Huysmans, el escritor satanista que cambió las misas negras por la liturgia y el canto gregoriano
El fundador del movimiento decadentista terminaría sus días como oblato benedictino, reflejando en sus novelas su profunda devoción mariana y pasión por la mística católica

Fascinado por el simbolismo, el ocultismo y la decadencia parisina, Huysmans terminaría encontrando en el catolicismo y la liturgia la respuesta espiritual al nihilismo moderno.
El pasado 25 de mayo, más de 20.000 peregrinos culminaban la peregrinación que Nuestra Señora de la Cristiandad realiza anualmente entre París y la catedral de Chartres. La multitud que desbordó la gran catedral francesa por Pentecostés es según los organizadores una cifra récord en los más de 40 años de historia de la peregrinación.
La postal contrasta con la que podía tenerse de la catedral a finales del siglo XIX. Entonces, el escritor converso, Joris Karl Huysmans, ya sufría los estragos del nihilismo moderno, lamentando en sus obras que "ni siquiera en épocas de peregrinación las inmensas multitudes de la Edad Media podían llenar" ya la catedral gótica que tal crucial sería en su vida.
La fundación del decadentismo
Huysmans tenía 22 años cuando la derrota en la Guerra francoprusiana (1870) sumió al país galo en un estado de incertidumbre y crisis identitaria, comparable al que España sufriría tres décadas más tarde, en 1898.
Bautizado en la iglesia de Saint-Séverin en 1848, Huysmans no tardaría en convertirse en uno de los grandes canalizadores literarios de dicha crisis. Su obra À rebours -A contrapelo-, publicada en 1884, daría comienzo al movimiento decadentista, una violenta respuesta cultural contra la moral establecida, contra el orden burgués y, en definitiva, contra la misma realidad.
Un rechazo que no solo se materializó en la evasión de la realidad o en la exploración extrema del inconsciente, sino en la toma de protagonismo que las versiones más crudas del satanismo adquirirían en la escena cultural y social del París decimonónico.
Una misa negra convertida en novela
Por aquellos años, Huysmans ya se encontraba muy lejos de la fe que le vio nacer. Y si À rebours fue la primera exploración decadentista en busca de satisfacer pasiones y sentidos, La Bas, publicada en 1891, sería el movimiento llevado al extremo.
De los muchos excesos y perversiones relatados, el escritor nunca ocultó su fascinación -algunos aseguran que también práctica y proselitismo- por lo sacrílego y satánico.
Precisamente en La Bas se describe con todo lujo de detalle una miríada de sacrificios humanos, perversiones e, incluso, el relato de una misa negra.
“Te lo advierto”, se lee, “te arrepentirás de haber visto cosas tan terribles. Es un recuerdo imborrable y espantoso, sobre todo... cuando uno no participa personalmente en estos servicios”.
Las “injurias, blasfemias, actos sacrílegos y frenesíes sensuales” son asiduamente relatadas y puestas en práctica, por si fuera poco, por protagonistas basados en sacerdotes católicos apóstatas. Sobre la preparación de una de las misas negras, se lee el siguiente fragmento, uno de los más “reproducibles”, pero que ofrece una imagen nítida al respecto: “¡No es fácil atrapar niños a los que puedas asesinar con impunidad, sin que los padres lloren y sin que intervenga la policía!”.
Barbey d'Aurevilly, escritor católico converso y conocido del mismo Huysmans, diría de él que, tras publicar À rebours, "al autor solo le quedaba elegir entre una pistola o arrodillarse ante la cruz". Y aunque entonces nadie lo sabía, el mismo Huysmans admitiría veinte años después: "Mi elección ya estaba hecha".
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"Una silenciosa explosión de luz"
El sacerdote católico Hugh Francis Blunt, buen conocedor de la obra de Huysmans, plasmó en 1921 la paradoja de La Bas, y es que fue precisamente con ese libro “verdaderamente terrible” cuando se puede empezar a intuir la conversión del impenitente y sacrílego escritor.
Pero si La Bas representa la noche espiritual de Huysmans, la trilogía formada por En ruta, La Catedral y El oblato muestra el “cambio de agujas” de su vida: el tránsito que con 44 años emprendió desde el decadentismo y el satanismo hasta el culto, el claustro y la fe.
Lo cierto es que el proceso por el que abrazó nuevamente la fe no incluyó, en palabras de Huysmans, ningún “camino a Damasco, ni acontecimientos que determinaran una crisis”. Lo que no puedo comprender, explicaría, “es la repentina y silenciosa explosión de luz que ha tenido lugar en mí. Cuando intento explicarme cómo, siendo incrédulo por la noche, me he convertido sin saberlo en creyente de la noche a la mañana, no logro descubrir nada, pues la acción celestial ha desaparecido sin dejar rastro. Lo único que me parece seguro es que en mi caso hubo premoción divina: gracia”.
Un repaso superficial de su última trilogía basta para reconocer en el propio protagonista, Durtal, los argumentos y grandes causas de la conversión de su alter ego. Hasta el punto de que el propio Huysmans podría considerarse un converso por la liturgia, la cultura y el arte cristiano de sus días.
“Sin apenas pensarlo, en París, Dios me tomó repentinamente y me trajo de vuelta a la Iglesia, usando mi amor por el arte, el misticismo, la liturgia y el canto gregoriano para cautivarme”, escribió.

