Si Jesús hubiese venido hoy, habría usado la inteligencia artificial
Pablo Coronado, profesor de Religión y presidente de las Olimpiadas de Religión, defiende una evangelización digital sin complejos y el uso de la IA en el aula.

Pablo Coronado Romero, profesor de Religión con destino en el CEIP Blas de Lezo de Parla, formador de docentes en varias diócesis de España y cofundador de La Missio.
Pablo Coronado Romero tiene 42 años, siete hijos, una tiza en la mano y un móvil que no para. Profesor de Religión con destino en el CEIP Blas de Lezo de Parla, en Madrid, y cofundador de La Missio —iniciativa educativa pensada para el profesorado de Religión, educadores cristianos y catequistas—, lleva años convencido de algo que a muchos todavía les sorprende: la inteligencia artificial y la fe no solo pueden convivir, sino que deben hacerlo. Como presidente de la Asociación de Eventos y Actividades para la Asignatura de Religión, organiza a nivel nacional las Olimpiadas de Religión —las ReliCat Games— y el concurso de pintura ReliCat Paint, presentes ya en Madrid, Málaga, Salamanca y Valladolid. Además, forma a profesores de Religión en diócesis de toda España, enseñándoles a perder el miedo a la gamificación, a los algoritmos y a los asistentes conversacionales.
En esta entrevista, Coronado habla de Carlos Acutis como referente digital de santidad, de Benedicto XVI como primer tuitero papal, y del reto de pescar almas en las redes sociales. Su tesis es clara: quien evangelizó con parábolas junto al lago habría evangelizado hoy con todo lo que tenemos. La pregunta es si nosotros estamos dispuestos a hacerlo.
-Jesús utilizaba la tecnología de su tiempo: leía la Sagrada Escritura, hablaba en las sinagogas, desde el templo, desde un barco, desde lo alto de una montaña, en cualquier casa o en mitad de la calle. Usaba los foros de comunicación disponibles. Hoy tendría que hacer lo mismo: hablar desde las redes sociales, el cine, el teatro, el arte. Si no utilizamos esos canales, creo que lo estamos haciendo mal.
Esto no significa abandonar el púlpito, la catequesis o la Sagrada Escritura. Significa añadir las herramientas que la humanidad va generando. Si en la Edad Media no hubiésemos usado el arte de los retablos para enseñar el Antiguo y el Nuevo Testamento a quienes no sabían leer, no habríamos llegado a ellos. Algo similar vale hoy con la inteligencia artificial: sirve para crear imágenes, canciones o pequeños vídeos que transmitan el mensaje de Jesús. Carlos Acutis es el ejemplo más claro: a través de internet y de páginas web enseñó al mundo el amor a la Eucaristía. La tecnología no está reñida con la fe; al contrario, es un instrumento más para transmitirla. Lo que importa es el mensaje y saber utilizarla bien.
- Dar testimonio en redes es más sencillo de lo que parece. Subir una foto en un Viacrucis, en una procesión, viendo los belenes con los hijos o junto a los Reyes Magos ya es testimonio. Una imagen vale más que mil palabras, y el perfil o el estado de WhatsApp son un escaparate cotidiano. Es algo precioso.
Ahora bien, es un arma de doble filo. Hay quien ve esas fotos y responde con alegría: «qué bonita procesión, yo también estuve allí». Pero también puede llegar alguien que lo considere casposo o retrógrado. A Jesús le pasaba lo mismo: su mensaje era clarísimo y, aun así, unos lo abrazaban y otros lo rechazaban.
Lo importante es la pedagogía: hay que enseñar a utilizar la tecnología. Un cuchillo es una herramienta estupenda para untar mantequilla, pero también puede usarse para hacer daño. Las herramientas en sí no son malas; lo que determina el uso es la persona. Carlos Acutis dio un testimonio digital espléndido, y hay muchos que siguen su estela. Un simple gesto —una foto con un sacerdote al que hacía tiempo que no veías— ya es testimonio, y la gente lo ve.
-Pongamos un ejemplo concreto: quieres hacer un cartel para un retiro espiritual o para anunciar una catequesis. Con inteligencia artificial puedes elaborarlo de forma más rápida y atractiva que con herramientas convencionales. La IA no sustituye al hombre; es como un secretario al que le pides algo que tú no sabes hacer.
Lo mismo vale para las canciones. Yo he dedicado mucho tiempo a componer villancicos para mis alumnos. Si una aplicación de IA me los genera en minutos, puedo dedicar ese tiempo a corregir, a atender mejor a los padres o a preparar más materiales. Y si la canción no te convence del todo, la vas retocando hasta que encaje.
En catequesis, la IA permite también crear juegos o cromos sobre los santos o el Viacrucis, adaptados exactamente a lo que necesitas. Una editorial te pondría condiciones; la IA te lo hace tal como lo imaginas. Y si en el colegio están trabajando a Picasso, puedes pedirle que genere una Virgen María al estilo de ese pintor. Todo esto llama la atención de los jóvenes. Si ven una iglesia con la puerta cerrada no entrarán; pero un cartel atractivo, un vídeo cercano, un mensaje que diga «Jesús te quiere y puede acompañarte en tus dificultades» puede ser el primer paso.
