La esperanza no es ingenuidad, es inteligencia
Francesc Torralba reflexiona sobre la importancia de una esperanza informada y resiliente en tiempos de incertidumbre

Francesc Torralba impartiendo la conferencia 'Educación y esperanza' en el II Encuentro Regional de Profesores de Religión de Castilla-La Mancha, celebrado en Toledo.
En el marco del II Encuentro Regional de Profesores de Religión de Castilla-La Mancha, celebrado ayer en el colegio de Nuestra Señora de los Infantes, de la ciudad de Toledo, el filósofo y teólogo Francesc Torralba impartió una conferencia titulada “Educación y esperanza”. El evento, que tuvo como lema “La escuela, semilla de esperanza”, reunió a profesores de Religión Católica de las diócesis de Castilla-La Mancha.
A continuación, Torralba contestó a nuestras preguntas, reflexionando sobre la importancia de una esperanza informada y resiliente, que no se basa en la ingenuidad o la ignorancia, sino en la inteligencia y la comprensión de la realidad. En esta entrevista, Torralba comparte sus insights sobre cómo la escuela católica puede fomentar una esperanza auténtica en los jóvenes, y cómo ellos pueden ser protagonistas de un futuro más noble y significativo.
-Usted menciona que la esperanza debe tener una base intelectual y no ser pueril. ¿Cómo puede la escuela católica fomentar una esperanza informada y reflexiva en los jóvenes, que les permita enfrentar los desafíos del mundo actual?
-Es fundamental despertar el sentido crítico y el análisis de la realidad más allá de su presentación mediática. Es imprescindible mostrar con veracidad lo que ocurre en nuestro mundo, pero no solamente su dimensión negativa, pues ello genera desencanto, apatía e incluso desesperación. El mal es ruidoso, la bondad es discreta. También se requiere perspectiva histórica para poder mostrar lo que se ha conseguido con tesón, constancia y compromiso a lo largo de los siglos. La perspectiva histórica permite trascender el presente y superar la cultura de la inmediatez.

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-En su libro, usted destaca la importancia de la bondad y la discreción en la construcción de la esperanza. ¿Cómo pueden los profesores de Religión Católica inspirar a sus alumnos a cultivar estas virtudes en un mundo que a menudo valora la fama y el éxito?
-La bondad, por definición, es discreta, callada y persistente. Cuando se exhibe, deja de ser bondad y se convierte en un mecanismo instrumental de promoción del ego. En la cultura del narcisismo se tiende a idolatrar el ego, a exhibirlo impúdicamente por las redes con el fin de despertar la envidia en los demás y generar admiración. La virtud fundamental, el pilar que sostiene toda la vida cristiana, es la humildad, esto es, el reconocimiento de nuestra finitud e interdependencia. En la cultura egolátrica, el mensaje cristiano es contracultural, disruptivo e incluso transgresor, pues choca contra el marco axiológico de la cultura vigente. Uno tiene que aprender a ser el último, a ponerse al servicio de los más desvalidos, a negarse a sí mismo, en definitiva, a tomar conciencia de su nada.
-Usted señala que la perspectiva histórica es importante para entender los avances y los desafíos que enfrentamos hoy. ¿Cómo puede la escuela católica ayudar a los jóvenes a desarrollar una visión histórica y contextualizada de la fe y la sociedad?
-Es fundamental rememorar las luchas que han sostenido las generaciones que nos han precedido. Toda realidad viene precedida por un sueño, decía el gran Ernst Bloch. Los derechos de los que hoy gozan ciertos colectivos no son fruto del azar o de la casualidad. Son el resultado de una lucha persistente a lo largo del tiempo, son el fruto de una entrega con sangre, sudor y sangre sostenida por las generaciones que nos precedieron. Unos siembran, otros recogen. Nosotros recogemos lo que otros han sembrado. Lo que debemos preguntarnos es: ¿Qué estamos sembrando hoy para que pueda ser recogido por las generaciones venideras?
