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Fernando III, un santo que era rey

Llevaba siempre junto a su silla de montar una imagen en marfil de Santa María.

San Fernando ora con su espada antes de la batalla, en el corto 'Fernando III el Santo' de HM Televisión.

San Fernando ora con su espada antes de la batalla, en el corto 'Fernando III el Santo' de HM Televisión.HM Televisión (captura)

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Los esfuerzos y sacrificios realizados en el largo proceso de avance militar en el sur de la península habían conducido a Fernando III a un estado de postración y agotamiento. En sus últimos días, alojado en el Alcázar de Sevilla, debió de pasar revista a los hechos más importantes de su vida. 

Siendo niño había conocido la gran noticia de que su abuelo materno, Alfonso VIII, había obtenido un triunfo decisivo en Las Navas de Tolosa (1212). A pesar de la dolorosa derrota que había sufrido en Alarcos, Alfonso VIII no dejó de combatir para restaurar el antiguo reino visigodo. Esta profunda convicción de continuar con la reconquista marcaría profundamente a su nieto, el infante Fernando

Posteriormente la nulidad matrimonial entre su padre, el rey Alfonso IX de León y su madre, doña Berenguela de Castilla, dejaba al infante Fernando en una situación de desarraigo y menesterosidad. En el reino de León tendrían prioridad como sucesores los infantes Fernando, Sancha y Dulce. En el reino de Castilla tenían prioridad su tío Fernando y su tío Enrique. Pero un encadenamiento de sucesos le dejó vía libre para heredar los tronos de Castilla y de León. Aunque hubo nobles castellanos y leoneses que no vieron su nombramiento con buenos ojos, la realidad es que consiguió aunar a la inmensa mayoría de nobles, caballeros, eclesiásticos y sobre todo al común del pueblo. 

De modo providencial llegó a ser rey de Castilla y de León, cuando nada hacía presagiarlo. Tuvo la fortuna de contar con una madre inteligente, hábil negociadora y mujer piadosa, doña Berenguela, hija de Alfonso VIII de Castilla y Leonor de Inglaterra. Sus dos esposas, Beatriz de Suabia y Juana de Ponthieu, fueron elegidas con gran acierto. Los avances formidables en la reconquista. Pero por encima de todo su gran devoción a Dios y a la Virgen María. Llevaba siempre junto a su silla de montar una imagen en marfil de Santa María, la venerable "Virgen de las Batallas", que se conserva en Sevilla. 

Una vez apaciguados los diversos descontentos de una parte de la nobleza, doña Berenguela consideró necesario buscar una esposa adecuada para su hijo. Para evitar las complicaciones de la consanguinidad y parentesco se inclinó por una princesa alemana, doña Beatriz de Suabia. La comitiva que viajó a Alemania para conocerla y después para conducirla a Castilla es digna de una novela de aventuras. 

A mediados de 1219 partía en busca de la novia una embajada presidida por el obispo de Burgos, don Mauricio, y compuesta por los abades de San Pedro de Arlanza y Santa María de Rioseco, el maestre de la Orden de Santiago y el prior de la Orden de San Juan. Una vez realizada la entrega de la novia por el emperador Federico II, la embajada se dirigió a París, donde visitaron a la reina Blanca, hermana de doña Berenguela. Ésta se desplazó hasta Vitoria para recibir a Beatriz. En Burgos esperaba Fernando, con los obispos, nobles y procuradores de las ciudades del reino. El 30 de noviembre, día de san Andrés, se celebró la boda en la catedral de Burgos. 

La reanudación de las expediciones hacia el sur culminó con la conquista de ciudades tan importantes como Córdoba (1236), Murcia (1244), Jaén (1246) y Sevilla (1248). En este contexto es preciso reconocer que las ciudades que mostraron más resistencia fueron Sevilla y Jaén. Por su situación geográfica, sus formidables defensas en hombres y murallas, por la brillante estrategia militar de sus defensores, la rendición de Jaén fue extraordinariamente complicada y costosa. Igualmente lo fue la conquista de Sevilla, donde resultó decisiva la flota de Ramón Bonifaz. 

Con la capitulación de Sevilla en 1248 se iniciaba un proceso de restauración de una de las más antiguas y prestigiosas sedes episcopales de España. El primer paso en este sentido fue la purificación de la gran mezquita aljama y su consagración como catedral dedicada a Santa María de la Asunción. El paso siguiente fue la creación de una red de parroquias, que llegaron a ser veinticuatro. En esta ciudad falleció el rey en 1252. 

En la segunda parte de El Quijote (cap. XVIII) se resumen las condiciones del buen caballero: "Ha de guardar la fe a Dios y a su dama; ha de ser casto en los pensamientos, honesto en las palabras, liberal en las obras, valiente en los hechos, sufrido en los trabajos, caritativo con los menesterosos y, finalmente, mantenedor de la verdad, aunque le cueste la vida el defenderla". Fernando III cumplió ejemplarmente este código caballeresco. Que San Fernando sea el modelo de todos nuestros gobernantes, para bien del pueblo español.

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