Joris-Karl Huysmans, tras su conversión.
Canto, arte y rito, la fuente de su conversión
Conforme avanza su obra, la influencia de estos elementos en su conversión se vuelve cristalina.
En este sentido, Blunt escribe que, lejos de ser meramente “literaria” o superficial, el tránsito de Huysmans cristalizó en una vida cristiana de renovada práctica y fervor, “deleitándose en visitar las iglesias de París, escuchando el sencillo canto de la Iglesia como música del Cielo […]”.
La belleza litúrgica y cultural del cristianismo que devolvió a Huysmans a la fe no hizo sino acrecentarse con el paso de los años.
En una carta fechada en 1896, el escritor confesó a su biógrafo, Gustave Coquiot, el creciente peso que la opción contemplativa cobraba en su vida: “Mis alegrías actuales consisten en seguir las horas canónicas en un claustro, ignorar lo que sucede en París, leer libros sobre liturgia y misticismo, iconografía y simbolismo. Ver lo menos posible a hombres de letras y lo más posible a monjes... Me siento alejado de la vida activa, y mis libros me parecen ahora como los de los demás: vanos”.
El mismo Huysmans confirmó el papel de la liturgia en su conversión dos décadas después de publicar Contra Natura -À rebours-. En una carta que precede hoy a la pieza fundacional del decadentismo, escribía que, aunque en el principio de su conversión "nada era perceptible, la liturgia, la mística y el arte eran los vehículos o medios" para culminarla.
La mística y la liturgia, su única preocupación
Hasta tal punto se adentraría en la mística que la influencia de Santa Teresa, San Ignacio o Fray Luis de León quedarán impregnadas en su vida y obra. Lo muestra Durtal en En route, al plasmar su predilección por la oración benedictina de la abadía de Nuestra Señora de Igny, donde se instala el personaje, o al lamentarse por el fin de su retiro trapense:
“¡Ah! ¡Qué igual me da todo, y qué poco me importa ya!, exclamó para sí mismo. Y gimió, sabiendo que, en realidad, ya no podría interesarse por nada que alegrara a los hombres. La inutilidad de preocuparse por cualquier cosa que no fuera el misticismo y la liturgia, de pensar en cualquier otra cosa que no fuera Dios, se arraigó en él”.
La verdadera prueba de la fe
Para Huysmans, el arte cristiano –a juicio del autor, no superado hasta la fecha- se convertiría en “la verdadera prueba del catolicismo”.
“En pintura y escultura, fueron los primitivos; en poesía y prosa, los místicos; en música, el canto gregoriano; en arquitectura, el románico y el gótico. Y todo esto se unía, resplandeciendo en un solo haz, en el mismo altar; todo esto se reconciliaba en un solo pensamiento: reverenciar, adorar, servir al Dispensador”.
Finalmente, el canto llano y el Credo, confirmarían su certeza racional de la superioridad cristiana, al considerar “imposible que los aluviones de Fe que han creado esa certeza musical sean falsos”.
Oblato y devoto de la Virgen de Chartres
Con una fe y devoción que en algún momento se llega a describir como algo “obsesivo”, Huysmans tomaría la decisión vital de sumergirse por completo en la liturgia y establecerse en torno a la abadía francesa de Ligugé, en las cercanías de Vienne, donde comenzó a prepararse para profesar como oblato.
François Coppée dedicaría varias líneas al respecto en su obra La Bonne Souffrance:
“Si, como dice el proverbio […] todos los caminos llevan a Roma, Huysmans ciertamente ha tomado el más largo. Hace algunos años, una atracción malsana lo llevó a estudiar las misteriosas abominaciones del satanismo; y al leer una tras otra, La Bas y En Route, uno podría creer —si no supiera que la primera de estas dos historias es completamente imaginaria— por qué Durtal, es decir, Huysmans, corrió a refugiarse en La Trappe al salir de una misa negra”.
Desde entonces, el otrora satanista y decadente se dedicó por entero a la santificación de su alma, atraído al mismo tiempo por disfrutar la paz del claustro y de divulgar las verdades de la fe y del Evangelio, lo que reflejó en La cathédrale (1898), sobre la catedral de Chartres, y L’oblat (1903) donde reflejó su vida como oblato benedictino.
Cada mañana asistía a misa y tan solo abandonaba la iglesia cuando lo hacían los monjes, aprendiendo de ellos todo lo posible en materia litúrgica y espiritual, pero sin llegar a abrazar aquella vida por el consejo de sus directores espirituales: su servicio a Dios y la Iglesia terminaría como empezó su vida libertina, con la pluma y en el campo literario.
Desde 1891 pasaría varias temporadas en monasterios benedictinos, hasta que en 1899 profesaría como oblato en la abadía benedictina de Ligugé.
Huysmans terminó sus días ofreciendo su sufrimiento y enfermedad con una marcada devoción mariana, que plasmaría en sus visitas a Lourdes, antes de trasladarse definitivamente a París. Falleció el 12 de mayo de 1907, siendo entonces conocida la oración que compuso y dedicó a la Virgen de Chartres: “No vivir dividido; permanecer indivisible; tener el alma bastante sacrificada para no sentir más que los dolores; no experimentar más que las alegrías de la liturgia; no encontrarme solicitado más que por Jesús y por Vos”.