Religión en Libertad

Tiempo de trincheras: nos estamos equivocando de objetivo

Ya está bien de convertir la crítica en deporte. Ya está bien de señalar sin matices. Ya está bien de alimentar una desconfianza constante que no construye nada

Plenaria de noviembre de 2025 de los obispos españoles.

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Hay fenómenos que no necesitan ser organizados para volverse norma. Basta con que se repitan lo suficiente en el tiempo para que parezcan naturales. Uno de ellos es este: la crítica sistemática a los obispos se ha convertido en un reflejo casi automático del debate público, una especie de reacción inmediata que rara vez pasa por el filtro del conocimiento real

Si hablan de inmigración, son ingenuos. Si no lo hacen como algunos esperan, son insensibles. Si se pronuncian sobre el Valle de los Caídos, se les acusa de alinearse. Si callan, de cobardía. Si abordan los abusos, llegan tarde. Si matizan, se les acusa de tibieza. La conclusión suele estar escrita antes de escuchar la primera frase.

El pasado viernes 24 de abril, en la rueda de prensa de la Conferencia Episcopal Española, el secretario general, Monseñor César García Magán, volvió a hacer algo que empieza a resultar casi contracultural: hablar con serenidad. Explicar, contextualizar, intentar que la realidad no se disuelva en consignas rápidas. Pero uno tiene la sensación de que eso ya no importa demasiado, porque el juicio muchas veces llega antes que la escucha.

Y lo digo sin rodeos: yo estoy agotada.

Agotada de la caricatura permanente. Agotada de esa facilidad con la que se opina sobre personas concretas sin conocerlas. Agotada de la superioridad moral de quien sentencia desde fuera lo que otros viven desde dentro.

Porque aquí conviene decir algo con claridad: yo a alguno de ellos sí les conozco. Y no de pasada. Les conozco, les quiero y les admiro.

Y añado algo más, para que no haya equívocos: no soy una ingenua. Llevo más de 25 años trabajando para esta Iglesia. He conocido a cientos de sacerdotes, obispos y cardenales. Sé perfectamente de lo que hablo. Y no, no son santos, como tampoco lo soy yo ni lo eres tú. Pero precisamente por eso, porque conozco la realidad desde dentro y no desde el prejuicio, ya está bien.

Ya está bien de convertir la crítica en deporte. Ya está bien de señalar sin matices. Ya está bien de alimentar una desconfianza constante que no construye nada.

Critíquenme ahora si quieren. De verdad. Pero al menos hagámoslo con honestidad: no sigamos desuniendo más. Porque si la Iglesia entra en una dinámica de sospecha permanente hacia sí misma, ¿para ir a dónde? ¿Para construir qué?

Y hay algo más que conviene recordar, aunque hoy suene incómodo: ser católico también es querer a la Iglesia concreta. Querer a nuestros obispos, a nuestros sacerdotes, a nuestros cardenales, al Santo Padre. No como idealizaciones ingenuas, sino como lo que son: hombres llamados, con límites, que sostienen una misión.

Porque si reducimos la Iglesia a momentos puntuales, a conversiones de última hora o a eventos multitudinarios que entusiasman durante unos días, pero no generan comunión real, entonces algo se ha desdibujado. La Iglesia no es solo lo que emociona, es también lo que se sostiene en lo cotidiano, en la fidelidad, en la unidad, incluso cuando cuesta, incluso cuando no estamos de acuerdo.

Se habla de los obispos como si fueran una categoría abstracta. Como si no hubiera rostros, historias, trayectorias concretas. Y no es así. Son personas. Con límites, con errores, con aciertos. Pero también con una responsabilidad que muchos no querrían asumir.

Con la inmigración, se les exige una cosa y la contraria. Con el Valle de los Caídos, se les coloca en el tablero ideológico según convenga. Con los abusos, se les señala como si todo dependiera exclusivamente de ellos. Siempre hay una crítica preparada, incluso antes de escuchar lo que se ha dicho.

Y sin embargo, casi nunca se reconoce lo evidente: que están intentando sostener una misión en un contexto cultural donde la Iglesia no solo es discutida, sino muchas veces directamente descartada.

Quizá el problema no sea tanto lo que hacen los obispos, sino lo incómodo que resulta que no encajen del todo en ningún relato. Que no sean completamente de unos ni de otros. Que, cuando hablan en serio, descoloquen.

Y eso, en un tiempo de trincheras, no se perdona.

Pero lo más preocupante no es la crítica —que puede ser legítima y necesaria—, sino la facilidad con la que se convierte en descalificación automática. Como si no hiciera falta entender nada para opinar de todo.

Por eso, aunque no esté de moda decirlo, conviene afirmarlo con claridad: no todo vale.

No todo se puede reducir a un titular. No todo se puede juzgar desde fuera con esa seguridad tranquila que da no tener que decidir nada. Y no todo el mundo que no encaja en nuestras expectativas merece ser convertido en sospecha.

A lo mejor, en medio de tanto ruido, lo verdaderamente provocador hoy sería algo más simple: mirar a los obispos sin prejuicio automático. Escuchar antes de etiquetar. Reconocer, al menos, la complejidad de lo que sostienen.

Y sí, también —aunque cueste decirlo— agradecer.

Porque mientras muchos opinan, ellos están ahí. Con más o menos acierto, con más o menos visibilidad, pero intentando —y esto no es poco— ser fieles al Evangelio en medio de un ruido que, francamente, empieza a ser ensordecedor.

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