testamento. Así, se ve en la Virgen el arca de santificación del que habla el salmo 131:
“Ven, ¡oh Señor!, a tu descanso, tú y el arca de tu santificación” (Sal 131, 8).
O la reina que entra triunfal en el palacio celeste y se sienta a la diestra del divino Redentor del salmo 44:
“Entre tus predilectas hay hijas de reyes, la reina a tu derecha, con oro de Ofir” (Sal 44, 10).
Así como también, la esposa del Cantar de los Cantares, “que sube por el desierto como una columna de humo de los aromas de mirra y de incienso” (Cant 3, 6).
©L.A. Si desea suscribirse a esta columna y recibirla en su correo cada día, o bien ponerse en contacto con su autor, puede hacerlo en encuerpoyalma@movistar.es Otros artículos del autor relacionados con el tema De nuestra españolísima Inmaculada: unos apuntes históricosDe una reliquia muy poco conocida: el Santo Cíngulo de la VirgenDel monumento a la Inmaculada en la romana Plaza de EspañaDe la Presentación de la Virgen que hemos celebrado ayer: reseña histórica