- Tenemos un sacerdote amigo en Brasil y otro en República Dominicana. Con ellos nos escribimos, nos preguntamos cómo va la Semana Santa, cómo están los niños, cómo avanza la catequesis de comunión. Esa comunión no desaparecería del todo sin la tecnología, pero sería infinitamente más pobre. Una videollamada hace que la cercanía sea real, no solo epistolar.
Pensemos en lo que ocurría cuando moría un papa en la antigüedad: en algunos rincones del mundo tardaban un año o dos en enterarse. Hoy el Papa aparece en televisión y le vemos en directo desde cualquier lugar. Estoy convencido de que Jesucristo, de haber venido en nuestro tiempo, habría utilizado todos estos medios, porque en su época ya utilizaba los que tenía a su alcance.
La tecnología también mantuvo la comunión durante la pandemia, cuando no podíamos asistir a misa. Esto no sustituye la vida comunitaria presencial: la fe hay que vivirla en comunidad, darse la paz, comulgar. Pero en los momentos en que no es posible estar juntos, la tecnología nos permite seguir siendo Iglesia. Y el espacio que nosotros no ocupemos en las redes lo ocuparán otros que no llevan el mensaje de Cristo.
-«Friki de Dios» me parece algo hermoso. Significa que tu pasión, tu hobby, está puesto en Dios. Si alguien te lo dice, es por algo, y ese algo es bueno. Que nos llamen frikis de Dios todo lo que quieran.
Dicho esto, las estrategias son múltiples. En clase de Religión puedes pedirle a ChatGPT que elabore una ficha sobre el sacramento del Bautismo para alumnos de sexto de Primaria. Si el resultado no te convence, lo vas ajustando hasta que encaje con tu grupo. Lo mismo con una canción para la adoración eucarística: que tenga poca letra, mucha melodía y unas pocas palabras que ayuden a los chavales a interiorizar el sacramento. La IA te hace un borrador en minutos, tú lo afinas.
¿Quieres un mural con la Virgen María rodeada de niños felices lanzando flores, al estilo de Picasso, porque en el colegio están trabajando ese pintor? Lo generas en segundos. La IA permite crear materiales a medida sin depender de editoriales ni presupuestos. Las herramientas que el Señor nos ha dado están para utilizarlas bien. Bendito sea.
-El mismo Papa ha señalado que la ciencia y la tecnología, mientras se utilicen de forma ética y moral, son buenas. Nobel descubrió la dinamita con intención de utilizarla para el bien; fue el uso posterior el que la pervirtió. La tecnología no es mala; quien la usa para el mal es la persona.
Para mí, el mayor exponente del diálogo entre razón y fe es Benedicto XVI. Allí donde la ciencia no llega, está la fe; pero ambas pueden caminar juntas. Todo lo que vemos en la naturaleza ha sido creado por Dios, de modo que los avances científicos que sirven al bien del ser humano son dignos de bendición. Las transfusiones de sangre, los trasplantes, operar a un bebé en el útero para que pueda seguir con vida: todo eso es ciencia al servicio de la vida, no en contra de la fe.
El límite lo marca la Iglesia, como los padres marcan hasta dónde puede llegar un hijo. El aborto y la eutanasia no son avances científicos; saber técnicamente cómo matar no es progreso. Para eso están los cuidados paliativos y el juramento hipocrático, que obliga a salvar vidas, no a suprimirlas. Mientras la ciencia no deshumanice al hombre, fe y ciencia van de la mano.
-El miedo viene del desconocimiento. Cuando no sabes manejar una herramienta, te da respeto incluso cogerla. Por eso la formación es clave, y debe ser práctica: que los delegados diocesanos de enseñanza escojan formadores que sepan llegar a profesores de entre 22 y 65 años, comenzando desde lo más básico. El conocimiento teórico es insuficiente si luego no se puede aterrizar en el aula.
Mis padres tienen 73 y 72 años, son profesores, y siempre se han ido actualizando. Mi padre probablemente sabe más que yo en muchas cosas de tecnología. La edad no es excusa. En un curso reciente en la diócesis de Toledo, profesoras de entre 53 y 63 años hacían canciones con IA por primera vez y decían: «Es que ya la he hecho, no he tardado ni cinco minutos y me gusta». Eso les da autoestima y les quita el miedo.
En cuanto a la relación con la fe, ya existen aplicaciones con referencias basadas en el catecismo y en las encíclicas. Una de ellas, llamada Felipe, funciona a través de WhatsApp: le cuentas que estás desanimado o que has discutido con un familiar, y te ofrece orientación fundamentada en la doctrina católica, supervisada por un sacerdote. No sustituye a la confesión ni al acompañamiento espiritual personal, pero ayuda en un momento concreto. La Biblia comenzó siendo oral, pasó a ser escrita en pergaminos, se convirtió en libro, luego en pintura, en música, en teatro, y hoy está en el móvil. La tecnología acompaña siempre a la Iglesia en su misión.
Quiero agradecerte que hayas contado conmigo. Soy un profesor de Religión que intenta no ser obstáculo para el Señor, sino siervo suyo: en el aula, con los compañeros, en la familia, con los vecinos. A veces siervo inútil, pero siempre intentando poner luz y ser fiel al mensaje de nuestro Señor.