-La incertidumbre y la complejidad son características de nuestro tiempo. ¿Cómo puede la escuela católica ayudar a los jóvenes a desarrollar una esperanza que sea resiliente y adaptable en un mundo en constante cambio?
-No basta con transmitir una ética de la supervivencia fundada en principios estoicos. La ética estoica juega un papel clave, pero es insuficiente. Tenemos que ayudar a nuestros jóvenes a realizar sus proyectos personales. No podemos instalarles en una cultura que niega su futuro. Sin futuro, no hay proyecto. Cualquier proyecto requiere tiempo, tenacidad, fortaleza moral frente a las contrariedades y adversidades y también la solidaridad de los demás. Sin proyecto, la vida se paraliza. Adviene el tedio, el aburrimiento, la pesadumbre de existir. Y, en consecuencia, uno trata de evadirse, de escapar del mundo real a través de cualquier mecanismo de fuga. Vivir no es evadirse. Vivir es proyectar, correr el riesgo de fracasar, canalizar los sueños a pesar de las dificultades que emergen en el decurso de la existencia.
-Usted menciona que la bondad es humilde y discreta, y que a menudo no se exhibe. ¿Cómo pueden los profesores de Religión Católica ayudar a los jóvenes a reconocer y valorar la bondad en su vida diaria, y a ser agentes de cambio en su entorno?
-Existe un ejército mudo, invisible y cotidiano que trabaja todos los días para mejorar la vida de los demás, para paliar el dolor, el sufrimiento, la angustia y el desamparo de muchas personas que sufren la soledad no deseada. En las familias, en los barrios, en las entidades no gubernamentales.
Estos samaritanos no aparecen en las redes, ni en los periódicos, tampoco en la televisión o la radio. Debemos acercar estos testimonios de quienes se dejan la piel para mejorar la vida de los demás a los jóvenes, debemos darles voz para que vean que es posible desarrollar un proyecto de vida noble, con sentido, con significado pleno. Necesitan referentes de carne y hueso y no solo influencers diseñados por la inteligencia artificial. Necesitan poder constatar que la bondad existe y que esta, como el ser, se dice de múltiples modos.
-¿Qué papel juega la comunidad educativa en la formación de la esperanza en los jóvenes, y cómo pueden los profesores de Religión Católica trabajar en colaboración con las familias y la comunidad para fomentar una cultura de la esperanza?
-El desencanto está calando en las aulas, en las universidades, también en las familias. El mensaje que transmitimos a los jóvenes es que no hay futuro, que la oscuridad lo penetra todo, que el naufragio colectivo está más cerca y también el perverso final de la historia. Esto genera un clima de desesperación y, a su vez, una ética del carpe diem desesperado. El imperativo que cal es el siguiente: ¡Vive el presente! (Es lo único que tienes). Necesitamos la complicidad de las familias. Con frecuencia, este clima de desánimo se respira en la misma familia. El padre cínico aborta cualquier sueño del hijo en lugar de propulsarle, de ilusionarle, de mostrarle apoyo en sus tentativas.
-Finalmente, ¿qué mensaje de esperanza puede ofrecer a los jóvenes de hoy, que a menudo se sienten abrumados por la ansiedad y la desesperanza, y cómo pueden ellos ser protagonistas de un futuro más justo y compasivo?
-No es posible liberarse de la angustia si uno está mínimamente informado de lo que ocurre en el mundo. La cuestión no es aislarse del mundo, menos aún, encerrarse en una esfera impermeable y practicar la indiferencia. La indiferencia es inaceptable. La clave está en aprender a domesticar la angustia, a convivir con ella, a aprender de ella y a confiar en uno mismo, en los demás y en la misteriosa acción de Dios en la vida cotidiana. Los jóvenes necesitan orientar su inteligencia, su talento y su energía vital hacia un fin noble, hacia un horizonte que tenga sentido y que, de este modo, puedan experimentar que sus vidas no son estériles, sino fecundas, valiosas, dotadas de sentido.