Religión en Libertad

«“Dios sabe más”: mi hermano Juanma convirtió la enfermedad en una vocación dentro de la vocación»

Fernando Uceta recuerda a su hermano sacerdote toledano Juan Manuel, de sonrisa llena de Dios, cuya vida y cruz están suscitando memoria agradecida y posibles favores que la Iglesia custodia con prudencia.

Juan Manuel y su hermano Fernando, en una de sus rutas de montaña: fraternidad, fe y amistad compartida.

Juan Manuel y su hermano Fernando, en una de sus rutas de montaña: fraternidad, fe y amistad compartida.

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La primera imagen que se le viene al corazón a Fernando cuando piensa en su hermano sacerdote, Juan Manuel Uceta, es una sonrisa: «sincera, contagiosa, signo de un alma llena de Dios». Esa alegría, unida a una larga enfermedad vivida como «vocación dentro de la vocación», marcó a quienes le trataron en Mora, en el Seminario de Toledo, en sus parroquias, en el diálogo interreligioso, en la Capilla Musical y entre los jóvenes de Hakuna. 

Un año después de su fallecimiento, la familia vive con asombro y gratitud la huella que ha dejado, recoge con discreción testimonios y posibles favores atribuidos a su intercesión, y se abandona, como él, en esa sencilla certeza que repetía ante el cáncer: «Dios sabe más».

-Fernando, un año después del fallecimiento de tu hermano, cuando piensas en “don Juanma”, ¿qué imagen concreta se te impone primero y qué dice de su corazón de sacerdote?

-La primera imagen que me viene es su sonrisa, una sonrisa sincera, contagiosa, que era signo de un alma llena de Dios, de esa felicidad plena que solo Él nos puede dar. Esa sonrisa también es reflejo de una forma de vivir: la donación total a los demás, querer regalar lo mejor de uno mismo. Es la alegría porque el otro exista, el amor profundo a su vocación y a las almas. Es la gratitud por tantos bienes recibidos por Dios, y por Dios mismo.

-¿Cómo recuerdas su camino vocacional, desde la infancia en Mora y vuestra vida familiar hasta el Seminario de Toledo y su ordenación?

-Nuestros padres siempre nos habían llevado a misa y nos educaron en la fe. Éramos monaguillos en la parroquia y tuvimos desde pequeños cercanía y familiaridad con los sacerdotes. Pero fue la apertura del Seminario Menor de Mora la que llevó a Juanma a descubrir su vocación. Como él mismo contaba, se acercó más bien por curiosidad, pero allí, en una meditación, escuchó al sacerdote pronunciar las palabras del Señor, «tengo sed», y se sintió interpelado por ellas. A partir de entonces empezó a crecer en su vida espiritual, hasta entrar en el Seminario de San Ildefonso de Toledo en el año 1990.

-Muchos le describen como un sacerdote “con corazón de niño” y, al mismo tiempo, muy hondo y exigente en la fe; como hermano, ¿cómo veías tú unidas esa sencillez y esa profundidad espiritual?

-Juan Manuel tenía corazón de niño, entendida esa niñez a la luz de la infancia espiritual de Santa Teresa del Niño Jesús, a la que él quería mucho. Quería vivir en plena confianza hacia Él, como un niño en brazos de su Padre. Era un hombre que se ilusionaba con muchas cosas, con muchos proyectos, que disfrutaba acompañando a las almas, trabajando por la Iglesia. Tenía una gran sensibilidad artística y se admiraba con la belleza de lo creado, con la naturaleza, la arquitectura, la música. Era entrañable y cariñoso, con gran sentido del humor y, al tiempo, como dices, profundo, culto, preparado. En él confluían con gran naturalidad estas dos dimensiones: la de doctor en Teología, profesor del Seminario, director espiritual, Delegado Diocesano de Relaciones Interconfesionales… y la de sacerdote, hijo, hermano, amigo, tan cercano y sencillo, sin estridencias.

-La larga enfermedad intestinal y, después, el cáncer marcaron muchos años de su vida; ¿cómo transformó esa cruz su relación con Dios, su modo de ejercer el ministerio y vuestra vida familiar?

-Su enfermedad viene de lejos, desde que tenía 19 años, de modo que fue casi connatural a su crecimiento espiritual y su relación con Dios. Él lo llamaba «la vocación dentro de la vocación», es decir, que Dios le llamó para ser sacerdote, pero la enfermedad también era una vocación, un modo de unirse a Jesucristo en la Cruz y de crecer en humildad, confianza y paciencia. Fue un talento que decidió no enterrar, sino hacerlo crecer y fructificar para gloria de Dios. Lo vivió como su camino personal de santidad.

En cuanto a la vida familiar, nunca se quejó ni se hizo protagonista. Mis padres estuvieron siempre atentos, acompañándole y queriéndole cuidar. En cuanto a los hermanos, estuvimos especialmente presentes en los últimos meses, cuando más cuidados necesitó, y quedamos profundamente edificados e impresionados por su actitud de serenidad, confianza y entrega hasta el final.

Juan Manuel, sacerdote peregrino: la enfermedad vivida como camino confiado tras las huellas de Cristo.

Juan Manuel, sacerdote peregrino: la enfermedad vivida como camino confiado tras las huellas de Cristo.

-«Dios sabe más» se ha convertido casi en su testamento espiritual; ¿cuándo empezó a repetir esa frase y cómo iluminaba, en la práctica, la manera en que vivía el sufrimiento y acompañaba a los demás?

