Religión en Libertad

La existencia de Dios es un presupuesto racional: ignorarlo es condenarse a la irracionalidad

El sociólogo José Pérez Adán propone “pensar lo social como si Dios existiera” y denuncia las derivas inhumanas de una modernidad que ha querido construir la convivencia de espaldas a la trascendencia.

El sociólogo José Pérez Adán, durante la presentación de su propuesta de “pensar lo social como si Dios existiera”

El sociólogo José Pérez Adán, durante la presentación de su propuesta de “pensar lo social como si Dios existiera”

Creado:

Actualizado:

En su nuevo libro, "Pensar lo social como si Dios existiera" (Sekotia), el sociólogo José Pérez Adán sostiene que la existencia de Dios no es solo una cuestión de fe, sino un presupuesto racional imprescindible para comprender la vida social. Desde una larga experiencia en el estudio de la familia, el comunitarismo y la religión, denuncia las heridas provocadas por una modernidad que ha querido pensar lo social como si Dios no existiera y propone una “sociología moral” abierta a la trascendencia.

.

.

-En una cultura que ha decidido pensar lo social como si Dios no existiera, ¿qué heridas concretas ve hoy en nuestras sociedades?

-Desde esa perspectiva se va a una profunda desconexión con la realidad. No se trata solo de una cuestión de fe en Dios, como si la razón no contase para nada. Mi postura nace específicamente de saber que Dios existe. La existencia de Dios es un presupuesto racional e ignorar esa existencia es condenarse a la irracionalidad. Nadie puede demostrar que Dios no existe y, sin embargo, contamos con varias vías de demostración de su existencia. Nosotros mismos, un servidor y varios colegas, propusimos una nueva: la vía sociológica, que desarrollamos en el libro "Sociología de la experiencia religiosa". En cualquier caso, a quien dude hay que decirle algo muy sencillo: más vale suponer que sí que existe. Para hacer ciencia, indudablemente hay que contar con Dios, al menos como meta. Se trata de descubrirle y comprenderle, sabiendo más cada vez.

-Habla usted de una “sociología moral”. ¿Puede poner un ejemplo donde pensar con Dios cambie por completo la lectura de un fenómeno social?

-La misma argamasa social reclama un “afuera” que valide los compromisos morales. Aquí conviene recordar la distinción entre ética y moral: puede haber ética, pero no hay moralidad posible sin Dios. Es significativo que los mismos proponentes del inmanentismo social que sustenta la propuesta dialógica, y también los sustentadores de la teoría de la secularización —pienso en Habermas, por un lado, y en Berger, por otro— se echaran atrás en sus primeras premisas y acabaran reclamando y validando el compromiso religioso.

-Usted sostiene que en la familia se ve mejor que Dios cambia la manera de pensar lo social. ¿Por qué?

-Para ello me fijo en el bulo del contrato social. Es falso. No es verdad que lo social surja de lo individual, que primero estén los individuos y después formen sociedad. Es justo al revés: todos nacemos en sociedades ya existentes. Lo más radical en el sujeto humano es la filiación. Todos somos hijos, y ello implica una relación social previa a nuestra conciencia de sí. Sin sociedad no se puede sobrevivir, y si estamos vivos es porque hemos recibido un cuidado social familiar.

-¿Es posible una sociedad verdaderamente humana sin referencia a la trascendencia?

-Por supuesto que sí es posible, pero será indudablemente menos humana que otra abierta a la trascendencia. Hay sociedades mejores y peores, como demuestra la historia. Y dentro de las peores, las hay terribles, al punto de que las llamamos inhumanas. Como apunto en el libro, algunos trazos e inercias de la cultura de la modernidad, en su actual etapa de decadencia, visibilizan un repunte grosero y hasta cruel de inhumanidad.

-¿Cómo dialoga su propuesta con la Doctrina Social de la Iglesia y el magisterio reciente sobre la vida pública?

-En el libro abogo tanto por la desestatalización de la Iglesia como por la desclericalización del Estado. Tenemos que separar ámbitos para salvar lo civil, hoy constreñido tanto por un lado como por otro. Critico duramente el laicismo como una falsa religión más y abogo por una revalorización del sensus fidelium, la fe del pueblo, de la base rasa de la población. En este sentido, creo muy positiva la propuesta sinodal de la Iglesia, si se conduce bien. No debemos olvidar que los poderes ambicionan soberanía y que esas ansias deben ser moderadas para no conculcar la libre y espontánea iniciativa de la gente frente a la burocracia estatal, ni la acción del Espíritu Santo frente a la burocracia eclesial.

-En el mundo académico, introducir a Dios suele generar alergias. ¿Qué resistencias ha encontrado y cómo han cambiado?

-Ahora es diferente. Hace unos años el sectarismo académico era insufrible, y de ello tengo amplia experiencia, pero, gracias a Dios, las cosas van cambiando y hay ahora un genuino interés por la espiritualidad y lo divino. De hecho, me estoy asombrando del eco que tanto mi propuesta, como otras similares, están teniendo entre colegas dentro y fuera de España.

-Si un lector no creyente se acerca a su libro, ¿qué “chispa” le gustaría que se le quedara grabada?

-La cultura viniente está impulsada por un redescubrimiento de la dimensión espiritual del ser humano, algo que el materialismo individualista padecido hasta ahora hacía impensable hace poco tiempo. El debate pasa de la afirmación frente a la negación de Dios, a otro centrado en el quién y el cómo de Dios. Pienso que aquí tenemos los católicos mucho que decir, no ya para defender un catolicismo meramente cultural y buenista, sino para señalar, mediante la ejemplaridad, las notas de autenticidad que demanda nuestra fe.

Comentarios

Suscríbete

y recibe nuestras noticias directamente

tracking