Religión en Libertad
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Estos días me recuerdan que mire más allá. Hoy pidiendo una palabra al Señor, para poder vivir ese mensaje, leía el sermón de la montaña del Evangelio de San Mateo. Me recordaba el Señor quienes son los bienaventurados en esta vida que miran solo al Señor y no ven la existencia desde uno mismo. 

El Señor empieza recordando a los que les seguían, que los que miran a lo alto, son aquellos que viven desposeídos de todo. Primero de los bienes materiales, para ponerlos a disposición de los demás sin mirarse a sí mismo. Pero, también supone vivir con un corazón que no controle los bienes espirituales. Estos dones que recibo son un don inmerecido de Dios, que se me regala en mi vida ordinaria, que no debo mirar como algo que poseo, sino que se me invita a acogerlos sin centrar mi vida en ellos. En este sentido, poder compartir eso que vivo es una gracia que el Señor me concede, para poder crecer, pero sin tener que apropiarme de ello. Sin estar pendiente de ello, dando vueltas, o esperando que ocurra una cosa u otra. Así ser pobre de espíritu, es vivir una existencia que entrego en el día a día. Buscando llevar alegría a un enfermo, o transmitiendo la belleza del arte, a aquel que quiere acercarse a ver una obra de arte, y con ello se puede encontrar con Dios. A coordinar o servir aquellas que tienen mi misma vocación. Amar a los demás en mi vida de día al día. En la entrega que puedo vivir en el metro llevando a veces consuelo, amor y esperanza. Escribiendo unas palabras cada día que ayuden a poner la mirada en el Señor, como aquel que nos da la

vida. Pero en todo, estar salida de mí, buscando solo como recompensa la vida eterna. 

Es verdad que a veces en ello, uno puede buscar el poder contarlo, y decir que es feliz sirviendo, pero lo más importante es que Dios, lo sabe, y el me va ayudar a tener una existencia que en la oración, la caridad y la escucha que recibo del otro, ponga como centro al Señor. 

A veces pueden ocurrir cosas imprevistas, pero el Señor es el que está en el centro. Poniendo en ellas, amor y la escucha que el otro también necesita. 

Dios está continuamente saliendo de sí. Él me va ayudar a vivir la misión que me ha encomendado: vivir en lo cotidiano, desde su amor, que se da a los demás.

Pero, el texto de las bienaventuranzas continua y sigue retomando como los que son dichosos en la vida, experimenta esa paz, que les hace vivir en plenitud como hijos de Dios.

Pero, hay una parte que quizás pasa más desapercibida. Así como el Señor invitaba a los fariseos a mirar a sus obras. El Señor desde su Espíritu me lleva a transparentar en mi vida las obras que hago para que se muestre la gloria de Dios, y no la mía. Aunque muchas veces sea alabado por ellas.

La acogida que hago a mis hermanos, el gesto de cariño que muestro a cada uno, la empatía con la que puedo ayudar al otro, han de ser vistas por los demás, para dar gloria a Dios. Es verdad que a veces no es necesario decir nada por ello, porque a veces es reconocido, pero a veces se queda en el interior del otro, que lo recibe como don.

Pero el Señor me dice ánimo. Cuentas conmigo para vivir totalmente desposeída de ti, y lanzarte a la entrega al prójimo. No es tan importante hablarlo, o no, sino dejar que las obras brillen por si solas.

Dios me susurra: si estás bien, solo tienes que mostrarlo y vivir de ello. Dios sabe lo que necesito, y eso por su gracia no me va a faltar. Él lo ha puesto en mi camino.

Solo tengo que lanzarme a vivir cada minuto de mi existencia fuera de mi. De lo demás se encargara él de dármelo.

Queda muy poco para Pentecostés. El Señor me invita y me pide  vivir poniendo su mirada en él, que me envía su Espíritu, para tener una existencia que olvidándose de si misma, recibe todo como un don gratuito, y se da a los demás poniendo su mirada en el cielo.

Belén Sotos Rodríguez

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