-«Dios sabe más» se convirtió en su frase definitoria, como una letanía que repetía mucho, a raíz del diagnóstico del cáncer. Puede uno revolverse, rebelarse, preguntarle el porqué de la enfermedad… pero Juanma decía: ¿quiénes somos para pedir cuentas a Dios?

Así lo expresaba, el 16 de octubre de 2021: «Él sabe más y me ama y por eso yo le confío mi salud y mi vida, consciente de que puede ser que en sus planes sea esta la manera de llevarme con Él… Y confío en lo que Él nos dice: que la muerte, en esencia, no es mala, sino el modo para ese encuentro y abrazo con Él para siempre, para siempre, para siempre… y confío en que Él cuidará de las consecuencias que vengan de ello (si ese es su plan sobre mí). Le prometió una vez a Santa Teresa: “tú cuida de mí y de mis cosas, que yo cuidaré de ti y de las tuyas”. Y le doy gracias, si fuera así, porque “me avisa” con tiempo y me ayuda a prepararme para recibirle en vela, con la lámpara encendida.»

-En parroquias, en el diálogo interreligioso y ecuménico, en la Capilla Musical y con los jóvenes de Hakuna dejó una huella muy honda; ¿qué gestos o actitudes concretas explican que tanta gente le recuerde con gratitud e incluso hable de posibles favores por su intercesión?

-Como dije antes, Juan Manuel era muy cercano. Tras su muerte, hablando con unos y con otros, he ido descubriendo en muchas personas la misma impresión: se alegraba por la existencia de los demás, por poder acompañarlos, saber de sus cosas, intentar llevarlos a Dios, darles consejo y consuelo. Y nunca tenía impedimento ni pereza para atenderlos. Al revés, como buen pastor, salía en busca de sus ovejas, sin importar distancias, tiempos, o incluso si tenía reciente alguna sesión de quimioterapia. Quienes hablaban con él tenían la sensación de ser únicos en su corazón, de que no tenía prisa y no solo eran escuchados, sino realmente queridos.

A lo largo de su vida sacerdotal, cuando le visitaba en sus parroquias, me llamaba la atención que las gentes sencillas me repetían lo mismo en todas ellas: «¡Qué bueno es don Juan Manuel!». Sin duda intentó vivir siendo bueno siempre y con todos. De ahí la gratitud de tantas personas, que se han sentido queridas y cuidadas por él.

Juan Manuel Uceta, sacerdote toledano, viviendo su ministerio —y su “vocación dentro de la vocación” de la enfermedad— en entrega silenciosa a la Eucaristía y a las almas.

Juan Manuel Uceta, sacerdote toledano, viviendo su ministerio —y su “vocación dentro de la vocación” de la enfermedad— en entrega silenciosa a la Eucaristía y a las almas.

-La Iglesia vive con prudencia este tiempo de espera antes de una eventual causa, y el arzobispo ha expresado su deseo de solicitarla cuando sea oportuno; ¿cómo estáis viviendo tú y los tuyos esta memoria agradecida? ¿Cómo cuidáis los testimonios que van llegando y qué crees que él diría hoy a quienes le quieren y acuden a su ayuda?

-Lo estamos viviendo, por una parte, con asombro, porque, aunque sabíamos de la talla humana y espiritual de Juan Manuel, nos impresionó que el señor arzobispo anunciara la intención de, en un futuro, poder abrir la causa de canonización. Pero, sobre todo, lo estamos viviendo con gratitud, porque nos queda el regalo de haber vivido tantas cosas junto a él, su testimonio, sus enseñanzas. «A lo tonto», sin darnos cuenta, fue modelando la familia, llevándonos a Dios, sembrando unidad entre nosotros.

Y, en esa gratitud, trabajamos con sencillez para darle a conocer, porque creemos que su testimonio de vida es luminoso y puede hacer mucho bien a los enfermos, a los jóvenes, a los sacerdotes, a todos. Ya hay personas que nos dicen que se están encomendando a él, presentándole sus intenciones, y que están recibiendo favores. Nosotros, con toda la cautela y prudencia necesaria, los recogemos. El canal principal es un correo electrónico: testimonios@juanmanueluceta.org.

¿Qué diría él a quienes buscan su ayuda? Juan Manuel vivió la enfermedad como una oportunidad para ofrecer muchos padecimientos por personas en concreto. Una joven que se dirigía con él compartió esta frase que le dijo: «Cuéntame, que me das munición para ofrecer». Imagino que ahora dirá: «Cuéntame, que me das munición para interceder». Ojalá Dios lo tenga ya en su presencia y sea así.

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La estampa de oración de Juan Manuel Uceta cuenta con aprobación eclesiástica para la devoción privada: ayuda a muchos fieles a rezar y a pedir su posible intercesión, pero no implica aún un reconocimiento oficial de santidad ni autorizaciones de culto público. Los testimonios y posibles favores que se reciben se recogen con gratitud y prudencia, para ponerlos a disposición de la autoridad diocesana si algún día se abre la causa, sabiendo que el único juicio definitivo corresponde a la Iglesia.

La Iglesia suele pedir que transcurran al menos cinco años desde la muerte de un fiel antes de abrir una causa de beatificación. Ese tiempo permite que se serenen las emociones, que se compruebe si la fama de santidad y de signos es estable y extendida, y que la vida del candidato pueda estudiarse con serenidad y rigor. Solo el Papa puede dispensar de este plazo inicial cuando lo considera oportuno.

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